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Fantasmas de Buenos Aires eran los de antes
Risueña, algo inocente, la historia de «Fantasma de Buenos Aires» entremezcla obviedad, ligereza histórica, lingüística y argumental.
En «Guapos», corto de Federico Sosa, un joven mandadero se siente en la piel de alguien capaz de enfrentar en duelo criollo a un prepotente. Aquí en «Fantasma de Buenos Aires», de Guillermo Grillo, un tipo capaz de cualquier duelo se encuentra en la piel de un joven que ni siquiera es mandadero, pero debería enfrentar al prepotente que se interpone ante su chica. Y también debería enamorar a esa chica y hacerla suya, porque por ahora es solo la hermana de un amigo atolondrado que hace una macana y finge que todo sigue igual: «nada, estábamos jugando al juego de la copa, y la copa se rompió y el espíritu se quedó en casa, una boludez».
Ni que la copa hubiera sido de ginebra o caña paraguaya, el espíritu es de un guapo de orillas del Maldonado, que quiere encontrarse aclarar algunos puntos con alguien. Un simple detalle. Por lo pronto, el punto es el chico que le presta el cuerpo a cambio de cierta información sobre el más allá.
Risueña, algo inocente, la historia entremezcla obviedad, ligereza histórica, lingüística y argumental, y aciertos, que también los tiene y hacia el final se acumulan lo suficiente como para acariciar la emoción con buen ingenio y satisfacer al público y a los personajes (siempre satisface ver cómo el débil descubre recursos ingeniosos para humillar al prepotente y quedarse con la chica).
Lo afecta un poco cierta vaguedad. Pudo ser simplemente una cinta cómica para niños, una boutade juvenil, y todo le hubiera sido permitido. Quiso ser también un cuento irónico, una reflexión sobre los cambios en el concepto de masculinidad (o definición de hombría, como se decía antes), y por ahí el camino se le aparece mal empedrado. Pero es bastante original y simpático, le aplica además un inesperado sesgo viviente al tango «Ventarrón», de Maffia y Staffolani, y el protagonista Estanislao Silveyra se gana limpiamente los laureles jugando sus dos papeles «en simultáneo». En síntesis, un pasatiempo que seguramente daba para más, pero tiene lo suyo.
Postdata: no confundir con «Fantasmas de la noche», policial estrenado también este año, aunque ambos lucen algo en común, exactamente eso que confunde al malevo del cuento: travestis. Mariana A en el policial, y Pequeña P, de trágico destino, en el que ahora vemos.


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