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Genealogía de un manjar que unió a Borges y Bioy
La primera Vauquita, derivación de la cuajada de La Martona, mereció un folleto escrito por Borges y Bioy: allí nació el seudónimo Bustos Domecq.
La Vauquita tuvo una antecesora de indudable raigambre literaria, y cuyo sabor, para aquellos que llegaron a probarla, era algo así como el paraíso perdido del dulce de leche sólido. Aquella "proto-Vauquita", o "Ur-Vauquita", como dirían los alemanes, era invención de La Martona, la fábrica fundada en 1889 por don Vicente Casares, padre de doña Marta Casares y abuelo de Adolfo Bioy Casares. El nombre de la empresa derivaba de la mixtura, bastante poco caballerosa por cierto, entre "Marta" y "matrona", debido a la silueta pródiga en abundancias que tenía la heredera.
Lo singular, también, es que esa tableta de dulce de leche originaria no tenía nombre: llevaba simplemente la imagen de una vaca al frente de su cajita, y al dorso el nombre de la empresa. Pero, para todos, era la "Vaquita"; la Vaquita del pueblo, nacida de la aristocracia ganadera. Se compraba en quioscos y en los múltiples locales a la calle de La Martona, de mostrador semicircular de mármol veteado, cuyas leches, quesos y derivados (en especial, el par de huevos fritos con queso) también forman parte de esa perdida Arcadia porteña. Su consistencia era similar a la actual, con la sutil diferencia de una cobertura de azúcar más sólida y visible. Nadie habría imaginado entonces variantes como la versión "light" actual. Las calorías eran tan aceptadas como el tabaco.
La empresa de los Casares funcionaba en Cañuelas, en los mismos campos donde Bioy solía reunir a sus cofrades de la generación "Sur" en los años 40 y 50. Y fue también en Canuelas donde, más de un siglo antes (concretamente, en 1829), en la estancia del Restaurador de las Leyes, su criada (cuenta la leyenda), olvidó cierta mañana la leche hirviendo mientras preparaba el postre de la época, la "lechada", y así inventó sin querer el dulce de leche.
También por azar, La Martona generó una de las colaboraciones más famosas de la literatura argentina: la de Bioy Casares y Borges, con el seudónimo común de Honorio Bustos Domecq. Antes de ponerse a escribir cuentos policiales, el dúo inauguró ese "nom de plume" con un trabajo menos glorioso, un folleto titulado "La leche cuajada La Martona - Estudio dietético sobre las leches ácidas" (1936), que si bien carecía de virtudes estilísticas comparables a las de "El Aleph" o "El sueño de los héroes", al menos le sirvió a Borges para cobrar unos buenos pesos ($16 por página), que tanta falta le hacían por entonces. Había sido un favor de su amigo Bioy, quien a instancias de doña Marta (que necesitaba ese folleto), lo llamó para que lo escribieran juntos. Y, pese al pasado rosista del dulce de leche, para Borges fue desde ese momento, y hasta su muerte, una de sus debilidades.
La Martona cerró en 1978 y su tableta de dulce de leche, consecuentemente, dejó de fabricarse: fue entonces cuando, casi en simultáneo, un pequeño grupo familiar, sin relación alguna con los Casares, se puso a fabricar en Trenque Lauquen la "Vauquita". Esa "u" inexplicable que lleva la marca se debería al recurso de evitar un conflicto de marcas con su antecesora. Aunque, tal como se dijo, la Vaquita nunca se llamó así, sino que así la llamaba la gente. Esa empresa también tuvo sus tropiezos, fue devorada por las deudas y cerró en 1985, para ser reabierta en 1989 por Interlink S.A. Lo que vendrá, tarifas de servicios y costos mediante, es un enigma.


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