22 de agosto 2014 - 00:00

Espera Wall Street un guiño de Yellen

De repente, los "toros" -en la jerga los que apuestan a favor del alza de la Bolsa- brotan por doquier, como hongos, y Wall Street parece Pamplona en pleno San Fermín. La embestida de los ansiosos -potenciada por una liquidez que se estrecha como si fuera la Calle de la Estafeta- lleva a los índices principales a estrenar nuevos récords. Y ello antes de pisar la arena de Jackson Hole, la plaza de lidia de los banqueros centrales una vez al año, en la que hoy se anuncia Janet Yellen, la titular de la Fed, como plato fuerte de la programación.

La corrida no pudo esperar. La Bolsa trepó más del 4,5% desde que el S&P rebotó tras hundirse, muy fugazmente, por debajo de los 1.900 puntos cuando la regla era la angustia por una valuación muy estirada. De esas objeciones, un par de semanas después sólo queda el rescoldo. El optimismo ayer acusó el nivel más alto de todo 2014. El 46% de los inversores minoristas de Wall Street piensa que las acciones valdrán más en los próximos seis meses (un salto de quince puntos que denota frenesí). Los "osos", los pesimistas, que eran mayoría entonces, volvieron a sus madrigueras. ¿Una buena noticia? No tanto. Cuando la mitad de los que invierten son "toros", suele constituir demasiada aglomeración, y son más probables las cornadas que las hazañas ulteriores.

Los bancos centrales son el obstáculo en el camino de este mercado bull de larga duración. La Fed y el Banco de Inglaterra cavaron, a su vista, una primera línea de trincheras. Nadie ignora cuál es el paso próximo en la agenda. La suba de tasas de interés, comenzar a dar vuelta la página de la política monetaria no convencional, es una decisión que ya está madura. La discusión que resta son los tiempos. A fines de julio, lo que carcomió la confianza y produjo el repliegue de las Bolsas fue la idea en boga de que el calendario se aceleraba. La economía, tanto en Inglaterra como en EE.UU., pisa terreno cada vez más asentado. Cualquier regla de las que se usaban antes de 2008 -como la ecuación de Taylor- aconseja izar las tasas de interés a, por lo menos, la mitad de altura del mástil tradicional. Lo planteó sin ambages, primero que nadie, el Banco de Ajustes de Basilea, el banco central de bancos centrales. Pero el paso en falso de la eurozona -en todos los frentes- y las lecturas otra vez vacilantes de salarios y precios -en todas partes- sugieren la conveniencia de obrar con calma. Allí nació el contragolpe de las acciones. De la pequeña merma de los precios y, sobre todo, del efecto resorte de un giro hacia expectativas de intervención más benignas.

La novedad de la semana, sin embargo, tiene que ver con la profundidad de los cambios de posición en el interior de los dos bancos centrales clave. Por empezar, se quebró la unanimidad del Banco de Inglaterra. Martin Weale e Ian Mc Cafferty votaron por subir las tasas a principios de mes. La mayoría se opuso (7 a 2), pero no se sabía que la urgencia contara con dos abogados tan temprano. En la Fed se confirmó lo dicho por Richard Fisher, el halcón que prefirió, al revés de Charles Plosser, ir con el consenso. Total es el consenso el que migró hacia una postura más abrasiva. Ayer, Esther George, la dueña de casa en Jackson Hole, recordó su prédica (minoritaria): Tenemos que dejar atrás la tasa cero, "más temprano que tarde". Hoy se supone que Janet Yellen le pasará la franela a todas esas prevenciones, acentuará las debilidades no resueltas del mercado laboral y le dará un guiño tácito al S&P500 para sumar los ocho módicos puntitos que requiere establecerse, por primera vez, sobre el umbral de los 2 mil. Y más vale que no se aparte de ese guión imaginado por todos. Porque el avance está peligrosamente colgado de esa pincelada.

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