“Hasta las tragedias son más tolerables si tienen humor”

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«Siento que no puedo escribir sin humor. Muchas veces me río cuando escribo», confiesa Patricia Suárez que acaba de publicar «Lucy», la historia de una mujer que sin saberlo tiene un affaire con un mafioso. Patricia Suárez escribe cuentos, novelas, obras de teatro y libros para chicos, muchos de ellos han sido traducidos y conquistado premios. Dialogamos con ella.

Periodista: Usted, que ha ido desplegando una amplia paleta narrativa, ¿en qué género literario se siente más a gusto?

Patricia Suárez: Yo empecé escribiendo cuentos, y mi aspiración era escribir una novela, que me parecía un género magnífico, el más abarcativo. Y para poder enriquecer la escritura narrativa fui probando otras cosas, por ejemplo la poesía para poner en valor el lenguaje, o la dramaturgia, para poder dialogar mejor. Y en cada género fui encontrando un lugar donde estaba cómoda, que me gustaba. Mil veces he dicho: se acabó, no escribo más esto, y sin embargo, luego algo me hizo cambiar de idea. Por ejemplo, con el teatro, con el que me enojo cada tanto, ahora, después de dos años, me reconcilié. Y puedo asegurar que los enojos sirven. Se toma distancia, se ve la cosa de un modo distinto, y después se disfruta más. Además, los enojos me han permitido pasar a otro género. Me enojo con el teatro o la novela y me digo: bueno, basta, ahora sigo con la literatura para chicos, que me divierto mucho escribiéndola.

P.: Ahora que está abierta y con éxito de público la Feria del Libro Infantíl y Juvenil, ¿cómo ve esa narrativa?

P.S.: La literatura infantil, como está en continuo movimiento, tiene una sostenida demanda de nuevos libros. A eso se suma que tiene derechos de autor que valen la pena. Además, y esto el escritor lo aprecia mucho, es una narrativa que hace estar en contacto con su público. Y el chico no es un lector como el adulto que opina sobre la estética, él pregunta: «decime, ¿tu papá quería que fueras escritora?». Y se tiene que decir: no, la verdad que no, porque exigen honestidad total. Los chicos son agotadores, quieren conocer la esencia. Y no les gustan los cuentos aniñados, ñoños; los desprecian. Es, realmente, un público que está bueno. Busca en el libro encontrar amigos, que es lo que uno en su infancia, y aún después, buscó y encontró en cierto libros. Yo trato siempre de ofrecer un poco de eso. Y podría decir que cada género que escribo me fue seduciendo de manera diferente porque me ofreció una posibilidad distinta de contar una historia.

P.: ¿Siente como un estímulo, como un desafío, pasar de una historia para chicos a una novela para adultos o a una obra de teatro sobre el Holocausto?

P.S.: Es mi forma de ser. Tengo en la computadora diez proyectos de distintos géneros, y según cómo estoy de ánimo. o lo qué tengo más ganas de hacer, es a lo que me dedico. Si estoy con un día negro o deprimida, me es muy difícil encarar la literatura infantil. Se tiene ganas de que el zorrito se enferme de modo terminal y los patitos se suiciden. Pero, cuando estoy en un período creativo, estoy haciendo dos o tres cosas a la vez. Y es gracioso porque se cruzan los géneros. Una vez estaba haciendo una versión de «La ratita presumida», y a la vez estaba escribiendo para «Playboy», y trabajando en una obra sobre Mengele. Y pongo que la ratita presumida abandona al Ratón Pérez porque el Ratón Pérez anda de cama en cama. El editor me dijo: «¿No te parece un poquitito fuerte? ¿Ponemos que el ratoncito era pícaro?. A veces se pierde el control porque la escritura es de una misma materia. El género es una mera clasificación de mercado.

P.: ¿Cómo surge en usted una novela para adultos como «Lucy»?

P.S.: Lo que me ha ido pasando es que cada vez me cuesta más escribir sin humor. Siento que no tengo que proponerme más la novela sesuda que deje pensando al lector, porque no me funciona. Y no funciono yo, escribo treinta páginas y la abandono, me aburro, me empiezo a deprimir. O, de pronto, hago aparecer un personaje disparatado, y me digo: ya está, se me fue de las manos.

P.: ¿Eso le pasó con «Lucy»?

