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El arte de regar en Huacalera
Dos represas, 40 familias, 1.500 metros de tubería y una colonia en la quebrada jujeña. La construcción de un sistema de riego,el detrás de escena.
La colonia San José, en el departamento de Huacalera, queda a 17 kilómetros de Tilcara. Por la ruta 9, ningún cartel señala el ingreso al poblado. Un puente ferroviario, abandonado en 1993, marca la entrada. Por allí se dispersan las casas de unas 40 familias. La falta de oportunidades alejó a los más jóvenes. Quienes quedan, unos 120 habitantes, son en su mayoría agricultores de pequeña escala, dedicados a la producción frutihortícola y la cría de cabras y ovejas. Labradores y pastoras que hacen de sus vidas grano y vellón, en paráfrasis de Domingo Zerpa.
Fue ese mismo poeta jujeño quien, en su poemario Puya-Puyas, escribiera en 1940: "Cada año la tierra/ desnuda y sedienta/ nos quita el granero/ nos priva del agua". Por más que la dictadura militar de 1976 haya censurado estos versos de "Los Arriendos", la situación aún se mantiene: con un promedio de lluvias de 148 milímetros anuales, concentradas en los meses de enero y febrero, el déficit hídrico restringe las posibilidades productivas. Ese condicionamiento es agravado por la falta de infraestructura y las precipitaciones cada vez más torrenciales.
-En 2014 comenzamos a visitar a productores de toda la provincia y llegamos a la comunidad de San José- dijo Nadia Paco, de la Universidad Nacional de Jujuy y el ministerio de Ambiente de la Nación-. Como en otros parajes, la problemática que tenían desde hace años era la falta de agua.
Paco es parte del equipo liderado por José García, extensionista del INTA, enfocado en el acceso al agua para la agricultura familiar en el NOA. Junto a la comunidad de San José, se propusieron mejorar la infraestructura de riego con obras de captación y conducción de agua. La iniciativa pudo llevarse adelante gracias al ProHuerta, el programa del INTA y el ministerio de Desarrollo Social de la Nación, que entre 2016 y 2017 invirtió casi 170 millones de pesos en 600 proyectos especiales que, estiman, beneficiarán a más de 50 mil familias.
-Trabajamos en forma participativa con la comunidad, evaluamos qué fuentes de agua se podían utilizar, diseñamos el sistema con los regantes, presentamos el proyecto al ProHuerta y hoy ya está la posibilidad de regar -sintetizó García-. Con este sistema se va a lograr poder aplicar a los cultivos la cantidad de agua necesaria, sobre todo en la época más crítica, entre agosto y noviembre, cuando los cultivos tienen mayor demanda.
En la colonia San José, de Huacalera, tras quién sabe cuántos años, existe al fin un sistema de riego para que los lugareños siembren y cosechen sus verduras.
Represas en la quebrada
Para regar las 25 hectáreas de parcelas productivas -de un total de 35 que hay en la colonia-, se requieren entre 0,4 y 0,5 litros de agua por segundo por hectárea en las épocas menos críticas. Cuando los cultivos tienen mayores necesidades, ese volumen debe triplicarse. Para funcionar adecuadamente, el sistema debía alcanzar los 30 litros por segundo.
-La colonia sacaba agua de un ojo muy pequeño y nosotros sumamos otros, hicimos una represa que capta los dos ojos más grandes y una segunda represa que capta un ciénego, que suma al caudal -precisó Paco-. También hicimos la conducción, por unos 1.500 metros desde la captación hasta la colonia, con tuberías de 200 mm, enterradas con profundidad variable: empezamos a 80 cm y terminamos a casi cinco metros.
-Lo más complejo fue el sistema de conducción -afirmó García. El extensionista detalló, además, que fue necesario pasar las tuberías pasar por debajo del río Yacoraite, a lo largo de 400 metros, para luego volver a salir a la superficie y continuar la distribución hacia las parcelas. Para García, el espíritu comunitario pudo lucirse: "Se notó mucho el compromiso y se entendió la importancia del trabajo colectivo y participativo. Fue una experiencia muy linda en lo que es organización".
En su morral tejido, Condorí llevaba unos papeles: resguardaba la calendarización del trabajo -organizado en distintos grupos- y la planilla de asistencia. Detrás de él, bajo el sol, trabajan cinco muchachos: eso eran, para Dámaso, los hombres de rostros ajados que perforaban la quebrada. Uno de ellos se alejó del grupo.
-Con este proyecto vamos a resolver el problema y tener más agua. Se va a poder sembrar lo que uno quiera -dijo Rafael Gallardo, vicepresidente de la Junta de Regantes, apartado de la pala por un momento.
-Maíz, cebolla, haba, arveja, ajo, perejil. Acá madura todo, lo que nos hacía falta es el agua -explicó Condorí, mientras se servía otro enchuladito.
-Trabajamos de lunes a sábado hasta las seis de la tarde, en grupos de seis personas, organizados en el mismo orden de los turnos de riego -agregó Gallardo-. Y cada uno colabora con algo.
-Todos nos comprometemos. Cuando me toca a mí, ocupo un peón y traigo la comida para todos los obreros -dijo entonces Juana Mamaní, para luego recordar el día en que preparó ochenta tamales con charqui.
Tras el almuerzo, Condorí decidió pagar su deuda y buscó la caja chayera. Le bastaba una mano para sostener el tambor y golpear el parche. Regalaba coplas, recitaba aros. Cerca del cantor, doña Mamaní lo escuchaba, acodada en un árbol. Mientras el hombre copleaba, ella deslizó un mensaje.
-Vamos a tener más agua. Por eso estoy contenta, porque es la única manera de regar -y no era claro si ese particular sistema de riego tenía relación con las represas o con su felicidad.


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