- ámbito
- Edición Impresa
Entusiasmo desbordante de los votantes venció malos augurios
El deseo de los simpatizantes chavistas de que continúe la llamada «revolución bonita» y de los opositores, deseosos de renovar el liderazgo de Venezuela después de catorce años de hegemonía bolivariana, movilizaron desde muy temprano a millones de electores.
Y lo que se vio en Caracas fue el calco de lo que se dio a lo largo y a lo ancho del país. Un madrugón electoral, tal era el fervor. ¿Qué había voto «obligado», que los venezolanos beneficiados con «voto cuota» o con «voto misión» fueron presionados a presentarse a las mesas, en un país donde la participación en las elecciones es optativa? Sin duda: el aparato chavista es inmenso. Tanto como la adhesión a Hugo Chávez. Pero ese «voto misión» no debió estar entre los fanáticos de la madrugada: es que en algu-nos centros electorales la gente empezó a hacer cola desde las 3 de la madruga-da, adelantándose tres ho-ras a la apertura de la jornada electoral. Mientras, el tiempo estimado de cola era de dos horas.
Por eso, para media mañana las colas en Caracas ya eran bien importantes. De dos cuadras de largo en el colegio CVA de la parroquia Las Mercedes (donde están las embajadas, donde votó en medio de una enorme expectativa Henrique Capriles). Tan temprano como las 9.30, según pudo constatar Ámbito Financiero, ya habían registrado su voto 1.300 de los 5.000 inscriptos en ese centro de votación.
Sin lluvia
En la fila, señoras se amparaban de un sol empeñado en ser tropicalísimo bajo los paraguas (la lluvia anunciada finalmente nunca llegó). La pregunta de por quién iban a votar resultaba retórica. En la fila, Bernardo, un moreno de 51 años y con taller mecánico en la zona, decía que «para esta vez ya me cansó». Chávez, ¿quién otro?
En el colegio Castelao, de la parroquia Mariperez (clase media, al noroeste de Caracas, dentro del Municipio Libertador -hostil al bolivariano en las últimas elecciones-), Creelia, de 67 años, esperaba en fila. Por suerte, a la sombra. «Nunca falté a ninguna elección (de las quince convocadas bajo el chavismo) y seguiré votando en contra», dijo a esta enviada. Unos metros más atrás, Celia, de 23 años, nos daba también su voto cantado: «Desde que tengo nueve años que lo sigo» (¿a cuál otro sino Chávez?). Eran las 10 de la mañana y de los 1.600 inscriptos, ya habían votado 600.
«Esta parroquia es anti-Chávez acérrima, y nuestro diputado es Richard Blanco, de oposición», explicó a esta en-viada Julio Ramírez, un uruguayo nacionalizado hace 35 años, portador de meñique azul y que calificó al trámite de votación electrónica como «muy satisfactorio».
Más adelante, en un centro de votación del Chacaíto (centro-este de Caracas, aunque pertenece al estado Miranda, de donde Capriles es gobernador en licencia), un orgulloso Alejandro, 21 años, decía que esperaba para votar en su segunda elección. ¿La primera? Las primarias de la Mesa de Unidad de febrero pasado. Otro voto cantado.
Bastión
Después, fue cosa de subirse al moto-taxi, un medio de transporte eficaz en una ciudad donde las «galletas» de tráfico forman parte del paisaje urbano, y apuntar hacia el Liceo Andrés Bello, ubicado en el centro capitalino y bien cerca de donde los candidatos presidenciales montaron su estrado para cerrar las campañas en Caracas. El Andrés Bello es, en cuanto a cantidad de electores, el segundo centro de votación del país (el más grande está en Maracaibo). Tiene 12.093 electores y en las últimas elecciones se mostró como un bastión «rojo-rojito» en medio de una zona antichavista. Además, es un centro «cultural» del activismo bolivariano, donde se reúnen los «colectivos» populares. Frente a ese Liceo ayer estaban las consabidas nutridas filas de aspirantes a votar, más un amplio cordón de efectivos del Ejército, que superaba el promedio de los uniformados destinados a controlar las elecciones. Tres ministros votaban en ese centro.
En una esquina, a dos cuadras de allí, un Comando Carabobo («unidad básica» del chavismo) había llevado la fiesta afuera. Parlantes al máximo volumen, el jingle del presidente y militantes en rojo furioso bailándole a la veda electoral.
Después, llegar hasta la Plaza Madariaga, bendecida por la sombra. La canícula del mediodía apretaba. Frente al Colegio Adventista, una larga fila verde, en espera. Eran cerca de 300 efectivos de la Guardia Nacional, cuya comandancia está a una cuadra de allí. Ámbito Financiero preguntó, sin muchas espe-ranzas, a los que estaban al final de la cola. «Mi voto es secreto, pero no es el que te imaginas», dijo Moctezuma R., de 29 años. «Yo sí que voto por mi comandante, que nos guía», respondió Emilio C., de 22.
Al mismo tiempo, llegaban los «twits» de Capriles, pidiendo paciencia en las colas. Entrada la siesta, serían los dos principales comandos de campaña (Venezuela y Carabobo) los que apelarían no sólo al «aguante» de los votantes, sino a su concurrencia a las urnas. Los sondeos de boca de urna mostraban un cabeza a cabeza. Había que definir.


Dejá tu comentario