“Don Carlos” francés hizo su glorioso debut

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Drama histórico de intrigas políticas, drama íntimo de un amor contrariado, «Don Carlos» es una de las óperas más desafiantes del repertorio verdiano y lírico universal. Forjada sobre el modelo de la «grand-opéra» francés (fue un encargo de la Opera de París en el marco de la Exposición Universal de 1867) está concebida por este motivo a gran escala y requiere de un importante orgánico orquestal, un coro multitudinario y un despliegue escénico de proporciones, sin contar la necesidad de un quinteto de eximios cantantes para los papeles principales.

Por distintas razones, la versión que perduró en el repertorio no fue ésta sino la que el mismo Verdi realizó en italiano y en cuatro actos casi dos décadas más tarde. Si la producción de esta ópera en nuestras orillas es todo un acontecimiento, mucho más lo es el hecho de que por primera vez en Sudamérica pueda escuchársela en su versión original en cinco actos y en francés, el idioma para el que Verdi concibió la música (según la edición crítica de Ursula Günther y Luciano Petazzoni. De hecho, un oído atento habituado al «Don Carlo» traducido no tardará en descubrir cuánto mejor se ensamblan en esta ópera la música y la palabra en francés que en italiano. En este sentido, el «Don Carlos» platense viene a saldar una antigua deuda.

La producción contó con un concienzudo trabajo del italiano Francesco Esposito, autor de la puesta en escena y el bellísimo vestuario casi exclusivamente en rojo y negro (¿un guiño a la novela homónima de Stendhal?), y una escenografía imponente, obra de Enrique Bordolini. El planteo de Esposito apela casi constantemente a la conocida fórmula del teatro dentro del teatro: dicho recurso funciona excelentemente bien en ciertas instancias (el gran «coup de théâtre» que se produce cuando el bosque de Fointainebleau se transforma súbitamente en un auditorio al dar Elisabeth el «sí» a Philippe II) y no tan bien en otras donde la presencia de espectadores resta intimidad (como el célebre monólogo del rey sobre la soledad del poder en el cuarto acto.

Como Elisabeth de Valois, la soprano Carla Filipcic-Holm descolló con un refinamiento supremo, dotando de infinitos matices vocales y dramáticos al papel y llegando al clímax en su aria, «Toi qui sus le néant des grandeurs de ce monde», merecidamente ovacionada. El marsellés Luca Lombardo fue un Don Carlos actoralmente esforzado y vocalmente correcto, salvo por una zona aguda donde su instrumento pierde potencia y gana en rispidez. Tras un comienzo desafortunado con la muy difícil «Canción del velo» (de afinación más que dudosa y carente de toda gracia), Elena Sommer (Eboli) cumplió con «O don fatal», pero su composición actoral de la bellísima princesa rival de la reina resultó claramente desdibujada.

Excelentes labores vocales y actorales llevaron a cabo Krum Galabov (Rodrigue) y Rubén Amoretti (Philippe II), en tanto que en los secundarios se destacaron Fabiola Masino (Thibault), José Antonio García (le Grand Inquisiteur) y Victoria Gaeta (la Voix su Ciel).

Con mano segura, Alejo Pérez concertó escena y foso en balance adecuado en líneas generales, y el Coro Estable preparado por Miguel Martínez confirmó una vez más su eficacia, completando una producción que corona a la perfección el muy buen 2011 de la casa lírica platense.



«Don Carlos», ópera en cinco actos de G. Verdi. Libreto: J. Méry y C. Du Locle basado en el drama homónimo de F. Schiller. Coro y Orquesta del Teatro Argentino. Puesta en escena: F. Esposito. Dirección musical: A. Pérez (Teatro Argentino de La Plata, 13 de noviembre).

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