20 de julio 2012 - 00:00

Dilema civil en Damasco: huir o encerrarse

Damasco - El régimen sirio se desmorona, pero todavía no se da por vencido. A pocas horas de que comience el mes sagrado del Ramadán, los helicópteros sobrevuelan los barrios del sur de Damasco. De vez en cuando se escuchan disparos y los ciudadanos permanecen en sus casas presos del miedo.

Tampoco se atreve a salir casi nadie a la calle en los barrios del norte y en la ciudad vieja, que hasta ahora no se vieron alcanzados por la sangrienta lucha. Donde antes era difícil transitar en coche, ahora circulan apenas unos pocos automóviles y minibuses. Y los mercados, donde tradicionalmente se compra antes del Ramadán, están casi vacíos.

«En esta época del año, la ciudad solía estar repleta de bullicio, con gente comprando para el primer día del Ramadán», explica Samer al Marsi, que vive en la zona. «Este año la gente se queda en casa, viendo angustiada la televisión para informarse sobre la violencia», agrega.

Después de que en los últimos días los enfrentamientos llegaran a Damasco, muchas familias se mudaron con familiares que viven en barrios considerados seguros. Ahora, casi nadie se atreve a asomarse a la puerta de casa.

«¿Estás bien? ¿Están todos en casa?», se preguntan unos a otros por teléfono. Nadie dice mucho más ante el temor de estar siendo espiado por los servicios secretos. La gente se comunica más a través de grupos cerrados de Facebook.

«Decime, ¿está todavía abierto el aeropuerto y la ruta que va hacia él?», preguntaba un joven sirio de Damasco que tenía un vuelo reservado para ayer. Otro de sus amigos quería saber si todavía se podía circular por la ruta que lleva a Líbano. Y un trabajador egipcio lo tranquiliza: «Ayer volví de Beirut, no hubo problemas, pero en la frontera había una larga fila. Muchos quieren irse».

«¿Queda todavía pan en su barrio?», pregunta una mujer que ayer no fue a trabajar.

Las facultades fueron cerradas y los exámenes de acceso universitario fueron pospuestos. Tan sólo en el barrio cristiano de Tuma reina algo parecido a la normalidad.

La televisión estatal se empeña entretanto en transmitir la impresión de que todo está en orden. «No hay escasez de harina, hay suficiente pan en las panaderías estatales», anuncia el canal nacional. Y a continuación se muestran imágenes heroicas de la historia del Ejército sirio, cuyo objetivo es decir a los espectadores: «Nosotros somos fuertes, venceremos».

Pero ¿quiénes son esos «nosotros»? En las horas transcurridas desde el atentado contra la cúpula militar siria, decenas, si no centenares de soldados desertaron. «También se desmorona la cúpula dirigente, muchos altos funcionarios están intentando hacer contactos en el extranjero para organizar una posible salida al exilio para ellos y sus familiares», explica un general sirio retirado cercano a los Hermanos Musulmanes.

Este general está satisfecho con el resultado del atentado del miércoles contra la cúpula militar. «Estaban todos, excepto el jefe del Departamento de Seguridad Política, Mohamed Dib Seitún. En ese momento no se encontraba en Damasco porque tenía una misión afuera (de la capital)», explica. No cree, sin embargo, que el instigador del ataque estuviera coordinado con los grupos armados que poco después del atentado intentaron asaltar varias comisarías policiales. «El atentado fue planeado por una unidad para operaciones especiales que actúa de forma autónoma».

La población de la capital vive entretanto atemorizada. «Durante años, la gente que murió en el atentado controló la seguridad en Siria», dice Ahmed Sakr, residente en Damasco. «Ahora ya no están. ¿Qué puedo esperar? No lo sé», añade.

«Las consecuencias son demasiado graves como para comprenderlas», apuntó el escritor Hakem al Baba, quien también vive en Damasco. «Por eso la gente siente incertidumbre. Después de este ataque podría haber más violencia, es un período crítico para cualquiera en Siria».

Agencia DPA

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