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“Demasiados lugares comunes ridiculizan al argentino rico”
Losada: «Mucha caracterización negativa de la clase alta que tira manteca al techo es cierta, pero no es exclusiva de los argentinos de dinero de esa época, se la encuentra en los sectores opulentos de los más diversos lugares».
Dialogamos con él.
Periodista: ¿Qué idea surge de una lectura de los relatos de la élite argentina en tiempos del Centenario?
Leandro Losada: Mi tesis doctoral trató del «Ascenso, apogeo y decadencia de la clase alta argentina entre 1880 y 1920», y el momento de mayor apogeo y primacía social de esa clase alta coincidió con el Centenario, y una de las mejores expresiones de ese esplendor social fue el viaje a Europa. Una demostración no sólo de la capacidad económica de esa gente, sino también de los avances tecnológicos. El viaje a Europa se vuelve una marca de época, porque hay condiciones que lo permiten, como el desarrollo de la industria naviera y el desarrollo portuario en Buenos Aires. Eso permite que se convierta en un lugar común de esa clase alta que condensa distintas facetas de este grupo social: su poderío económico y sus aspiraciones culturales y sociales, el deseo de convertirse en europeos y distinguirse, en una sociedad que está atravesando un cambio estructural muy profundo provocado por la inmigración, y una movilidad social ascendente bastante notoria que se traducirá en la formación de las clases medias. Es un momento de mucha efervescencia social en Buenos Aires, por lo tanto el objetivo de marcar una diferencia respecto al resto de la sociedad aparece con una necesidad fuerte en una clase alta que tienen raíces cortas, dado que para 1880 es prácticamente un elenco que acaba de construirse. Las familias porteñas más notables tienen a lo sumo dos o tres generaciones por línea patrilineal en el país Y las que salen de la provincias vienen palanqueadas por la política, y son sin mucha tradición ni mucho dinero.
P.: ¿Cuál sería un caso emblemático?
L.L: Roca, que sabe que se va a enriquecer una vez construido su lugar en la política argentina. Ha hecho una carrera militar que lo promovió a los primeros planos de la política nacional, pero es un hombre nuevo en Buenos Aires. Es un elenco que acaba de construirse y, por tanto, debe marcar una posición de distinción y, en ese sentido, va a elegir adoptar los usos y costumbres de las clases altas europeas. Esto no es algo original de la clase alta argentina. Muchas veces se habla de la tilinguería, del esnobismo de esta gente, del querer dejar atrás su pasado bárbaro y criollo, y vestirse de europeos elegantes. Esta es una tendencia transversal a todas las élites latinoamericanas de la época. El mundo del siglo XIX, es un mundo eurocéntrico. Lo civilizados esta en Europa, en París, en Londres. No es un rasgo singular de la clase alta argentina; lo que le es singular es que su formación sociológica es más nueva que otras élites latinoamericanas, como la chilena o la brasileña, con mayores raíces en el pasado. Y los cambios que ocurren por la inmigración y la movilidad social en Buenos Aires, no suceden en otras capitales de América Latina, lo que provoca mayores urgencias de distinguirse, y el viaje es la expresión más concreta del interés por convertirse en europeos.
P.: ¿En qué medida lo logran?
L.L.: Estamos acostumbrados a retratos del rastacueros, del guarango, del argentino rico grosero. Eso vale para fines de siglo XIX, para 1870, 1880. Siempre hay gente tosca en toda clase alta, pero en el Centenario algunas franjas de ese sector que tiene relaciones bastante cercanas con filas menores de las aristocracias europeas, que a veces se vuelven vínculos matrimoniales en los Martínez de Hoz, los Unzué, los Alvear. Familias porteñas que se vuelven anfitriones de una vida social intensa en París, donde tienen residencia permanente.
P.: ¿Provienen de la ganadería esas familias que hacen las mejores relaciones en Europa?
L.L.: Los mejores vínculos los tienen los criadores de caballos de carrera, los Martínez de Hoz, los Pradere, que tenían studs y hacen competir su caballos en el Ascot de Londres y en el Longchamp de París. Eso les habilita la entrada al alto mundo.
P.: Vivir temporadas en Europa tiene que ver con la educación de los hijos, como en el caso de Victoria y Silvina Ocampo.
L.L.: En general, es raro que los hijos de la clase alta argentina hagan toda su educación en el exterior. En el caso de las mujeres en que la oferta educativa en Buenos Aires era paupérrima, y en el caso de los varones el viaje que combinaba estudios y el rito de paso hacia la adultez con cierto libertinaje permitido, es una constante. En el Centenario se da el momento de mayor sofisticación cultural de esa clase alta. Al estar en una interacción con lo europeo, se pueden identificar también los lados flacos de esa empresa de sofisticación. Muchos europeos que vienen por los festejos del Centenario dicen: esta gente no es grosera, no es tosca, maneja muy bien las lenguas extranjeras, pero es un poquito afectada, tienen una preocupación muy marcada por mostrar cómo se han educado, cómo se han pulido, cómo han dejado atrás el pasado bárbaro. Pero hay coincidencias en que si uno ve cómo era esa gente en 1880 y cómo es en 1910, hay un salto cultural.
