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El mundo entero baila la danza de la inflación
Hace apenas unos meses, no unos años, las expectativas de inflación en la Argentina superaban el 30% anual, y los precios al consumidor bien medidos crecían a un ritmo del 25% anual.
La velocidad de la crisis financiera global ha cambiado drásticamente el panorama internacional. Los graves errores de política económica local, «sumados al mundo que nos complicó», también transformaron una obvia desaceleración en un «frenazo» violento en la Argentina.
Las preocupaciones se han invertido. El mundo quiere inflación y la Argentina, si no modifica su tipo de cambio nominal, ajusta con deflación y más recesión.
Volviendo al panorama global, el principal problema hoy de los Estados Unidos y del mundo desarrollado en general es evitar la «enfermedad japonesa». Para ello, lo que hay que lograr es que el sistema financiero vuelva a funcionar.
En ese contexto, el anuncio de una caída de los precios en los Estados Unidos en el último mes a un ritmo anualizado superior al 10% es muy mala noticia. En efecto, si las expectativas de la población se consolidan en un escenario de baja de precios, el consumo se demora (¿para qué gastar hoy, si puedo comprar más mañana?).
Mientras las expectativas de deflación se mantengan, toda liquidez adicional no va al gasto, sino al atesoramiento. La Fed hace lo que puede hacer, comprar todos los activos que andan sueltos por ahí y anunciar que lo va a seguir haciendo mientras sea necesario. «Hasta que no haya inflación no paramos», es el mensaje. Por ahora no hay mucho más.
Transitoriamente, además, parece haber cierta coordinación con el Banco Central Europeo, para que éste mantenga un diferencial de tasas entre el euro y el dólar, que debilite al dólar e impacte, entonces, sobre el precio de las materias primas, denominadas en dólares y, otra vez, sobre las expectativas de inflación.
Sin embargo, allí juega en contra la situación del mundo petrolero. Más allá de lo que decida el «cartel» de la OPEP, lo cierto es que la mayoría de sus integrantes tienen necesidades fiscales enormes, dado que calcularon sus gastos (populismo puro) en función de un petróleo que valía u$s 140 el barril y no u$s 40.
Para dar una idea, el «valor de equilibrio» (definido como el necesario para cerrar las cuentas de los países en cuestión), en Venezuela es de u$s 97, o u$s 63 en Arabia Saudita, o u$s 71 en Nigeria y superior aun en Rusia. Como esos precios son imposibles de alcanzar en el corto plazo, cada país productor está tentado de producir más, a espaldas de sus socios, o de liquidar sus cuantiosos stocks a precios inferiores para hacerse de caja. Posiblemente, la única inflación de materias primas de corto plazo que veamos, eventualmente, sea la de los commodities agrícolas (buena noticia para la Argentina). Igual, todo esto es muy transitorio, porque no está claro hasta dónde puede el Banco Central Europeo sostener el diferencial de tasas con sus países miembros en recesión.
Eso me lleva al capítulo «Esperando a Obama». La política fiscal es mucho menos eficiente para inducir al gasto o «crear inflación», dado que en los países serios, mayor gasto público hoy se financia con deuda y es más impuestos mañana.
Por lo tanto, los planes fiscales de obra pública pueden llevar a los perceptores de ese gasto a ahorrarlo, compensando la expansión del gasto público. A decir verdad, este «problema» ya lo había planteado un economista alemán que emigró a la Argentina a finales del siglo XIX, Silvio Gesell, fundador de la casa de artículos para bebé que lleva su apellido y citado con vehemencia por Keynes en su Teoría General.
Gesell había ideado un ingenioso sistema para «crear inflación». Un «dinero con cupones» que perdían capacidad de compra con el paso del tiempo. Induciendo a gastar rápido. Quizás inspirado en este esquema, en lugar de fastuosos planes de obra pública, el presidente Obama podría generar devoluciones impositivas con «vouchers» que perdieran valor a medida que pasa el tiempo, induciendo a los receptores a gastarlo en cierto tipo de bienes, durables o automóviles, por ejemplo.
Lo cierto es que la recesión global ya está entre nosotros, y lo que hay que hacer es usar todos los mecanismos disponibles para evitar que se profundice.
También es cierto que hasta que no se reconstruya la confianza en el sistema financiero privado, esta tarea no será fácil y exigirá instrumentos de todo tipo, incluyendo a los siouxs bailando la «danza de la inflación».

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