Duelo histórico donde gana Nixon

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Imagínese a un animador televisivo desdeñado y al mismo tiempo más o menos envidiado por sus pares, queriendo hacer lo que periodistas serios y bien formados nunca pudieron: una profunda charla con un discutido ex presidente de la Nación, hasta lograr que el hombre confiese sus pecados, se muestre arrepentido, y, si es posible, pida disculpas. ¿Cómo conseguir siquiera que un político deje de recitar su eterno casete y, por una vez en la vida, hable con sincera y auténtica responsabilidad? Ponga cada uno el nombre del animador y del/la ex mandatario/a que quiera, y verá qué difícil (y deseable) es la cosa. Hay además un agravante: en los tiempos y lugares en que se ambienta este relato, ningún periodista podía hacerse el confianzudo con una figura de ese nivel.
David Frost era en 1977 un conductor inglés muy popular en Australia. Pero tenía una cuenta pendiente con la TV norteamericana, que lo había ninguneado por meras cuestiones sindicales, y otra cuenta consigo mismo y con la demás gente del medio. Por eso decidió encarar tres desafíos: mostrarse capaz de entrevistar al más inaccesible de todos los ex mandatarios, Richard Nixon, que venía rechazando todo intento de entrevista; alcanzar por cuenta propia la financiación del proyecto y hacerlo redituable, pese al rechazo de las tres cadenas televisivas norteamericanas, y, encima, lograr que el otro confesara sus culpas. Sin la confesión, nadie se interesaría por ver ese trabajo.
El resultado fueron cuatro programas de charlas con un total de nueve horas editadas, jugosas todavía hoy, un avance del periodismo ajeno a las grandes cadenas, y un encuentro de dos personas que sabían de la popularidad y la soledad, del manejo del interlocutor, y de la capacidad de escuchar y semblantear al otro. Tenían mucha afinidad y respeto mutuo. Pero cada uno debía alcanzar sus propios fines, y evitar que el otro se saliera con la suya.
Peter Morgan («La reina») hizo con esto una buena pieza teatral, que él mismo adaptó para el cine, acerca de la comprensión, las oportunidades de la vida, y el sinceramiento, que se va a dar sólo cuando uno de ellos tire al suelo el libreto. Los mismos actores de teatro pasaron a la pantalla: Martin Sheen, que ya se había lucido como el untuoso Tony Blair de «La reina», y, aplausos, Frank Langella, que está en plena madurez actoral. Al principio para nada se parece a Nixon, ni siquiera en la voz. Más bien parece Brezhnev. Pero la suma de pequeños detalles, como la postura y el modo de saludar, o la mirada entre mandona y perpleja, lo van convirtiendo ante nuestros ojos. Y hacen que uno acceda, además, a lo que habrá sido el hombre detrás de la figura.
Ron Howard dirige el film, sin mayores alardes pero con un logro especial de su equipo de locaciones: una parte se filmó en lo que fue el propio refugio de Nixon, una casita blanca y espaciosa, de esas californianas que se construyeron en los 20, y él habrá deseado cuando niño. Otro lujo, la presencia de Rebeca Hall, que apenas habla, pero luce como las mujeres más deseables de los 70 y de cualquier época (quizá precisamente porque apenas habla). Su personaje también fue real, una joven que se agregó al equipo apenas por curiosidad, y años después terminó siendo una de las mayores editoras de Hollywood.

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