Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Dir.: Z. Nagy. Sol.: B. Giltburg. Obras de Mendelssohn- Bartholdy, Chopin, Haydn y Liszt. (Teatro Coliseo).
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La Orquesta Filarmónica de Buenos Aires inauguró su ciclo anual de 16 conciertos. La actuación del organismo dependiente del Teatro Colón lleva a una reflexión: si en medio de un mar de conflictos, protestas, reclamos y angustias crecientes por su futuro, sin un lugar físico adecuado para la preparación de sus conciertos y sin la sala que obligatoriamente debe cobijarlos como sede, tocó de la manera que se escuchó el jueves último, se puede pensar que en las condiciones óptimas de trabajo, su rendimiento sería comparable a cualquier orquesta de primer nivel internacional.
Hubo un público fiel que casi colmó el Coliseo, pero quedaron algunos lugares libres que deberían ser ocupados por tanta gente preocupada por el Teatro Colón y su destino incierto, que reclama y escribe diatribas contra el Gobierno de la Ciudad (totalmente merecidas) pero cuando el mismo Gobierno permite que el ciclo sea posible y se haga música de valor en medio de tanta mediocridad circundante, no acompaña estos gestos culturales.
El director invitado para la apertura fue el notable Zsolt Nagy, de una interesante carrera internacional, que inició la noche con la Primera Sinfonía (Do menor), Op. 11, incipiente obra de Félix Mendelssohn-Bartholdy, que se oyó con la precisión, luminosidad y frescura merecidas. Nagy demostró un rigor y una dinámica notables. También hubo lucimiento de la orquesta, de muy buen sonido y afinación constante en el Concierto para piano N° 2, de Fréderick Chopin (Fa menor, Op. 21), en el que se destacó el magnífico Boris Giltburg, en una versión intensa y expresiva a la par de pulcra en el orden técnico. La última parte del programa unió a Haydn (Sinfonía N° 22) y «Los Preludios», de Liszt, obra que Nagy debió interrumpir por el desaprensivo estornudo de un oyente en los primeros compases de la obra, extremadamente «pianissimo».
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