EE.UU.: una ópera se alza desafiante en el camino de Santa Fe

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Nuevo México (Especial) - En pleno desierto de Nuevo México, la Opera de Santa Fe se yergue como irrefutable concreción de un sueño americano con su festival de cincuenta y seis años que asombra a sus pares internacionales. La receta del éxito: un soberbio teatro al aire libre (2100 butacas) levantado en un marco tan imponente como insólito y un repertorio variado que combina tradición con innovación.

La visión del pionero John Crosby (1926-2002) es una admirable organización que en medio siglo concretó doce premieres mundiales, cuarenta americanas y, entre otros méritos, revaloró «La carrera del libertino» con Stravinsky que hizo de la compañía su favorita peregrinación veraniega llamándola «mi familia», familia frecuentada por Hindemith, Henze, Penderecki, Rota, Menotti, y otros.

Distendidos picnics en las inmediaciones preceden las funciones que comienzan con los espectaculares ocasos en las montañas Sangre de Cristo como fondo, y una programación que permite ver tres óperas en un fin de semana o las cinco presentadas en una. A «Tosca» y «Los pescadores de perlas», este año se sumó el estreno de la edición crítica de «Maometto II» de Rossini, «Rey Roger» de Karol Szymanowski y «Arabella», que marcó el retorno de la compañía a las óperas de Richard Strauss de las que ha sido baluarte americano desde su fundación. Y si en algo Viena y Santa Fe podrían parecerse es en la importancia del teatro de ópera para sus habitantes, un fenómeno para una ciudad de sesenta mil en pleno desierto a siete mil pies de altura.

Ultima colaboración del binomio Strauss-Hofmannsthal, «Arabella» (1933) halla justificación en la partitura straussiana y sus intermitentes picos de lirismo que la ubican junto a sus hermanas mayores. Tim Albery optó por trazar una puesta exquisita pero glacial, donde los escenarios grises de Tobías Hoheisel sugirieron un imperio irremediablemente marchito y contribuyeron a la distante sensación general del elenco debutante en todos los personajes. Erin Wall fue una correctísima protagonista bien acompañada por Mark Delavan, un Mandryka rural y desenvuelto. La Zdenka de Heidi Stober fue lo mejor de la velada, brillaron los tenores Zach Borichevsky (Matteo) y Brian Jadge (Elemer) y las contribuciones de los veteranos Victoria Livengood y Dale Travis. Aunque irreprochable, la dirección de Sir Andrew Davis no terminó de concitar aquella magia straussiana que deja una impronta indeleble.

Paradojal que se trate de la segunda escenificación del «Rey Roger» en Estados Unidos (su première continental fue en nuestro Teatro Colón, 1981), con su multifacética carga de ambigüedad y misticismo actúa como ritual purificador del enfrentamiento del protagonista consigo mismo. Por una vez, la Sicilia medieval se oscurece eclipsada por la angustia que fluye entre los entramados musicales de Szymanoswki y sus ecos de Schreker, Debussy y Scriabin. La perturbadora aparición de un dionisíaco pastor en la corte del rey, no lejos del «Teorema» de Pasolini, desatarán acontecimientos impensados.

Paladín de la obra y motivo de la puesta, el barítono polaco Mariusz Kwiecien revivió su referencial Roger con absoluta naturalidad actoral y vocal bien secundado por Erin Morley (Roxana), Dennis Petersen (Edrisi). William Burden (pastor) demostró una notable evolución vocal hacia lo heroico. Conciente de la responsabilidad que implicó la literal presentación de la ópera al público, Stephen Wadsworth prefirió explorar e iluminar la complejidad de los personajes. Sagaz, unió los tres actos en uno y bocetó un tríptico bizantino-oriental-grecorromano que permitió apreciar en 90 minutos la evolución de la figura central. Broche de oro fue la dirección del joven Evan Rogister, un nombre para tener en cuenta.

El original «Maometto II» napolitano (1820) es un fresco atípico, liderada por un formidable cuarteto de solistas; en esta monumental pieza de conjunto Rossini parecería deleitarse con una ininterrumpida sucesión de gloriosos concertantes que ni siquiera dan lugar al aplauso incontenible. Papel emblemático de Samuel Ramey, fue el sueño de Luca Pisaroni cuando adolescente lo admiró en las funciones escalígeras. En un trabajo consagratorio, el completísimo italo-venezolano no sólo salió airoso triunfando en todos los difíciles aspectos del papel: equiparó cómodamente a su ídolo. La joven Leah Crocetto probó ser una estrella naciente de medios privilegiados. Otra excelente sorpresa fue el tenor Bruce Sledge, voz importante, flexible y esmaltada.

Bajo la atenta batuta del flamante director del festival Frédéric Chaslin, la puesta de David Alden fue otro puntal. A menudo cuestionado por extragavante o excesivo, Alden entregó un trabajo sensacional y contenido. Monocromático y elegante, recurrió al certero efecto de color o al efecto mismo para deslumbrar a la audiencia y legitimar esta incontestable Grand-Opera donde el cisne de Pesaro insinúa al Verdi temprano.

Polo de atracción para artistas y audiencias, tampoco es casualidad que esta ciudad paradojalmente fundada en el año del nacimiento de la ópera propicie un entorno inspirador para convertirse en el destino ineludible del operómano durante el tórrido verano norteamericano.

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