11 de julio 2012 - 00:00

“En las noticias policiales se halla el origen de la tragedia”

Battista: «El policial que me interesa es el de la novela negra, el que comienza con Dashiell Hammett y es proseguido por Raymond Chandler, Horace Mac Coy y Jim Thompson. Más que por los temas, me importan esos policiales por la escritura, por la forma de contar».
Battista: «El policial que me interesa es el de la novela negra, el que comienza con Dashiell Hammett y es proseguido por Raymond Chandler, Horace Mac Coy y Jim Thompson. Más que por los temas, me importan esos policiales por la escritura, por la forma de contar».
Vicente Battista, uno de los representantes de la generación literaria de los años 60 que se nucleó en torno a la revista «El escarabajo de oro», dirigida por Abelardo Castillo, lleva escritos ensayos, seis libros de cuentos y seis novelas. Entre estas últimas está «Ojos que no ven», que acaba de publicar Editorial El Ateneo, y que se suma al conjunto de thrillers en los que a la intriga policíal suma dosis de humor y hasta elementos fantásticos. Dialogamos con el escritor.

Periodista: De un tiempo a esta parte viene publicando novelas policiales un tanto atípicas.

Vicente Battista: La novela policial es un género literario que me subyuga desde hace muchísimo tiempo. Tanto «Sucesos argentinos», novela que ganó el Premio Planeta 1995, como «Siroco» y «Cuaderno del ausente», la anterior a «Ojos que no ven», con la que comparten personajes, entran en lo que hoy se considera género policial. Si bien en todas se resuelve el enigma, no se soluciona nada con eso. Quizá eso provenga de que el policial que me interesa es el de la novela negra, el que comienza con Dashiell Hammett y es proseguido por Raymond Chandler, Horace Mac Coy y Jim Thompson. Me importan esos policiales más que por los temas que tratan, por la escritura, por la forma de contar. El policial, en ese registro narrativo, exige al narrador ir a lo concreto permanentemente, avanzar en forma constante, le impide irse por las ramas. En ese sentido tiene las características del cuento, que es un género que a mí me gusta tanto escribir.

P.: ¿Cómo encontró el punto de partida de «Ojos que no ven?

V.B.: Leyendo el diario, en una noticia policial. En general, lo primero que me dedico a leer en los diarios, después de dar una mirada a los títulos, son las noticias policiales. Es que en las noticias policiales uno se encuentra con la tragedia en sus fundamentos, en su manifestación más primaria. El delito denuncia algo previo, aunque aparezca como un suceso al azar. En muchos la evidencia se descubre como una trama donde están los celos, la envidia, la codicia, el odio, los trastornos que vuelven a una persona asocial. Se conocen personajes diabólicos que manifiestan una pasión perversa, enferma, tirándole alcohol a su mujer, buscando quemarla viva, dañándola para siempre, si es que ella llega a sobrevivir. Se trata de criaturas que están en el límite de la condición humana, y terminan pasando esa frontera. Matar a otra persona es cruzar el límite. En esos sucesos que encontramos en las noticias policiales no enfrentan al horror que tienen esas pequeñas tragedias, inmensas para los involucrados, y nos hacen ver la realidad de otro modo. Cuando me enfrento con algunos de esos sucesos siento que a partir de ahí hay tema para una novela.

P.: Dado que en la Argentina no se usan los investigadores privados, usted utiliza como una especie de detective al periodista Raúl Benavides.

V.B.: Que no es para nada un periodista de lucha o de denuncia. Es joven y lo mandan a hacer un nota sobre ese episodio, y de pronto se encuentra en la cresta de la ola, lo llaman de los medios, participa en programas que fueron célebres en la época del menemismo, que es cuando transcurre la historia. Benavides, que no está jugado ni política ni socialmente, se siente un héroe de nuestro tiempo. Y a veces piensa que él entró en eso sin muchas ganas, sólo porque se lo ordenó su jefe, y aquella nota, por cómo pegó, se convirtió en una serie de notas. A él, que no se interesa mucho de nada, le empieza a pasar de todo.

