10 de agosto 2010 - 00:00

Diálogos en Wall Street

La Fed prefiere «ver y esperar». Los mercados piden acción. Y, para peor, están convencidos de que la obtendrán. Así la reunión de hoy de la Fed es todo un acontecimiento. Para el especialista en finanzas, que se refugia en la figura de Gordon Gekko, la Fed ofrecerá una concesión simbólica. Tratará de no decepcionar a los mercados -después de todo, lo más firme en estos tiempos inciertos- pero no se zambullirá todavía a una nueva gesta de compra de bonos. La reinversión de los cupones de su cartera sería un primer paso elegante, una manera de reconocer las dificulta- des actuales, pero sin exagerarlas.

Periodista: La reunión de la Fed se convirtió de nuevo en un acontecimiento importante.

Gordon Gekko:
A todo el mundo le interesa.

P.: Señal de que las cosas -libradas a su suerte- no van muy bien.

G.G.:
A esta altura, no caben dudas, es una señal de atasco. La Fed llenó páginas y páginas de explicaciones esbozando la estrategia de salida de la política monetaria de estímulo. El propio Ben Bernanke, en sus recientes visitas al Congreso, le dedicó más tiempo a ese tema que a cualquier otro.

P.: Y ahora los mercados anhelan lo contrario, piden un nuevo empujón. ¿Les dará el gusto la Fed?

G.G.:
No les dará lo que ansían -al menos, no en la dosis que se pide-, pero tratará también de no provocar una decepción. Desde ya, no es momento para hacer olas. Mi impresión es que la Fed preferiría no intervenir todavía, pero nada le impide ofrecer una concesión simbólica.

P.: Fue la Fed la que abrió el juego en su última reunión, la del 22 y 23 de junio. Allí reconoció el deterioro de las condiciones financieras, una referencia oblicua a la agitación que provocó la crisis europea.

G.G.:
Las condiciones financieras mejoraron notablemente. ¿Quién recuerda que hubo una crisis europea? En el mercado de monedas, nadie. Los supervisores bancarios, un par de semanas atrás, no hallaron rastros. Y la misión del Fondo Monetario Internacional y de la Unión Europea, que revisó los números fiscales de Atenas, ratificó que el programa de ajuste griego marcha mejor que lo planeado. Destacó, sobre todo, el avance en las reformas estructurales.

P.: Las condiciones financieras es lo único que revive. El ánimo de los mercados. La economía real pierde potencia (y no traía mucha). Y el mercado laboral decepcionó en junio y julio.

G.G.:
La inversión corporativa también repuntó. Inclusive el gasto en estructuras. Es decir, la salvedad que hizo el comunicado de junio ya no es válida.

P.: ¿Cree que la Fed puede darse por satisfecha porque se secaron los manchones de humedad cuando, ahora, el agua amenaza con penetrar por la puerta principal?

G.G.:
No. Pero también creo que Bernanke fue sincero cuando visitó el Congreso. Si la situación económica es «inusualmente incierta», como la pintó, la Fed debería actuar. Los riesgos que se corren no son simétricos. Y Bernanke, por cierto, conoce bien la magnitud de los peligros. Y, sin embargo, la tesitura que planteó con claridad fue la de «ver y esperar».

P.: Ya el staff de la Fed, para la reunión de junio, había reducido las expectativas de crecimiento y de inflación para el próximo año y medio.

G.G.:
Levemente. Los números publicados, en rigor, son todavía muy robustos. La realidad es más pobre.

P.: Las minutas del cónclave trajeron novedades. Más de la mitad de los miembros del comité que decide la política monetaria juzgaba ya que los riesgos que enfrentaba el crecimiento se habían sesgado hacia la debilidad. A fines de julio, un duro, James Bullard, de la Reserva de St. Louis, sorprendió con un reconocimiento: EE.UU., dijo, está más cerca que nunca de un estancamiento a la japonesa.

G.G.:
Las opiniones, en el seno de la Fed, están cambiando. Jeff Lacker ya no pide públicamente subir las tasas al 1%. Bullard, otro halcón, recomendó una nueva tanda de compra de bonos del Tesoro si hay que lidiar con una economía estancada. Se percibe el viraje. Pero la cláusula que citó Bernanke para tomar de lleno cartas en el asunto -un deterioro apreciable de la economía- es esquiva, no se hace presente. La mejora de las condiciones financieras en julio (y lo que va de agosto) es responsable, en buena medida, de que el agua no llegue al río.

P.: Los temores sobre el «double dip», sobre una recaída en la recesión, desaparecieron de la escena. Es curioso: eran un latiguillo tenaz en mayo y junio y se replegaron justo cuando los indicadores económicos confirman una mayor debilidad.

G.G.:
La Fed hubiera tenido que saltar al ruedo si no se estabilizaban las condiciones financieras. Si Europa no lograba contener la crisis de la deuda. Si las objeciones fiscales hubieran contaminado también a la deuda soberana de los EE.UU. Pero ese frente se recompuso admirablemente, contra todos los pronósticos. Lo que hubiese podido aportar la Fed ya lo inyectaron los propios mer-cados.

P.: Una baja de tasas generalizada en todo el espectro de plazos.

G.G.:
Y un declive del dólar, prolijo y sin histerias, que también afloja la cincha. El apetito por los activos de riesgo se reconstruyó con rapidez. Nuevamente la Bolsa le da crédito al futuro.

P.: No se sabe nunca cuánto es un análisis sesudo de la economía que vendrá y cuánto, simplemente, una venta anticipada de las propias decisiones que se piensa tomará la Fed.

G.G.:
Como sea, no hay tensión. Y, por eso, la Fed puede darse el lujo de esperar. Y puede manejar la situación con un buen uso de los mensajes y los símbolos, reservando su intervención concreta y contundente para más adelante. Cuando exista suficiente convicción o consenso internos.

P.: ¿Piensa que la Fed superará la encrucijada de mañana (por hoy) sólo con palabras?

G.G.:
Hay una idea central que se debe reafirmar: si la coyuntura se desmadra, la Fed estará lista para actuar. Debe quedar claro que no lo pensará dos veces. En ese contexto, no hacer nada no es desidia ni falta de ideas. Significa que la situación sigue siendo potable.

P.: Exagerar con las medidas puede ser contraproducente.

G.G.:
Tal cual. Y apelar sólo a la comunicación, insuficiente. Se debería hacer más. La Fed cobra todos los meses las amortizaciones y la renta de una cartera de 1,4 billón de dólares en títulos hipotecarios. En los hechos, es como si el programa de compra de bonos que se implementó como estímulo excepcional se estuviese cancelando, mes a mes, en forma paulatina. La Fed podría anunciar la reinversión de esos recursos en bonos del Tesoro. O en títulos hipotecarios, para recortar el «spread» con los bonos del Tesoro. Sería un paso elegante, proporcional a las dificultades del momento, pero sin exagerarlas. Todo el mundo entendería que la próxima vez se echaría mano a una ampliación del programa de compra de bonos. Las tasas largas bajarían y la Fed ganaría tiempo para «ver y esperar» la marcha ulterior de los acontecimientos.

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