28 de agosto 2015 - 17:31

Emilia, la descuartizadora temida de San Cristóbal

 A Emilia Basil le decían "La Turca". Había nacido en el Líbano y, tras trabajar años cargando medias reses en un frigorífico, se había casado con el peruano Felipe Coronel Rueda, con quien tenía tres hijas. Después de mucho trabajo, la mujer abrió un restorán, al que denominó Yamile, en la avenida Garay 2201, en el porteño barrio de San Cristóbal.

El restorán se convertiría en sinónimo de horror y de muerte. Lo abrió en una casona que era del "Tano" José Petriella, un plomero que le había vendido el lugar en cómodas cuotas con una condición: hasta que no levantaran la hipoteca, él seguiría en la casa.

A Petriella le gustaba Emilia. La acosaba cuando el esposo se iba a trabajar. Ella aguantaba, dejaba pasar la ofensa porque no tenía alternativa. Si "El Tano" se decidía, podía ejecutar la hipoteca y la mujer no tendría casa, ni negocio, ni nada.

Un día la mujer no aguantó más. Fue en la madrugada del 24 de marzo de 1973. Era sábado y, como siempre, a las 4.15 Emilia le abrió la puerta a su marido para que saliera a trabajar. Ella, a esa hora, comenzaba a preparar la comida para el mediodía. Desde pucheros y guisos, hasta empanadas árabes. Sus clientes eran, en su mayoría, los empleados de Teleonce, hoy Telefé.

José salió de su habitación y la encaró. Emilia primero lo empujó. Pero el hombre seguía, la manoseaba. "El Tano" la tocaba, estaba fuera de sí. No se dio cuenta de que la mujer le había hecho un lazo en el cuello con una piola. Ella apretó con una fuerza brutal. Fue sólo un minuto de resistencia.

El cadáver lo metió en un gran cajón de madera y lo tapó con cajones de frutas y bolsas de arpillera. A las dos de la madrugada del domingo Emilia se levantó para comenzar la tarea de la jornada. Pero en esa oportunidad, además de cocinar, descuartizó el cadáver de Petriella y comenzó a hervir en ollas los trozos del cuerpo. Algunos, por entonces, dijeron que la carne humana la mezcló con carne de vaca para hacer empanadas, pero eso nunca se pudo probar.

El miércoles 28 a la mañana una vecina vio un cajón de manzanas lleno de hojas de verduras marchitas, desde donde emanaba olor nauseabundo. Los recolectores de residuos no habían pasado esa noche. Esa mujer lo comentó con una de las hijas de Emilia, quien le contó a la madre. "La Turca" le dijo: "No lo toques, llamá a la Policía". Para ese momento, otro vecino había corrido las verduras podridas con un palo y había descubierto el contenido. Eran restos de un torso humano.

Fue cuestión de horas que se allanara la casa de Emilia. En la Comisaría 18ª sólo tenían la denuncia por la desaparición de Petriella. En el rastrillaje se encontraron más restos, entre ellos el cráneo hervido del hombre, que había sido envuelto con hojas de diarios viejos. La mujer confesó ese mismo día en que fue detenida. "Mi marido y mis hijas no tuvieron nada que ver; no sabían nada. Fui sola", declaró y fue condenada por el crimen.

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