Eduardo Falú, un imprescindible

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No deja de producir cierta extrañeza que se mueran los grandes, los imprescindibles, los que colocan su nombre en la historia. Eso pasa con este salteño que falleció el viernes en Buenos Aires y que hacía ya un tiempo que había abandonado su labor profesional y su papel como vicepresidente de la Sociedad de Autores y Compositores que ocupó por varios años.

Eduardo Yamil Falú había nacido en El Galpón, Salta, el 7 de julio de 1923. Hijo de un comerciante y un ama de casa sirios -curiosamente, Juan y Fada, sus padres, llevaban el mismo apellido Falú sin ser parientes-, se crió en Metán sin privaciones económicas. Allí comenzó a tocar la guitarra con la instrucción informal de su hermano Alfredo. A los 15 años se trasladó a la capital salteña junto con su familia y allí hizo su escuela secundaria. Y ya a los 17 debutó en Radio LV9 como parte del grupo Los Troperos e hizo su primera gira como solista por el norte del país.

Luego vendría su participación en La Tropilla de Huachi Pampa de Buenaventura Luna, para la que compuso su primera obra, "La fuga del sol". Se asoció con poetas como Arturo y Jaime Dávalos, Díaz Villalba o Saravia Linares. Conformó un dúo con César Perdiguero, de quien había sido compañero en la escuela. Y con él llegó en 1945 a Buenos Aires para actuar en Radio El Mundo y radicarse en la gran urbe. De esa época son composiciones compartidas como "Tabacalera", "Albahaca sin carnaval" o "India Madre".

Claro que el gran salto hacia la historia y, simultáneamente, hacia la popularidad, lo daría junto a Jaime Dávalos. Arrancaron con la "Zamba de la Candelaria" y la maravillosa lista conjunta se ampliaría a través de los años con obras como "Canción del jangadero", "Zamba de un triste", "Trago de sombra", "La nostalgiosa", "Las golondrinas", Vidala del nombrador", "Sirviñaco", "Resolana", "Vamos a la zafra", "Cueca del arenal", "Milonga del alucinado" o la antológica "Tonada del viejo amor", entre otras.

Fue discípulo en armonía y composición de Carlos Guastavino, y uno de los que pusieron a eso que se llama folklore en la consideración masiva, en la década del '50. Recorrió el mundo, cantando y tocando la guitarra, solo o con otros colegas. Además de los citados Dávalos y Perdiguero, escribió canciones con una larga lista de letristas: Manuel J. Castilla, Buenaventura Luna, Rolando Valladares, Albérico Mansilla, Marta Mendicute, José Ríos, León Benarós y Mario Ponce. Musicalizó a Jorge Luis Borges. Y con Ernesto Sabato escribió el "Romance de la muerte de Juan Lavalle", que grabaron e interpretaron juntos en muchos escenarios. Compuso una "Suite para guitarra, cuerdas, corno y clavecín" a comienzo de los '70 que tocó muchas veces en vivo y que dejó registrada con la Camerata Bariloche, casi tres décadas después compuso una segunda "Suite Argentina" que alcanzó mucha menor repercusión. Fue durante varios años miembro de la comisión directiva de SADAIC. Vivió hasta el final de sus días con su única esposa, Aída Nefer Fidélibus. Fue padre de dos hijos, Eduardo y Juan José, también guitarrista que compartió muchos conciertos con su padre, y tío de Juan Falú.

Sin militancia política formal, en algún momento estuvo a punto de ser candidato a vicegobernador de su provincia, aunque finalmente la cuestión quedó abortada por problemas burocráticos.

Hombre austero. Caballero "de los de antes". Charlista fenomenal. Barítono que conversaba con esa misma voz profunda con la que cantaba. Virtuoso de la guitarra que no abandonó jamás su relación con el folklore. Se fue Eduardo Falú y, con él, otro de los imprescindibles.

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