P.: Últimamente entre nuestros escritores se ha dado, junto a formas tradicionales, un crecimiento de la novela policial y de la autobiográfica, autorreferencial. ¿Cómo ve ese hecho?

V.B.: Lo autobiográfico es casi una condición sine qua non de la literatura. Uno al escribir está escribiendo de algún modo su propia historia. Pero hay que separar las aguas. Han aparecido obras centradas en la vida sexual del protagonista, las veces que se iba a la cama con este, con aquel y con tal otra, y otras que se detienen largamente en hechos banales. En esos casos se la juzga, obviamente, por su calidad literaria y no por el tema. En el caso de la necesidad de exhibición de las habilidades sexuales hay intención de conquistar cierto mercado, que en tiempos pasados pertenecía al mundo de lo prohibido, cosa que ya no se da en Occidente. Un ejemplo al respecto es «Cincuenta sombras de Grey», de la inglesa E.L. James, una gordita simpática que con su novela porno para señoras, se ha vuelto multimillonaria. Si la búsqueda de lo erótico da como resultado el Marqués de Sade, bienvenido, si se trata de Corín Tellado en otro envase, que lo lea quien eso quiera.

P.: Usted tiene una extensa trayectoria, desde los tiempos de revistas de los años sesenta como «El escarabajo de oro», en la literatura argentina, ¿no observa que se han producido cambios, que hay autores dejados de lado, que hay otra forma de leer?

V.B.: Aunque nos cueste aceptarlo a los que hemos pasado por toda una época de nuestra literatura, hoy hay otra manera de escribir y de leer, acaso porque hay otros soportes. El libro sigue luchando con entereza para sobrevivir. Y eso ocurre en un enorme espacio de la gráfica producida para la lectura. La situación se desplaza en forma paulatina pero creciente hacia el universo digital, a los e-books, las tabletas, a bajar los libros por Internet. Me pasó que para intervenir en un programa de televisión que se iba a dedicar a George Simenon necesitaba volver a leer una novela que no tenía y estaba agotada. No sólo encontré sitios donde comprarla sino otros donde leerla o bajarla. Eso está provocando una transformación en usos y costumbres. Recuerdo que hace años haciendo una investigación para un cuento en una hemeroteca sobre un hecho criminal ocurrido a comienzos del 1900, como los diarios no traían aún fotos, el periodista tenía que contar con detalle algo que hoy resuelve de manera contundente una imagen. Esa forma de narrar fue desapareciendo, se fue abreviando, y hoy más de un caso se resuelve con una infografía. El lector quiere enterarse de algo y listo, y en todo caso conocer una opinión. Eso creo que ya está impregnando la literatura. Hay textos que toman elementos del comic. Se nota en la brevedad de los capítulos. Creo que hoy nadie se lanzaría a escribir «Por el camino de Swann», a plantearse un proyecto como «En busca del tiempo perdido». Resulta muy difícil hoy dedicar 50 páginas para mostrar cómo el sabor de una magdalena lleva a un recuerdo del pasado.

P.: ¿Esas transformaciones no cree que también modifican la relación con textos del pasado, no sólo con la obra de Proust?

V.B.: Es interesante ir a algunas obras para ver si resisten los embates de la actualidad. Hay muchos que ya no los resisten. Cuando Borges publica «Pierre Menard, autor de El Quijote» su contemporáneos decían: eso no es cuento, hoy lo es. La literatura de Borges sigue moderna, en tanto otras que fueron muy modernas, hoy no se soportan. La creación es un desafío permanente. En el policial, las novelas de Larsson, de Mankel, reinventan el policial tomando a Dickens para construir una historia sin inhibiciones políticas, sociales y sexuales.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

V.B.: Un par de cosas. Una novela que hace tiempo vengo prometiendo, y un policial que es parte de un contrato. Escribir policiales me pone bien, porque me hace seguir con rigor un método de escritura esencial a ese tipo de narrativa.

Entrevista de Máximo Soto

Dejá tu comentario