- ámbito
- Edición Impresa
“El cine es como el tango, una sensación, un sentimiento”
Martínez Vignatti (en la foto junto con el productor argentino Pablo Ratto): «Le presto poca atención al realismo, me gusta la construcción plástica, el mundo que sólo puede existir dentro de uno, o de una película».
Periodista: ¿Podemos decirle doctor?
Diego Martínez Vignatti: Me recibí de abogado en La Plata, al tiempo que hacía cursos de guión y fotografía. Sospechaba que eso era lo mío, aunque en casa dijeran «imposible, no hay antecedentes artísticos en la familia». Entonces estaba contra Menem. Cuando lo reeligieron decidí tomarme unas vacaciones del país y me fui a una de las mejores escuelas gratuitas de cine de toda Europa, el Insas, de Bélgica. Las ruedas eliminatorias para ser aceptado duraban un mes. De 2.000 quedamos 40. Las clases eran de doble turno, incluso sábados, tres años. Apenas salí ya empecé a trabajar profesionalmente como director de fotografía en cine publicitario y largometrajes.
P.: Allí conoció a Carlos Reygadas.
D.M.V.: No pudo entrar, pero se quedó boyando alrededor y yo le pasaba los apuntes, así empezamos. Luego lo ayudé haciendo la fotografía de cuatro cortos y «Japón», que fue una experiencia muy distendida, porque entonces él no tenía nada que perder, era un desconocido. «Batalla en los cielos» la hicimos en mejores condiciones, pero ya todos lo estaban mirando. Aún así disfrutamos.
P.: Ahí usted se convirtió en futbolista.
D.M.V.: Reygadas insistía, y me puso de arquero en una escena de «Batalla...», porque el fútbol mexicano está plagado de argentinos. Todo bien, además en la película mi equipo gana el campeonato.
P.: Al mismo tiempo, usted hacía el documental «Nosotros», sobre jóvenes tangueros.
D.M.V: Sí, en plena desintegración del 2001, 2002. Ahí conocí a una cantante y actriz de teatro que recién empezaba, Eugenia Ramírez Mori. Ella fue la protagonista femenina de un film iraní rodado en Argentina, «Danza con sueños», de Mahmoud Kalari, con mucho tango, que acá no pudo verse por problemas de la coproductora. Bien, la conocí, nos enamoramos, nos fuimos a Bruselas, ella es mi actriz habitual, vivimos juntos desde hace ya nueve años, y tenemos dos hijos.
P.: Eso último explica que en los créditos finales de sus películas aparezca una babysitter.
D.M.V: Pocas películas tienen ese personal en su equipo. Sí, andamos con los hijos, la babysitter, muchos familiares y amigos en cada película, siempre un clima familiar, distendido.
P.: ¿Pero entonces por qué hace sufrir tanto a esa mujer? Su segundo film, «La marea», era un drama de aquellos.
D.M.V.: Sí, es una película angustiante, pero me pasó algo raro. En el guión yo había escrito que ella al final moría. Como no ilustro los guiones, sino que vivo las películas, durante el rodaje, admirado por esa mujer, decidí darle un final ambiguo. Piensa ahogarse en el mar, pero gira sobre sí misma y nos mira. ¿Qué nos dice esa mirada? Lo que más me interesa del cine es lo que no se puede decir con palabras.
P.: Ahí la mujer sufría la muerte del ser querido. La de «La cantante de tango» también está a punto de morirse, pero de amor.
D.M.V.: Me atrae la complejidad femenina, yo hice estas películas para saber más acerca del carácter femenino. Cada una muestra cómo una mujer vive su duelo, sea por un familiar perdido o por un amor que la abandona. Y en «La cantante de tango» esa mujer está destruida, pero se reconstruye. Sufriendo solita empieza otra vez de la nada, termina fuerte una vez más.
P.: Hay momentos medio oníricos bastante inhabituales.
D.M.V.: Sí, le presto poca atención al realismo, me gusta la construcción plástica, el mundo que sólo puede existir dentro de uno, o de una película, y que el espectador activo se complace en descubrir.
P.: En la banda sonora también descubrimos un tango que revela su lugar de nacimiento: «Bahía Blanca».
D.M.V.: El tango es patrimonio de las grandes ciudades-puerto, no solo Buenos Aires sino también Bahía Blanca (de donde salieron próceres como Cobian y Di Sarli), Mar del Plata y Rosario. Es popular y sofisticado, universal y muy local. Yo lo disfruto desde cuando niño escuchaba cantar a mi madre.
P.: Pero el viejo que canta es bien porteño, el maestro Oscar Ferrari, un grande de los años 50.
D.M.V.: Lo conocimos a través de Alfredo Piro (que también actúa) y fue maestro de Eugenia. El fue, para nosotros, la llave de acceso a la transmisión del tango. Pienso mucho en él. Todo el tiempo. Ya estaba muy enfermo cuando participó en el rodaje. Había cantado toda su vida y ahora no tenía trabajo, cantaba en peringundines, y sin embargo no había en él ni un pequeño gesto de frustración ni resentimiento. Sólo alegría; era un tipo genial, por eso le dedicamos la película.
P.: ¿Y quién es el otro anciano maravilloso que aparece en una escena charlando en francés con su médico?
D.M.V.: Ah, un vecino mío, célebre locutor de la radio belga, a la que aportó mucha cultura. Ya jubilado, conserva la altivez del cuerpo y una voz magnífica que parece venir de otro tiempo, un maestro. Yo creo en los maestros, y en el respeto a los maestros.
Entrevista de P.S.


Dejá tu comentario