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“El psicoanálisis es una construcción cultural fascinante”
Para Volpi, cuya novela se centra en Christiana Morgan, paciente de Jung y luego psicoanalista, «Freud hizo muy bien analizándose a sí mismo, el problema fue creer que ese análisis podía extrapolarse al resto de la humanidad».
Periodista: ¿Cómo llegó a la fabulosa vida de la psicoanalista estadounidense Christiana Morgan?
Jorge Volpi: Por casualidad, haciendo una investigación para otra novela, mientras daba clases en la Universidad de Cornell. Supe así de Henry Murray, un acaudalado y ambicioso médico de Harvard casado con una rica heredera de Boston, que tenía una amante con la que había iniciado una relación amorosa muy extraña a la que él y Jung llamaron «La Díada». A partir de ahí, en 2005, mientras estaba en otros proyectos, buscaba más material, tratando de saber de qué se trataba aquella historia. Fui encontrando libros sobre Murray, luego la única biografía sobre su amante «Traslate this Darkness», subtitulada «vida de Christiana Morgan, la mujer velada por el Círculo de Jung» de Claire Douglas, autora que fue esposa de J.D. Salinger y antigua alumna del Radcliff College, donde Christiana fue profesora. Esa mujer me llamó la atención cada vez más. Sabiendo que todos sus papeles estaban en Harvard, decidí ir a ver sus archivos. Estuve estudiándolos durante un año. Me encontré con los «Libros de visiones» .Son dos cuadernos grandes, tan interesante como «El libro rojo» de Jung. Desde que vi esos dibujos quise que estuvieran en mi libro, porque dan un idea de lo que ella estaba haciendo. Luego leí los cuadernos que llevaba cuando estaba en análisis con Jung. Ahí ya me pareció muy valiosa esa historia, y decidí contarla.
P.: Historia con numerosos atractivos. Dos parejas amigas que parecen consolidadas, el cruce de una relación adúltera. La pasión entre los amantes que se convierte en una exploración metafísica del amor. Los años 20 en Nueva York, un mundo de clase alta que permite andar a capricho por Europa.
J.V.: Y estar tres meses en un hotel en Suiza para participar del grupo de Jung. Todas esas cosas me interesaron, pero sobre todo Christiana. Como muchas mujeres de su época trata de renunciar, sin conseguirlo del todo, al papel femenino que se espera de ella: madre, esposa, mujer de sociedad, cosas que ella no tolera. Luego está el papel que Jung le da, una especie de Sibila contemporánea, que va a tener visiones diurnas que en muchos casos bordean la psicosis, y que él le anima a practicar en su afán de entender cómo funciona el inconsciente. Y luego, la historia de amor, que es la de un gran fracaso, donde se quiere alcanzar el amor absoluto pero racionalizándolo desde el lado del psicoanálisis. Como si se pudiera pensar el amor y tomar decisiones racionales. Creen comprobar que es posible, sólo para terminar dándose cuenta que no.
P.: Las imágenes de Christiana recuerdan tanto visiones místicas medievales como esoterismos contemporáneos.
J.V.: Son sueños diurnos, imágenes alucinatorias, donde sólo la concentración suplanta las sustancias psicotrópicas que han tomado otros visionarios. Ese viaje iniciático que inicia con, Jung, sin usar ninguna droga, se parece a las de Hildegard von Bingen tanto como a las de Carlos Castaneda. Llegar a ese estado sin drogas debe ser muy difícil. Acaso es como utilizar técnicas zen, de meditación, que a Jung también le interesaban, pero no para alcanzar el vacío del pensamiento sino para entrar en esos mundos enloquecidos, y que Jung buscaba a la vez. El «Libro rojo» que Jung empieza a escribir poco antes, desde la oposición a Freud, le lleva quince años, durante los cuales Christiana está haciendo lo mismo.
P.: En la Argentina el Malba realizó la única, y por su precio selectiva, edición en español de esa obra de Jung.
J.V.: No es casual que todas las ediciones que tienen que ver con el psicoanálisis estén aquí. También el «Test de Apercepción Temática» de Murray, la única edición en español es argentina.
P.: ¿Cómo seleccionó en vidas tan ricas lo que valía contar?
