14 de mayo 2012 - 00:00

El Gran Hermano, causa de las crisis

Durante las últimas décadas, en gran parte del mundo, de forma creciente y preocupante, se le reclama al Gobierno que solucione todos los problemas de la vida de los ciudadanos. Le exigen que los eduque, que les brinde servicios de salud gratuitos, trabajo y subsidios para cuanta actividad desarrollan. Piden que maneje el dinero, el crédito y que aplique mayores controles en la economía. Reclaman que se les dé una vivienda y suministros energéticos baratos además de actividades deportivas y culturales gratis. Se pide al Gobierno gestiones de prevención para que la población no se drogue, no fume, haga ejercicio, coma alimentos sanos y que use el cinturón de seguridad cuando sube a un automóvil. Para la etapa pasiva de la vida, se le demanda al Gobierno que proporcione un plan de jubilación y un descuento a través de la obra social para comprar el cajón mortuorio.

Ésta pareciera ser la triste línea de vida de quienes aceptan sistemas que transforman al hombre en un ovino bípedo despojado de sus derechos y libertades que, sumergido en un triste conformismo, acepta ser cabresteado por un grupo de supuestos iluminados para que conduzcan su vida.

Todo este paraíso socialista no se financia precisamente con el peculio del gobernante. Nada existe gratis en esta vida, y tan amplio mandato requiere de una suculenta financiación. Sin embargo, la mala asignación de recursos y el derroche tienen su triste final, porque, como dijo alguna vez Margaret Thatcher, el problema del socialismo es que, al final, el dinero de los demás termina por acabarse.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención cómo, una vez que la economía está paralizada por el intervencionismo y las regulaciones, cuando el gasto público astronómico es insostenible, la deuda pública es impagable y la miserable estafa de la inflación se hace evidente en el poder adquisitivo de la población, los defensores del socialismo y el keynesianismo se las ingenian para saltar rápidamente fuera del asiento del conductor y endilgar culpas al liberalismo.

Al liberalismo generalmente se lo asocia con la apertura económica en el sentido crematístico del término. Sin embargo, es una incompleta y aguada definición que pasa por alto la columna vertebral del sistema liberal. El liberalismo es un sistema moral cuyo principio rector está basado en el respeto por las decisiones y planes de vida de los demás, en tanto y en cuanto no afecten los derechos de otro. El derecho a la vida y al fruto del trabajo son pilares intrínsecos de la sociedad abierta.

Lo realmente distintivo del sistema liberal es que mantiene coherencia con la naturaleza del hombre en cuanto a que aboga por el ejercicio pleno de su libertad. El liberalismo no pretende hacer buenas a las personas. Como queda expresado, simplemente respeta sus proyectos de vida e interviene con rigor sólo cuando se dañan derechos de otro. El accionar que no perjudica derechos de terceros queda reservado a la espiritualidad, cuerpo y mente del sujeto actuante.

La libertad implica asumir la responsabilidad individual. Es decir, que cada persona responda por sus actos asumiendo las implicancias de todo lo que de aquellos se desprenda. En el caso de que se hayan tomado decisiones equivocadas, las consecuencias de los actos serán negativas y cuando se acierten los cursos de acción, las derivaciones tendrán un balance provechoso. Salvo el caso de las externalidades propiamente dichas y las donaciones, quienes no asumen los costos no obtienen los réditos.

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