30 de octubre 2012 - 00:00

“El teatro clásico puede tener mirada moderna pero no frívola”

Helena Pimenta: «Segismundo representa al ser humano en su lucha, por eso lo ponemos en la piel de una mujer porque desde hoy, que sea una mujer, tiene más connotaciones».
Helena Pimenta: «Segismundo representa al ser humano en su lucha, por eso lo ponemos en la piel de una mujer porque desde hoy, que sea una mujer, tiene más connotaciones».
En la línea de coproducciones que el Complejo Teatral Buenos Aires lleva adelante con otros países, el año próximo llegará la Compañía Nacional de Teatro Clásico de España que dirige Helena Pimenta, para realizar dos proyectos. El primero será un taller experimental de verso y actuación, para el que serán seleccionados 10 actores, 2 acróbatas y un músico especialista en percusión. Ensayarán durante agosto y septiembre «Los áspides de Cleopatra» de Francisco de Rojas Zorrilla, con dirección de Guillermo Heras, que se estrenará en octubre en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín, y en enero de 2014 la llevarán al Teatro Pavón de Madrid.

El segundo proyecto es la versión de Juan Mayorga de «La vida es sueño» de Calderón de la Barca, con dirección de Pimenta y el protagónico de Blanca Portillo, en el papel de Segismundo (versión femenina del clásico personaje). Esta puesta se presenta actualmente en Madrid con localidades agotadas en una sala de 400 localidades. Dialogamos con Pimenta, sobre las peculiaridades del teatro versificado en la escena contemporánea.

Periodista: En el Teatro San Martín se montó hace dos años «La vida es sueño», en versión de Calixto Bieito. ¿Cuál es el criterio para elegir los textos?

Helena Pimenta:
Es una casualidad. En el Instituto que dirijo en España la montamos este año y se está representando de maravillas. Nos preguntábamos con Alberto Ligaluppi, director del San Martín, cómo tomaría esta puesta el público del otro lado del mar. Los textos deben tener perfección, belleza y creación. Apenas se tiene que notar que se está recitando, debe decirse con naturalidad pero no con vulgarización. El del verso es un lenguaje elevado. Quien se sumerge en estos textos eleva su espíritu a otro mundo.

P.: ¿Cómo toma el público contemporáneo al teatro en verso?

H.P.:
Lo vive como gran destreza. Calderón tiene una arquitectura extraordinaria, con conflictos tremendos, y el público lo ve actuado con una visión mas moderna. En Calderón, en lugar de decir sí o no, se responde con ochenta versos. Ahí radica su belleza. Viéndolo hoy en perspectiva, creemos que Segismundo se salva por sus palabras. Segismundo representa al ser humano en su lucha, por eso lo ponemos en la piel de una mujer porque desde hoy, que sea una mujer, tiene más connotaciones. De todos modos es una mujer que hace de hombre, algo que trajo su polémica.

P.: En la ópera es tan frecuente que papeles masculinos los interpreten mujeres, y viceversa.

H.P.:
Es cierto, pero en este caso lo hace Blanca Portillo, y genera que el público en dos minutos haya olvidado quién es ella y crea que es Segismundo. Es tan creíble cuando ama a Rosaura. Hay tensión sexual entre esas dos actrices interpretando a los personajes clásicos, creo que se debe a su universalización.

P.: ¿Y en cuanto a la extensión y reiteraciones del texto?

H.P.:
Ocurre que los versos tienen mucha reiteración porque en el pasado el público entraba, salía, se perdía, y debía comprender pese a esto, igual que en la telenovela, que repite porque el televidente está haciendo muchas cosas. Pero en el caso de Calderón es muy largo, con ideas muy complejas y un lenguaje mitológico, que para un director es algo así como atacar a un oído y transportarlo a un mundo muy por fuera de la cotidianeidad.

P.: ¿Qué peculiaridades tiene el recitado en el presente?

H.P.:
La clave es el cómo se dice ese verso hoy, porque no se conoce exactamente cómo se decía en el pasado. No hay registros. Se conoce que son octosílabos o endecasílabos y que el sentido rítimo ayudaba a que diferentes clases sociales entendieran el conflicto general, más allá de las peculiaridades. Los diferentes pueblos recitaban Calderón para pasar las tardes de calor, algo que resulta impensable por su complejidad. Los españoles conocen muy bien «La vida es sueño» y sus intrincados versos.

P.: Al menos en la Argentina no hay formación de verso en las escuelas de actuación. ¿Es fácil encontrar esas aptitudes en actores de hoy?

H.P.:
Los actores de ahora no tienen formación en verso, peor aun, no se los entiende muchas veces cuando hablan. No se los oye desde la cuarta fila y les hace falta el micrófono. En España, por una cuestión comercial, se recurre a salas más grandes pero las gargantas no aguantan y hay que recurrir al micrófono. Habrá que hacer mucho entrenamiento de respiración, articulación de la voz y musculatura. Para representar obras de estas características se entrena a diario, como en la danza o el ballet.

P.: ¿Cómo ve la generación de jóvenes actores?

H.P.:
Hay muchos muy buenos pero muchos otros pertenecen a la camada del cuerpo fotográfico, esto es, responden bien al physique du rol pero no se entiende lo que dicen. Vienen con una cotidianeidad tal que resultan incomprensibles.

P.: ¿Qué cosas no habría que hacer, según su experiencia, a la hora de montar un clásico?

H.P..
No hay que dejar de ser riguroso, estudioso, respetuoso del autor y de la época. Hay que añadir la intuición propia porque aporta esa sinceridad al texto clásico y de ese modo lo conecta con la época actual. El trabajo con actores es muy exigente pero no por eso deja de ser lúdico y libre. Nunca sería frívola. El límite de hasta donde llegar con la modernidad en las puestas es la coherencia. Uno debe preguntarse si añade algo traer un texto del XVII a la actualidad, y si no añade, hay que contarlo desde el XVII.

P.: A veces resulta más fácil ponerlo de época que encontrar analogías entre las diferentes franjas temporales, ¿coincide?

H.P.:
No pasa por lo fácil sino, de nuevo, por la coherencia y si añade. En nuestra compañía intentamos que no sea museístico y yo admito modernidad si me explican por qué lo hacen.

Entrevista de Carolina Liponetzky

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