J.V.: Tuve que tomar decisiones y dejar de lado aspectos que eran interesantes de la vida de ambos personajes. Por ejemplo, contar más sobre Henry como asesor de la CIA. Me concentré en cómo el mundo interior de Christiana retrataba toda la historia. Le inventé una voz, que no es la que está en sus cuadernos, y que me pareció más eficiente para contar su aventura. Una voz lírica como el temperamento que Jung decía que ella tenía. Y desde ella contar la mayor parte de los acontecimientos. Al principio hay un narrador en tercera persona, que podría ser yo mismo, y poco a poco se va intercalando Christiana a través de su diario, y a veces la voz de otros personajes, luego la voz de Jung, y a medida que nos acercamos al final, es la voz de ella la que va ganando todo el protagonismo. La estrategia fue imaginar que uno se va de los documentos a transformarse en Christiana. Y hacer propia su experiencia. Ver que tiene talento artístico que queda bloqueado, que tiene vocación científica que nadie le permite ejercer, que toda su creatividad, como Jung se lo ordena, se vuelca en convertir a su amante en un gran hombre, y al amor por él en algo tan excepcional como para que justifique toda su vida, tan excepcional como para que ella crea que eso merezca ser contado en un libro y que se vuelva en un ejemplo para la humanidad.
P.: ¿De ahí surge que se la bautice «La Díada»?
J.V.: Contrastando con la teoría junguiana de la individuación. en donde el conocimiento se alcanza con la individuación, cuando gracias al psicoanálisis uno sabe realmente quién es, Henry y Christiana prefieren el individuo que se dé a dos. Buscan demostrar que hay un autoconocimiento, mayor que el de la individuación, que se da en una díada, cuando se puede hacer en una entrega absoluta psíquica a otro.
P.: ¿Qué sintió cuándo vio que se metía con el psicoanálisis, sobre el que han arreciado las críticas y los cuestionamientos?
J.V.: A mí el psicoanálisis siempre me ha interesado. Empecé a leerlo a los 15 años y no he dejado de hacerlo. Y si me hicieran la pregunta que hace Christiana: ¿a quién prefiere, a Freud o a Jung? Preferiría a Freud sin duda. Aunque concuerde con quienes piensan que los sustentos científicos del psicoanálisis son cuando menos endebles. Freud hizo muy bien analizándose a sí mismo, el problema fue creer que ese análisis podía extrapolarse al resto de la humanidad. En cualquier caso es una construcción cultural fascinante que ayuda a entender mejor la cultura, la sociedad, las pulsiones, y a uno mismo. Jung perdió su batalla con Freud en el terreno terapéutico, quedan unos cuantos psicoanalistas junguianos clínicos, pero la realidad es que en general ese espacio está ocupado por Freud, por Lacan (que aparece en mi novela «El fin de la locura»). Donde Jung gana es en la incorporación del psicoanálisis a la cultura, en haberlo utilizado para analizar las religiones, los mitos, el inconsciente colectivo, y eso está muy presente aun en el lenguaje cotidiano. Hay que ver también el lugar que ocupa el psicoanálisis en sociedades distintas. En España los periodistas me decían: eso del psicoanálisis es algo pasado de moda, ya nadie se analiza. En Argentina es lo contrario. En Francia, está muy presente. La crisis del psicoanálisis con ser global, en Argentina y en Francia la han resistido de muchas maneras. En Estados Unidos a nivel académico ya no es crucial, y en términos clínicos es de influencia casi nula, pero ha entrado en las universidades en estudios culturales, en literatura, a través de Lacan, los lacanianos y poslacanianos, menos que antes, pero siguen ahí las vertientes de Derrida y Julia Kristeva, por más que Harold Bloom los zarandee.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
J.V.: Estoy en los estadíos iniciales de una novela larga en la línea de «En busca de Klingsor», «El fin de la locura» y «No será la tierra» de mi «Trilogía del siglo XX». A su vez está «La tejedora de sombras» junto a «El jardín devastado» y «Oscuro bosque oscuro» son pequeñas historias que forman una lírica trilogía de cámara. Lo que escribo tratará del mundo contemporáneo, no será una novela histórica sino sobre los primeros años de este siglo, que tras tiempos más o menos tranquilos y de cierta esperanza, volvieron los complicados, con crisis económicas y sociales, violencia y miedos.
Entrevista de Máximo Soto


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