P.: ¿El salto cultural del Centenario es la europeización?
L.L.: Allí convive la aspiración cosmopolita y europea con la revalorización de la tradición criolla como marca de identidad. Una sociedad que ya tiene el peso de la inmigración, una forma de ratificar posición social va a ser ya no sólo mostrar que son los más refinados y sofisticados, sino también son las familias que hicieron el país. La revalorización de la tradición criolla que abre Lugones en «El Payador», cuando consagra al «Martín Fierro» como poema épico nacional, como lo hace Ricardo Rojas en su «Historia de la Literatura Argentina». Se produce un giro en el clima de ideas en el Centenario, que es parte de la construcción identitaria de la clase alta. Es lo que va a hacer luego Güiraldes en su literatura: evocar un pasado criollo y recuperarlo como forma de construcción de una identidad social, algo que no existía en 1880, cuando la clase alta tenía que construirse en contra del pasado criollo.
P.: ¿Cómo seleccionó los testimonios de la élite argentina en el extranjero?
L.L.: Busqué que hubiera textos tanto de mujeres como de hombres, porque la experiencia de viaje se tiende a asimilar como más masculina que femenina, y fue una marca para ambos géneros en las familias de clase alta. Quise mostrar distintos tipos de viaje. De los viajes tradicionales a los de calaveras, de los jóvenes solteros. En mujeres, los viajes de niñas, de adolescentes, de familia, nunca solas, siempre acompañadas. Elegí distintos tipos de textos. Tanto los públicos como los que no se escribieron para ser publicados, como en el caso de la correspondencia familiar de los Senillosa o de los Uriburu, que dan una perspectiva más intimista y sincera, porque no han sido pensados para que los lean otros.
P.: ¿Qué fue lo que más lo sorprendió en su investigación?
L.L.: Poder entrar en el mundo privado de la clase alta a través de las cartas, y leer acerca de las carencias económicas de una de las hermanas de José Félix Uriburu, que le escribe desesperada desde París, para que le gire dinero porque no tenía un mango y no podía llegar a fin de mes, porque había unos arriendos que no le pagan. Testimonios que le quitan glamour a la idea de la vida parisina de la clase alta criolla, y marca que estar ahí no era el dolce far niente. Muestra tambien las estratificaciones internas dentro de la clase alta. Estaba la gente que vivía a todo trapo y otra que se podía dar la chance de la experiencia europea pero con un nivel de gastos modesto. Los Senillosa dejan testimonio de cómo ven ellos a los europeos y a los estadounidenses, que también eran una referencia para ellos, algo poco común entonces en nuestra clase alta. Dicen: París es casi una ciudad de la Argentina por la intensa vida social que se puede tener con compatriotas, a Estados Unidos van aventureros, no gente tan elevada.
P.: ¿No encontró que dijeran que viajaban con la vaca atada?
L.L.: No, pero Ángel Gallardo, que iba a dictar clases en la Sorbona, cuenta que van a vender todo el mobiliario de su casa en Buenos Aires porque van a comprar uno nuevo en Europa. No es la vaca con leche fresca, pero habla del nivel de fortuna en una familia que por apellido no se la asociaría con la más rica, con los Anchorena, pero señala una capacidad adquisitiva muy fuerte. Y para conocer la vida de despilfarro están la memorias de Adolfo Bioy, que define la situación diciendo que eran «becados de padre», y eso les permitía un nivel de vida muy opulento. Según los Senillosa eso les servía para «tener calle». Eso era tolerado, si no consentido, por los mayores: que vayan a los Parlamentos a escuchar oratoria, que vayan a los museos, y que vayan por Montmartre pero no lo anden diciendo.
P.: ¿Con qué cree que tiene que ver ese permiso?
L.L.: No es algo singular argentino, habla de un momento de las burguesías. La respetabilidad burguesa está muy instalada en Europa. Esto cambia con la Belle Epoque, en que una burguesía instalada y enriquecida afloja su pruritos morales victorianos y se permite una mayor libertad moral y sexual. Y la clase alta argentina, que está entre las más ricas de América Latina es coincidente con esa tendencia. Muchas caracterizaciones negativas de la clase alta que tira manteca al techo es cierta, pero no es exclusiva de los argentinos de dinero de esa época, se la encuentra en los sectores opulentos de los más diversos lugares.
Entrevista de Máximo Soto


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