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Exigente, el bloque no quiere socios “tibios”
Su llamamiento se centra en que los socios que participan en el operativo «Protector Unificado» en Libia pongan el hombro y que no existan dos tipos de protagonismo: quienes toman parte en los ataques contra objetivos en suelo libio y quienes, como Alemania y España, se mantienen al margen.
Por ello, la reunión de ministros de Defensa de la alianza que se celebra hoy y mañana en la capital belga será el foro en el cual Rasmussen reitere su llamado a la solidaridad de todos los 28 socios del bloque en la misión en Libia.
El momento es especialmente importante sobre todo después de que la Alianza decidiera prolongar 90 días más la misión en el país norteafricano, cuyo objetivo principal (sobre la base de la resolución 1.973 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas) es la protección de la población civil de los ataques del hombre fuerte libio, Muamar el Gadafi.
Repartir la carga de la misión. Ésa es la consigna que lanzará Rasmussen, consciente de que el operativo aliado en Libia podría prolongarse más de la cuenta, en función de que se cumplan los «objetivos», término que utiliza con frecuencia el pacto militar, nacido en 1949 en pleno contexto de la Guerra Fría.
Ahí radica la clave de mucho de lo que vaya a ocurrir en los próximos tres meses. Se reabre, otra vez, la pregunta de fondo: ¿Entra en los planes de la OTAN y de los aliados «derrocar» o «sustituir» al líder libio? Según la letra de la resolución de la ONU, no. Pero entonces ¿hasta dónde llegará el esfuerzo militar aliado en Libia?
«Vamos a comenzar a debatir cómo nos preparamos para el momento en que se marche Gadafi, porque ese día se está acercando. Gadafi pertenece al pasado», asegura Rasmussen. No obstante, al margen de la retórica, nadie sabe si existe un «plan B» de los aliados para sustituir al líder libio o esperar a que el régimen caiga, cual fruta madura. Poder aguantar el esfuerzo de la misión, la OTAN quiere una mayor implicación, más esfuerzos en equipos materiales y humanos. «El núcleo de la alianza es la solidaridad, que todos los aliados que dispongan de capacidad militar la pongan a disposición», comentó Rasmussen.
Pero con España, la OTAN no puede contar más que con el material ya puesto a disposición por Madrid: cuatro aparatos de combate F-18, más dos aviones cisterna para mantener la zona de exclusión aérea y un submarino, además de un avión de vigilancia marítima para la aplicación del embargo de armas. España, según comentó la ministra de Defensa, Carme Chacón, no está dispuesta a participar en bombardeos sobre Libia.
No obstante, ¿cómo pedir más esfuerzos a los aliados, cuando la propia Alianza se enfrenta a uno de los procesos de ahorro más duros de los últimos años? Ese plan de ajuste y modernización de las estructuras, aprobado en una cumbre celebrada en Lisboa en noviembre del año pasado, prevé reducir la cifra de cuarteles de la alianza, entre ellos el de Retamares, cerca de Madrid, o el de Heidelberg, Alemania, de 11 a 7, y reducir las agencias descentralizadas de 14 a 3. Además, de los 13.500 funcionarios se pasará a menos de 9.000.
A pesar de la satisfacción por el éxito de la misión (con, por ejemplo, la destrucción de 100 centros de mando de Gadafi y casi 500 tanques), el mensaje de Rasmussen es nítido: la OTAN quiere más, entre otras cosas para poder garantizar el mantenimiento de la misión y preparar la etapa «post Gadafi».
La presencia mañana en Bruselas del secretario estadounidense de Defensa, Robert Gates, que se despide del cargo estos días, servirá para reforzar la opinión de la Alianza apoyada por Wa-
shington de que quien «tenga capacidades» debe ponerlas al servicio de la OTAN en estos momentos delicados del conflicto en Libia.
Agencia DPA


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