Clayton Lockett fue declarado muerto el martes, cuarenta y tres minutos después de que se le comenzara a inyectar un cóctel letal que nunca había sido probado, cuando por lo general no debería tardar más de diez minutos en hacer efecto.
La larga y dolorosa agonía por "el fracaso de la intravenosa", según admitieron las autoridades penitenciarias, llevó a suspender una ejecución prevista para ese mismo día y generó indignación en todo el país.
En su rueda de prensa diaria, el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney, dijo que "tenemos un estándar fundamental en este país, en el que, incluso cuando la pena de muerte está justificada, debe llevarse a cabo humanamente. Y pienso que todo el mundo reconocería que este caso no alcanzó ese estándar".
El vocero recordó que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, considera que "hay crímenes que son tan atroces que merecen la pena de muerte", aunque las evidencias sugieren que la pena capital tiene pocos efectos para frenar los delitos.
La controversia por la ejecución se vio acrecentada por el interés que el caso había suscitado previamente.
Constitución
Tras conocerse que un reo de Oklahoma gritó que le "quemaba" todo el cuerpo durante su ejecución en enero, los abogados de Lockett y de otro preso, Charles Warner, temieron que sus ajusticiamientos incumplieran el mandato constitucional que prohíbe los castigos crueles e intentaron que las ejecuciones se suspendieran hasta que se informara sobre la procedencia de los fármacos a utilizarse.
Lockett, de 38 años, fue condenado a la pena capital por el asesinato de una joven de 19 años en 1999 y Warner, de 46, se encuentra en el corredor de la muerte por la violación y asesinato de una niña de 11 meses en 1997. Tras lo ocurrido, la aplicación de la pena de muerte contra éste último quedó en suspenso.
A raíz de la decisión de los fabricantes europeos de negarse a vender el anestésico más común (el pentobarbital) a quienes lo adquieren para ejecuciones, los 32 estados de Estados Unidos que aún aplican la pena de muerte encuentran grandes dificultades para hallar barbitúricos y se desesperan buscando alguna fuente de aprovisionamiento para la elaboración de las inyecciones que utilizan.
Es así que recurren a preparados muy controvertidos disponibles en farmacias, pero no homologados por las autoridades federales (ver nota aparte).
Desde hace siete años, varios estados optaron por abolir la pena de muerte por, entre otros motivos, la dificultad para realizar las inyecciones letales de manera transparente y conforme a la octava enmienda, que prohíbe "todo castigo cruel e inhabitual", señaló.
La gobernadora de Oklahoma (sur), Mary Fallin, ordenó un "examen completo de los procedimientos" para determinar qué sucedió y por qué en la localidad de McAlester, sureste del estado.
La abogada de Charles Warner fue más allá y dijo que "Clayton Lockett fue torturado hasta la muerte". Exigió además "una investigación independiente", una autopsia y el levantamiento del secreto sobre "los medicamentos utilizados, su grado de pureza, eficacia, origen y los resultados de todas las pruebas" realizadas.
Ante la polémica sobre la inyección letal, resurge con fuerza un debate sobre el regreso a otros métodos de ejecución, también considerados en su momento brutales e inhumanos. Así, en Tennessee se aprobó el retorno a la silla eléctrica, y en esta misma dirección se dirigen Georgia y Virginia. Los estados de Misuri y Wyoming, por su parte, se inclinarían por el pelotón de fusilamiento, según surge de debates en sus respectivas legislaturas.
La descripción de la muerte de Lockett estremeció a todo Estados Unidos. Un periodista del diario The Oklahoman, presente en el lugar, relató que el reo recibió la inyección acostado en una camilla.
Trece minutos después, Lockett puso cara de dolor, su cuerpo se puso rígido y comenzó a temblar descontroladamente. El condenado levantó varias veces la cabeza y dijo palabras incomprensibles.
Su abogado, David Autry, afirmó que después que escuchó exclamaciones como "oh, hombre". "Era extremadamente difícil de observar", relató, y asegura que uno de los responsables de la ejecución dijo: "Algo no anda bien".
Tres minutos después, los empleados de la prisión cerraron las cortinas de las ventanas del salón de observación. Otros testigos hablaban en la televisión de todo Estados Unidos de "caos", "desastre" y "tortura".
Veinte minutos después el director de la cárcel, Robert Patton, informó a los testigos que se había frenado la ejecución. "Tuvimos un fallo en una vena que no permitió que los químicos ingresaran al delincuente", aseguró. Sin embargo, el hombre murió de un infarto después de 43 minutos, cuando todavía se encontraba en la sala de ejecución.
| Agencias AFP, Reuters, EFE, DPA y ANSA, y Ámbito Financiero |


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