24 de abril 2012 - 00:00

“Forza” bien cantada, bien dirigida, y con muy buena fortuna

El aspecto visual de la goyesca puesta de Hugo De Ana combinó estructuras monumentales, como un gran Cristo crucificado, con imágenes proyectadas.
El aspecto visual de la goyesca puesta de Hugo De Ana combinó estructuras monumentales, como un gran Cristo crucificado, con imágenes proyectadas.
«La forza del destino», ópera en cuatro actos. Música: G. Verdi. Libreto: F. M. Piave y A. Ghislanzoni. Coro y Orquesta del Teatro Colón. Puesta en escena, escenografía, vestuario e iluminación: H. de Ana. Dirección musical: R. Palumbo (Teatro Colón, 22 de abril).

Varios factores hicieron del estreno de esta producción del Teatro Colón una tarde extraordinaria. En primer lugar, el retorno esperado de una ópera que pese a los vericuetos de su argumento (tomado del drama «Don Álvaro o la fuerza del sino» del Duque de Rivas), a las debilidades de su libreto y, también, por qué no mencionarlo, a su absurda fama de portadora de desgracias, sigue siendo merced a la genial música de Verdi una pieza de culto.

En segundo término, el hecho de que la función inaugural no haya coincidido con el Gran Abono sino con el Abono Vespertino, cuyo público -como es bien conocido- acude mayoritariamente en pos no del acontecimiento social sino artístico. Y, finalmente, la calidad del elenco, de la dirección musical de Renato Palumbo y de la producción de Hugo de Ana, de altísimo impacto visual.

Llamativamente, la representación dio inicio no por la obertura sino por el primer acto, al alzarse una gigantesca reproducción del grabado «Que se la llevaron», perteneciente a los «Caprichos» de Francisco de Goya; la estética más sórdida del pintor, la de sus llamadas «pinturas negras», de los «Desastres de la guerra» y otras piezas antológicas, habría de ser la referencia visual permanente de la puesta.

Desde este inicio se pudo advertir que se contaba con un elenco a la altura de las circunstancias, comenzando por la gran soprano Dimitra Theodossiou -en su debut local-, conmovedora en todo momento, con voz de gran caudal e infinitos matices, y asombrosa especialmente en su gran aria «Pace, mio Dio», la página más célebre de la ópera. Por su parte el tenor ruso Mikhail Agafonov habría de cumplir ajustadamente con el tremendo papel de Alvaro gracias a un material vocal imponente; sobre el final, sin embargo, y víctima del cansancio, su afinación cedió en reiteradas oportunidades, pero su vehemencia y su entrega convencieron.

La obertura quedó entonces como un «entreacto» -cambio que seguramente obedeció a necesidades de escenografía- y tuvo una antológica versión en las manos de la Orquesta Estable a las órdenes del trevisano Palumbo, habilísimo e inteligente conductor; así lo sintió el público, que tributó a la versión de este fragmento orquestal una ovación estruendosa y merecida.

Combinando estructuras corpóreas monumentales (como gigantescos practicables móviles, o un inolvidable Cristo crucificado) con imágenes proyectadas, el aspecto visual de la puesta de De Ana, con también logrados iluminación y vestuario de su autoría, imprimió dinamismo a una ópera larga y heterogénea. La incorporación de bailarines y acróbatas también contribuyó a dar brillo a las escenas festivas y los movimientos de masas estuvieron eficazmente resueltos.

Respecto del elenco, la sorpresa de la tarde fue otro debutante en el Colón: el barítono Luca Salsi, realizando una composición vocal y actoral notable de Don Carlos de Vargas. Impecable también fue el bajo Roberto Scandiuzzi como el Padre Guardiano. Pese a algunas notas «raspadas» en el registro medio, la mezzosoprano polaca Agnes Zwierko impresionó con su Preziosilla, completando un quinteto de primer nivel, con las voces que el Colón pide. Histriónico y vocalmente solvente como es habitual, el barítono Luis Gaeta compuso a un Fra Melitone encantador.

En secundarios, Guadalupe Barrientos, Fernando Radó, Fernando Chalabe, Leonardo Estévez y Gustavo Feulien no dejaron fisuras en el elenco. El Coro Estable preparado por Peter Burian resolvió espectacularmente los fragmentos que Verdi le reservó. En síntesis, un espectáculo imperdible en especial para los operómanos amantes de la gran tradición lírica, esa que salvo por un par de títulos estará ausente este año del Teatro Colón.

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