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El tenor fue móvil como pluma al viento
Llamativo marco decimonónico para el «Rigoletto» de BAL, donde se lució Fabián Veloz como el bufón. El italiano Angelo Scardina debió ser sustituido por el argentino Fermín Prieto.
La ópera, se sabe, es el imperio de las convenciones. Una de ellas, ciertamente cruel e injusta, dicta que parte del público que pague su entrada para ver «Rigoletto» lo hará para escuchar el Si natural del tenor y el Mi bemol de la soprano, y que lo que pase en el medio poco le importará. En este sentido fue poco afortunado por parte de Buenos Aires Lírica, asociación que ha ganado en prestigio y calidad a lo largo de sus nueve temporadas, haber descuidado la necesidad de contar con un Duca di Mantova a la altura de las expectativas.
Desde su primera intervención junto al que luego habría de reemplazarlo (Fermín Prieto, Borsa y cover del Duca) quedó muy claro que el desgarbado Angelo Scardina, cantante italiano de pálidos antecedentes, no era el tenor que se esperaba. Una voz muy liviana para el papel, una técnica endeble y una consecuente tendencia a compensar la falta de peso con una emisión tensa y empujada no tardarían en conspirar contra su performance y deslucir la producción.
Los gélidos silencios sucedían a las escenas del Duca, y tras «Possente amor mi chiama» se hizo patente la sensación de que Scardina no estaría en condiciones de afrontar el tercer acto, tanto que cuando se anunció que efectivamente sería suplantado por Prieto «por razones de salud» el alivio surcó el aire. Heroica labor la del reemplazante, que debió salir casi en frío a cantar dos de los fragmentos más célebres del repertorio lírico; en tal contexto su actuación fue muy digna y tanto el público como sus colegas supieron premiarla.
Afortunadamente los otros dos puntales del trío protagónico fueron impecables. En el papel titular Fabián Veloz confirmó sus virtudes: voz de gran porte, emisión clara (que debe evitar cierta tendencia a la nasalización), expresividad y musicalidad, en tanto que su actuación fue absolutamente conmovedora en las escenas dramáticamente más comprometidas. La solvencia técnica y actoral de la soprano cordobesa de carrera italiana Ivanna Speranza y su timbre de notable «squillo» tuvieron un lucimiento permanente en el papel de Gilda.
Como el asesino a sueldo Sparafucile el bajo Walter Schwartz impuso respeto y autoridad, en tanto que una voz de mayor presencia hubiera hecho a la Maddalena de Vanina Guilledo más acorde al elenco. Ernesto Bauer, Alicia Alduncín, Norberto Marcos y el resto del cast cumplieron con creces.
Al frente de la orquesta estuvo la mano experta de Carlos Vieu, que salvo por momentos en que el caudal sonoro del foso se advirtió excesivo, fue altamente eficaz; el ensamble instrumental tuvo una actuación destacada especialmente en las maderas y bronces, y el solo de cello de «Cortigiani!» a cargo de Myriam Santucci sonó impecable. El coro masculino preparado por Juan Casasbellas, alcanzó uno de sus mejores desempeños.
La elección de André Heller-Lopes de ambientar la acción en un salón parisino del siglo XIX creó una tácita intertextualidad con «Traviata», y por más que el efecto de los marcos superpuestos fuera estético, claramente restó espacio a la escena y fluidez a los movimientos de los cantantes, por otro lado muy bien guiados actoralmente. El tono frío que imperó -con una iluminación tenue y poco matizada- se vio rematado por el «desdoblamiento» de Gilda en la escena final, donde la emoción estuvo sólo en las inmortales líneas trazadas por Verdi.


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