- ámbito
- Edición Impresa
“El viaje de Avelino”: valioso testimonio de la Argentina oculta
El director Francis Estrada cuenta con el mismo tono, parco y noble de sus protagonistas, la dura travesía real de un padre catamarqueño cargando a su hija enferma de un pueblo a otro.
¿Qué es capaz de hacer un padre por su hija? Los Vega viven en Río Grande, pero no la ciudad fueguina, sino un pequeño caserío de la precordillera catamarqueña. El hospital más cercano queda en Fiambalá, Tinogasta, a unos cuantos días de viaje en burro. Pero no por la banquina de la ruta, porque no hay ruta. Sólo hay senderos angostos en medio de los cerros, llenos de piedras sueltas, subidas, bajadas, vados, y arbustos espinosos que molestan el paso. Y hay que conocer bien esos senderos y esos cerros, para no perderse.
Una noche de invierno, se agrava el malestar de una hija de don Avelino Vega. No bastan el médico rural ni los remedios caseros. Deben viajar al hospital, y el hombre no duda. Carga a la niña y empieza el viaje, guiado sólo por las estrellas y una linterna, impulsado sólo por su amor de padre. Son gente dura desde chicos, y la niña trata de disimular sus dolores lo más posible. Y el hombre avanza lo más rápido posible. Cada tanto se detienen, para una plegaria en un altarcito, un descanso junto al fuego, los acompaña un cazador, ven amanecer, siguen camino. ¿Cuántas horas dura esa travesía? No tienen reloj, ni radio, ni celular. Tienen aguante. ¿Pero cuánto? Hasta que llegan a un camino. Ahí alguien se detiene, los ayuda con un último empujoncito. Son 85 kilómetros, nada menos. Al fin en Tinogasta, la niña puede recuperarse. La gente está asombrada, tanto, que el episodio trasciende y la televisión viene a cubrirlo.
Ahí es donde a algún espectador le cae la ficha. La epopeya de Avelino Vega y su hijita Nely es cierta, ocurrió a mitad de julio del 2005, salió en un informe periodístico de Guillermo Lobo para TN, conmovió al país, impulsó donaciones. El director Francis Estrada, lo que ha hecho, fue visitar el caserío y la familia, ganarse su confianza y convencerlos de recrear ese viaje, que los Vega rehicieron sin añadir una coma a sus parcas expresiones, así como el Gobierno tampoco añadió una cama al hospital ni otro camino a los pobladores.
La vida es así, en aquellos lugares. El docudrama resultante, de poco más de una hora, que ahora vemos en una cómoda sala de Belgrano, es un precioso testimonio de esa Argentina oculta y ancestral, hecho en el mismo tono, parco y noble, de la gente que allí vive. Muchos años antes, nos había conmovido la noticia de un padre que viajó tres días por la Puna hasta un hospital, cargando a su hija víctima de quemaduras. Poco después de prestarse para la película, Vega debió hacer de nuevo ese mismo viaje con su hija, que había vuelto a estar delicada. Pero ellos son gente de suerte. La película también menciona, en su epílogo, el viaje finalmente inútil de otro padre, por territorios similares, y de similares carencias. En síntesis, una obra sencilla, veraz, que llega a emocionarnos, y nos hace pensar. Se estrena a cinco años de los hechos, y a 200 del nacimiento de la Patria.
P.S.


Dejá tu comentario