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El regreso de Sol Gabetta no entibió al teatro Colón
Sol Gabetta y Bertrand Chamayou durante el concierto que ofrecieron anteanoche para el Mozarteum en el teatro Colón.
El rencuentro del público porteño con la cordobesa Sol Gabetta, estrella mundial del violoncello, tuvo algunos aspectos singulares. El primero, haber tenido lugar en el Colón, el mismo escenario donde se frustró su anterior concierto, en 2010, cuando iba a tocar junto a la Filarmónica de Buenos Aires. El segundo, la ausencia de Mihaela Ursuleasa, la talentosa pianista rumana de 33 años quien debía acompañarla originalmente en esta gira, fallecida hace poco por un derrame cerebral. Pese a que no se hizo mención de esta circunstancia durante el concierto, quienes estaban al tanto de ella seguramente no la pasaron por alto.
Y a pesar de esta doble carga emotiva y la entrega que ambos artistas pusieron de manifiesto en cada obra, no es exagerado decir que cierta frialdad por parte del público -esperablemente mayor en la platea y palcos que en las bandejas superiores- flotó en el ambiente, o al menos no las tórridas ovaciones imaginables; es posible que un programa no tan centrado en la música del siglo XX hubiera entusiasmado en mayor medida al auditorio del Mozarteum.
El entendimiento entre Gabetta y el también muy joven pianista francés Bertrand Chamayou es total en concepto y praxis musical, y así quedó de manifiesto desde la «Sonata en re menor» de Claude Debussy que abrió el programa, vertida con una amplísima paleta cromática y sentido de «intimidad».
Le siguió la «Sonata en La mayor» de César Franck, una de las obras más transitadas y veneradas del repertorio de cámara francés (original para violín y piano). Aunque Gabetta y Chamayou volvieron a entregar una interpretación plena de matices y flexibilidad, debe reconocerse que la transposición a la tesitura del cello de la parte del violín le resta evidentemente brillantez al conjunto, y desdibuja los bellísimos juegos canónicos del último movimiento.
Probablemente el punto más alto del concierto haya estado en la potente «Sonata en re menor» opus 40 de Dmitri Shostakovich, donde la cellista pudo desplegar a sus anchas su gran temperamento (uno de sus rasgos más sobresalientes) y una riqueza sonora extraordinaria seguida al milímetro por Chamayou, quien tuvo un lucimiento especial a continuación en la desafiante parte que le corresponde en «Le grand tango» (la obra dedicada por Astor Piazzolla a Mstislav Rostropovich) y ratificó el swing que había desplegado el pianista en mayo en el mismo escenario, cuando interpretó el «Concierto en sol» de Ravel con la Orquesta del Capitolio de Toulouse.
Los artistas brindaron tres bises: la «Plegaria» de Ernst Bloch, el final de la «Pampeana» número 2 de Alberto Ginastera y otro Piazzolla: «Oblivion», más por entusiasmo y gratitud propios que por clamor de la audiencia.

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