Federico Lechner y su tributo musical al padre

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Jorge Lechner, nacido en Praga y radicado en la Argentina, fue, además de un reconocido pianista, director de orquesta y maestro interno del Teatro Colón, padre de pianistas: Karin, Federico y Constanza. A más de 35 años de su temprano fallecimiento, Federico Lechner, nacido en Buenos Aires y afincado desde la niñez en España, lo homenajea con un disco en el que transita diversas músicas desde la perspectiva del jazz, su campo de acción. "Cartas a mi padre", tal el título de este disco solista, se presentará hoy a las 21 en Bebop (Moreno 364), el jueves en la Casa de la Cultura de Almirante Brown y el viernes en el Teatro Trinidad Guevara de Luján. Además, Lechner actuará la semana que viene en dúo con Franco Luciani en el Centro Cultural San Martín, Olivos y Montevideo. Dialogamos con él:

Periodista: ¿Qué lo llevó en este momento de su vida y su carrera a dedicar un disco a su padre?

Federico Lechner:
Es una idea que fui teniendo a lo largo de los últimos años, que aparecía de repente, y se iba. Por la parte más musical, llega un momento en la carrera de un pianista de jazz en el que es importante y bueno hacer un disco de piano solo. Tampoco es que fuera algo nuevo, porque hice muchísimos conciertos con piano solo y a dúo, que se parece al solo porque el tema de la tensión rítmica y armónica la manejo yo; suelen ser dúos con un solista de un instrumento melódico. Por el lado emocional tenía muchas ganas de hacer un disco dedicado a mi padre y un homenaje que no fuera lacrimógeno, sensiblero, sino con ese concepto: el de mandarle cartas musicales contándole sobre mi vida y mi música. Me pareció inspirador hacerlo de esta manera. En mi vida también estuvo la crisis de los 40, separación, catarsis emocionales, y el disco me vino muy bien en el momento en el que lo grabé, y me ayudó a tener la cabeza y el corazón ocupados en algo que también era para mí sacar adelante.

P.: ¿De qué manera armó la selección de temas?

F.L.:
Había cosas que de antemano sabía que iban a estar, y otras que fueron surgiendo: de hecho hay dos temas, "Blues for Winton" y "Yendo a los tomates", que improvisé en el estudio. "Blues for Winton" es el viejo recurso de un motivo y un blues, y "Yendo a los tomates" es una improvisación sobre un ostinato. Hay dos temas que vienen de la música clásica, un fragmento de "Escenas infantiles" de Schumann y "El Moldava", que son tan lindos musicalmente que casi no necesitarían justificación filosófica para estar ahí. Además en mi caso, que haga la música que haga siempre lo hago con la cabeza de un músico de jazz, para deconstruirlo e improvisar sobre algo el requisito no es sólo que sea lindo sino que yo le encuentre una inspiración para esa deconstrucción, y tanto con "El Moldava" como con Schumann me sucedió. Siempre busco creerme lo que hago y sentir que es natural, aunque pueda parecer a priori forzado, que no lo sea y que yo lo pueda defender ante mi público. "Sus ojos se cerraron" acababa de grabarlo con Franco Luciani en "Gardelería", y además de que quería que estuviera ese tema fúnebre, tenía muchas ganas de hacerlo a piano solo. El arreglo de "Donna Lee" a la chopiniana lo tenía en mi cabeza, me encantaba esa idea y me divirtió mucho hacerlo. Otros temas míos eran algunos que ya tenía grabados, otros no, pero que reflejan distintas etapas de mi vida. No hay un criterio unificador: es un disco deliberadamente heterogéneo, un collage. Hay también tres "sueños", algo experimental que queríamos hacer hace tiempo con Andrés Vázquez, coproductor e ingeniero de sonido del disco, una manipulación del piano en la que yo le diera una serie de pautas y pasajes tocados en el piano y que él pudiera manipularlos digitalmente para convertirlos en otra cosa. Los sueños son una parte importante de la memoria. Yo sueño mucho con mi padre, con Buenos Aires, con la casa en la que nos criamos, y quería que en esta serie de cartas estuvieran estos sueños. Como los sueños manipulan y deforman la realidad, me pareció que tenía sentido este trabajo con Andrés.

P.: "El Moldava" y "Blues for Winton" son además referencias específicas al origen y la infancia de su padre.

F.L.:
Claro, a la ciudad donde nació. El blues está dedicado a Nicholas Winton, que salvó la vida de mi papá y de mi tía. Winton, un inglés que murió hace poco a los 104 años, organizó los "Kindertransport", una campaña de adopción por la que familias inglesas adoptaban a chicos judíos de Checoslovaquia, y sacaron de la zona de guerra a más de 600. Mis abuelos pusieron a mi papá y mi tía Hanna con 6 y 8 años en el tren, sin saber si los volverían a ver, los adoptó una señora inglesa, en el interín mis abuelos pudieron llegar a Yugoslavia y de allí a la Argentina. Cuando estaban establecidos en Junín mandaron a llamar a sus hijos y pudieron reunirse con ellos aquí.

P.: ¿Qué recuerdos tiene de su padre?

F.L.:
Muy nebulosos. No recuerdo su voz, o apenas de pinceladas. Y en estas cosas se confunden mucho los recuerdos reales con cosas que me contaron, y no sé si las recuerdo o me las imagino y de tanto imaginarlo forman parte de mis recuerdos. Tampoco me planteo mucho eso; hace poco llegó a mis manos un cassette de él tocando las "Escenas infantiles", un nocturno de Chopin y una partita de Bach, y era un grandísimo músico y un gran pianista.

P.: ¿Cuáles eran sus gustos musicales?

F.L.:
Le encantaba la música vocal de cámara, la ópera y en general todo, y también el jazz, era amigote del Mono Villegas y de Gandini, en la familia de mamá [Lolita Lechner] se cantaba y tocaba tango folklore, mi abuela tocaba clásico y chamamés, y sé que eso le gustaba mucho. En mi casa, a pesar de que mis padres se dedicaban a la música clásica, nunca hubo ningún tipo de desprecio hacia otras músicas ni de jerarquización, como si la música clásica fuera la buena y las otras de segundo orden.

Entrevista de Margarita Pollini

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