14 de julio 2011 - 00:00

EE.UU.: un Anillo a la americana

Gordon Hawkins como Alberich en «Das Rheingold» («El oro del Rin»). La espectacular Tetralogía de Francesca Zambello en San Francisco ya vendió en 14 funciones u$s 7,2 millones en entradas.
Gordon Hawkins como Alberich en «Das Rheingold» («El oro del Rin»). La espectacular Tetralogía de Francesca Zambello en San Francisco ya vendió en 14 funciones u$s 7,2 millones en entradas.
San Francisco (Especial) - A meses de completarse «El anillo del Nibelungo» del Met, la Opera de San Francisco avivó el fuego adelantándose a Nueva York con la puesta de Francesca Zambello. La impresionante convocatoria lograda confirmó la lozanía de la tradición wagneriana en una ciudad que se enorgullece en haber presentado siete tetralogías - nada menos que Flagstad, Melchior, Schorr, Rethberg y List en 1935 y el debut norteamericano de Nilsson en 1956- con monstruos sagrados tan admirados como el War Memorial, quizas el más bello entre los grandes teatros líricos estadounidenses.

Ecléctica, desigual pero efectiva, Zambello coquetea con una visión americanizada de la épica. Plena de innegables aciertos (e infaltables excentricidades) su enfoque continúa las reinterpretaciones iniciadas en Bayreuth por Wieland Wagner y especialmente Patrice Chéreau, cuya impronta resulta ineludible. Son Lehnhoff, Friedrich, Carsen, Kupfer, Braunschweig, y ahora Zambello quienes le deben al francés una libertad y desobediencia cuyos frutos energizantes suelen ser dispares, cuando no híbridos.

La directora no radicaliza (como Holten en Copenhague o Homs en Estocolmo), ni queda atrapada en excesos visuales (como la Fura dels Baus en Valencia o Audi en Amsterdam); su fuerte es la dirección actoral (por eso «Siegfried», el teatral scherzo de la obra, es su pieza de resistencia), la interacción de los personajes, los inéditos toques de humor, la variedad y concreción de imágenes perdurables, logradas con menos recursos que LePage en el Met.

Su concepto inicial de un «Anillo americano» -la fiebre del oro («Das Rheingold»), la gran Depresión («Die Walküre»), el legado de Vietnam («Siegfried») y el cercano Armagedón («GötterdTMmmerung»)- se ha metamorfoseado en uno ecológico al que añade su comentario feminista. El Rin como Golden River californiano, Erda como chamán navaja, Sieglinde y Siegmund como sureños de los Apalaches, las valquirias paracaidistas clones de Amelia Earhart, Fricka y Wotan como magnates yanquis y Gutrune como una Barbie de Rodeo Drive son los remanentes más obvios de este Anillo que abortado en la Opera de Washington viajó a California donde prosperó y mutó a su forma actual.

Enmarcaron a Zambello, las impecables proyecciones de Jan Hartley que enriquecieron las transiciones escénicas y la escenografía de Michael Yeargan que alternó momentos espectaculares con otros curiosamente faltos de vuelo visual. Impactó el anuncio de muerte al héroe bajo los puentes de una autopista, las nornas apresadas por axones computarizados, el pájaro del bosque encarnado en una teenager, el dragón como tanque de guerra devenido compactador de basura, el glacial hall gibichungo con vista a monumentales refinerías y el Walhalla con Manhattan a sus pies; menos convincentes fueron el lecho del río, la roca de Brünnhilde y el cataclismo final con una lluvia de fotos de soldados caídos y un cuadro de ribetes lorquianos donde las mujeres redimen al mundo y un (previsible) niño planta un retoño del fresno universal.

El Anillo da para todo y cae siempre bien parado porque su música es inoxidable, peligrosamente adictiva. También esta vez la excelencia musical enmendó toda discrepancia con la producción gracias a la batuta de Donald Runnicles, probado wagneriano de raza. En un emotivo adiós al director escocés (es su tercer Anillo en esta compañía que dirigió entre 1992-2009) y actual regente de la Deutsche Oper berlinesa, «su» orquesta le respondió infatigable, entusiasta, con estándar superlativo en cada sección. Memorable.

Al mismo tiempo, y muchos a instancias del director, se fogueó una prometedora nueva cosecha de cantantes wagnerianos: Heidi Melton (Siglinda), Daveda Karana (Waltraute), Ronnita Miller (Erda), el espléndido Siegmund de Brandon Jovanovich y Mark Delavan, que avanza como uno de los Wotan de su generación.

Deslumbraron Stefan Margita (Loge) y David Can (Mime) sumados a los relevantes Andrea Silvestrelli (Fasolt/Hagen), Elizabeth Bishop (Fricka), Gerd Grochowski (Gunther) y Gordon Hawkins (Alberich). Talón de Aquiles de todo Anillo actual, Sigfrido fue Jay Hunter Morris (Siegfried) e Ian Storey (GötterdTMmmerung) quienes con eficacia llegaron sanos y salvos hasta el final. En su primera Brünnhilde completa Nina Stemme (exactamente igual que Flagstad en ese escenario en 1935) arrasó con las predicciones más optimistas. A su excepcional desempeño escénico sumó una voz cálida, poderosísima, pareja y segura con agudos certeros que evocaron la extinta tradición de sus compatriotas Birgit Nilsson y Astrid Varnay, aunque sin el metal de aquellas.

Si el público tuvo la sensación de presenciar un debut histórico (y no exageraron quienes apodaron al ciclo «El anillo de Stemme»), fue la inmersión musical en el universo wagneriano por Runnicles y la astuta narración de Zambello los que redimieron y multiplicaron las inauditas posibilidades de un anillo que continúa siendo tan hipnótico como inaprensible.

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