23 de diciembre 2010 - 00:00

El mejor dibujo animado del año no es para los más chicos

Sobre una historia nunca filmada por el recordado Jacques Tati, Sylvain Chomet, director de «Las trillizas de Belleville», elaboró un bellísimo film de todo melancólico, sólo para grandes.
Sobre una historia nunca filmada por el recordado Jacques Tati, Sylvain Chomet, director de «Las trillizas de Belleville», elaboró un bellísimo film de todo melancólico, sólo para grandes.
«El ilusionista» (Lillusionniste, Francia-G. Bretaña, 2010, habl. en francés, inglés, escocés. Dir.: S. Chomet. Guión: J. Tati, S. Chomet.

Era tan alto que los pantalones más largos le quedaban cortos, y dejaban ver sus medias a rayas. Alto, desgarbado, e indeciso. Daba una zancada para un lugar, se detenía, giraba para el otro, iba a avanzar, volvía a pararse, y así. Monsieur Hulot, personaje de Jacques Tati, nacido Tatischeff. Enfrentaba la evolución de los tiempos munido de impermeable, pipa y seriedad de niño grande. En «Mi tío», cada mañana le tocaba juguetonamente la nariz a la hija de la portera. Un día la niña se mostró adolescente. Perplejo, Hulot detuvo su dedo, lo desvió, y le tocó la nariz a la portera.

«Mi tío», film dulce y melancólico, 1958, suceso mundial. El siguiente iba a ser con un personaje pariente de Hulot, un mago de varietés en decadencia, que se hace cargo de una niña también preadolescente. Pero tenía pocos chistes y mucha tristeza, y no se hizo.

En 2003, Sylvain Chomet necesitaba una escena de otro film de Tati para insertar en su dibujo «Las trillizas de Belleville». Fue a pedirle permiso a la hija Sophie. Ella vio parte de «Las trillizas...» y le dijo algo así como «Mi papá dejó un guión que ningún otro actor podría interpretar. Me gustaría verlo convertido en un dibujo poético». Chomet reunió a los mejores dibujantes europeos de viejo estilo, porque el viejo estilo es su gusto, y es coherente con 1959, año en que se ambienta la historia. Trabajaron cinco años, una historia estilo Tati, un personaje llamado Tatischeff, un cuidado impresionante por los detalles más pequeños y los matices más delicados de la luz, y un fondo musical precioso que culmina en un solo de piano de ocho minutos para un desenlace definitivamente sin palabras. Hay contadas palabras en los films de Tati y los de Chomet, todo se expresa con imágenes.

El resultado es sencillamente una belleza, una invitación a dejarse hundir en recuerdos de otros tiempos, en sensibles reflexiones sobre las etapas de la vida, en la fascinación de un dibujo exquisito, propio de artista, y en el reencuentro con otro artista, aquí evocado. Cada escena es un deleite, un triunfo de la delicadeza, de un humor sutil hasta en las caricaturas. Memorables, ese mago silencioso, los fondos, los variopintos personajes del music-hall, con sus diversos destinos, la niña trabajadora, admirada de una magia que es sólo ilusión, que luego crecerá y admirará otras cosas, y el conejo de la galera, gruñón y querible, que se roba cada escena donde aparece. Pero cuidado: no es una película para niños. Es sólo para el niño que hay en cada hombre grande. Y es el mejor dibujo del año.

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