P.S.: En «Lucy» pensé escribir sobre una mujer que se enamora en un viaje de un hombre atractivo que después resulta que es un terrorista palestino. Pensándolo, sentí que me metía en un lío, que era un tema delicado. Entonces puse un mafioso. En ese tiempo estaban dando la serie «Los Soprano», que eran como más glamorosos. Y cuando comencé a trama la historia de «Lucy» sentí que en su estructura general, como idea, tenía que ver con «El honor perdido de Katharina Blum», la novela de Heinrich Böll, que Volker Schlöndorff llevó al cine. El de Katharina es el drama de un mucama de buen pasar que sale una noche a bailar y se acuesta con un hombre que resulta ser un terrorista, entonces la detienen y su dignidad como persona queda totalmente desbaratada por los medios que la acusan de las cosas más horribles, y que sacan a la luz todos sus pequeños pecados, la pecata minuta que tenemos todos, y la exponen como la puta de Babilonia y ella no se repone nunca más de todo eso, queda destrozada como persona. Mi porteña Lucy tiene algo en común con ella, pero sin el lado trágico, sin el drama final, sin caer en la tragedia.

P.: Su personaje viaja a Italia a pedir a su marido que vuelva con ella y hasta concluye de modo divertidamente sentimental.

P.S.: Va a buscar a su marido que se fue con otra, y no quiere saber nada de volver con ella. Después, si ella se lleva a su casa a un tipo que conoce en el avión es por puro despecho. Lucy tiene fantasías románticas, de cine de Hollywood. Fantasías del tipo que salir siempre maquillada por las dudas, porque el amor puede estar a la vuelta de la esquina. Y quien tiene esas fantasías, se puede perfectamente acostar con un mafioso, y que un rato después le golpee la puerta la policía. Y hacia el final, Lucy me hizo saber que una persona que tiene una ilusión amorosa de ese tipo, y no hace terapia, va a seguir repitiendo el deseo de concretar su fantasía, buscando el beso del final de las películas de Hollywood.

P.: ¿Cómo construye sus personajes?

P.S.: Provienen de muchas partes. Lucy es un poco como yo pero a la enésima potencia. Yo no soy romántica ni mucho menos. Exagero características. La madre es mi vieja, tal cual. El personaje del mafioso está inspirado en uno de Los Soprano, el resto son hombres reales que conozco. A veces uno se queda con una frase que uno dijo y a partir de ahí se construye un personaje. Es una deformación profesional, miro algo y ya tengo una historia.

P.: Enfrenta a Lucy a situaciones delirantes: policías excéntricos, y una madre especialista en sobornos que busca la fama, un abogado desamparado con devaneos de escritor...

P.S.: Sí y me divierto muchísimo. Me río sola cuando escribo. Es que creo que hasta en las tragedias tiene que haber un poco de eso para hacerlas tolerables. Después le tengo que poner coto a las cosas que se me ocurren porque el lector argentino disfruta mucho el humor, pero no del disparate, el absurdo no le entra. Por eso busco que la situación esté exagerada pero no sea imposible. Siento que en mi escritura, en ese sentido, está la influencia de Tom Sharpe, como en la literatura infantil, la del genial Roal Dahl. El humor es esencial en sus obras. En «Lucy» una parte que me sigue divirtiendo, cada vez que la recuerdo, es la clase de aerobic que dan los policías marcando el ritmo con su cachiporra. Eso no existe; pero podría existir, es verosímil.

P.: Ya están anunciando su nueva novela «La vieja de la calle 24».

P.S.: Es un libro para chicos sobre alguien que se fuga de la casa de una bruja; sale en septiembre. Ahora ya estoy en otra novela para adultos sobre una mujer que se siente seducida por un periodista. Ella está separada y el marido al enterarse de esa relación, muerto de celos, secuestra a la hija de nueve años y se la lleva al norte argentino, para que su ex mujer sufra y no tenga ningún encuentro amoroso. Las cosas malas nos pasan a todos, y creo que la mayoría de la veces se puede salir de eso. En cuanto a la relación entre drama y humor en teatro es distinto. Las situaciones son trágicas pero los personajes tienen mucho humor en la manera de comunicarse. Me gusta escribir como en el borde de los géneros.

Entrevista de Máximo Soto

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