17 de julio 2009 - 00:00

“El sol”: una brillante mirada sobre grandes hechos históricos

Con «El sol» (el emperador Hirohito, la capitulación en la Segunda Guerra y la renuncia a su naturaleza divina), Aleksandr Sokurov cierra una notable trilogía sobre poderosos del siglo XX; los otros fueron Hitler y Lenin.
Con «El sol» (el emperador Hirohito, la capitulación en la Segunda Guerra y la renuncia a su naturaleza divina), Aleksandr Sokurov cierra una notable trilogía sobre poderosos del siglo XX; los otros fueron Hitler y Lenin.
«El sol» (Solntse, Rus.-Al.-It.-Fr. 2005, habl. en japonés e inglés). Dir.: A. Sokurov. Guión: R. Arabov, J. Noble. Int.: I. Ogata, R. Dawson, S. Sano, S. Suii, T. Tamura, K. Momoi, G. Pitshkelauri, N. Musaka.
Pocos actores, contados escenarios, climas hábilmente enrarecidos mediante la banda sonora y el despojamiento cromático, diálogos concisos y a veces hermosos, en suma, una obra de cámara, para ofrecernos, con enorme intensidad y reflexión, una brillante mirada sobre hechos históricos enormes. Eso es lo que realizó con esta película Aleksandr Sokurov, el artista de «Madre e hijo» y «El arca rusa», por citar solo los dos únicos títulos suyos que hasta ayer alcanzaron difusión comercial entre nosotros.
Los hechos aquí referidos, corresponden a unos meses en la vida del emperador Hirohito. Él es el sol del imperio, el dios encarnado, por quien miles de japoneses se sacrifican. Por él también, muchos cometen atrocidades. Pero él está en los sótanos de algún lugar, sometido a los cotidianos ritos de sus ceremoniosos servidores, diciéndole a su gabinete, en forma indirecta, en términos poéticos, que la guerra debe terminar, que ya ha sido perdida. Mascullando antes de hablar, como un viejo, empequeñecido ante la pesadilla de Hiroshima o un grabado de Durero, inocente, en ocasiones casi angélico, diligente en sus estudios de biología, respetuoso y solícito con un científico hambriento, desarmado y cordial con los vulgares invasores americanos, sabio como un niño frente a su adversario más alto y omnipotente, que al comienzo lo desprecia y tarda en comprenderlo, el Hirohito que nos pinta Sokurov no es para nada el criminal de guerra obligado a dejar que surja un país nuevo, como dicen muchos historiadores. Más bien es el símbolo de continuidad y concordia que el general MacArthur vio e hizo respetar tras las matanzas mutuas, el dios que por decisión propia, y en bien de su nación y de su pueblo, al que apenas conocía, cinco meses después de anunciar el fin de la guerra anunció también el fin de su «naturaleza divina» y volvió al reencuentro feliz de su esposa y sus hijos.
No sabemos cuál será la verdad, pero esa imagen le sirve a Sokurov para cerrar su excepcional trilogía de poderosos del Siglo XX, con «Moloch» (Hitler perdido en su nube), «Taurus» (Lenin ya senil, creyendo que aún gobierna) y este que ahora vemos, «El sol» (Hirohito, el hombre que ayudó a su país a salir de las cenizas que él mismo había causado). Acá «Moloch» y «Taurus» sólo se vieron en festivales, pero no vamos a rezongar ahora por eso. «El sol» vale por sí misma, y se recomienda sola.
A subrayar, la composición de Issey Ogata, hasta entonces un cómico, la pesadilla de Hiroshima con peces volando sobre el fuego, el diseño de producción de Yelena Sukova (directora de arte de «El arca rusa»), la banda sonora de Sergei Moshkov, viejo colaborador, y el músico Andrei Sigle, con fragmentos de Bach y de Warner, la fotografía entre penumbras, nieblas y pasteles del propio Sokurov, el alegato del ministro de Guerra Korechika Anami (que se suicidó el 14 de agosto del 45), y el final, ese inesperado final que cae como un mazazo y dice tantas cosas en sólo cuatro líneas de diálogo y dos rostros perplejos. Una obra de arte.

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