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Hebe echó a Schoklender por sus conductas anti-Cristina
• Las actitudes del apoderado.
• Conflictos y manejo de fondos.
• El enojo de la Presidente
Hebe de Bonafini, escoltada por Sergio Schoklender, en tiempos mejores. El vínculo personal y político se rompió.
Además de apoderado de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Schoklender era gerenciador ad hoc de los planes de viviendas Sueños Compartidos, que tiene emprendimientos en Capital, el conurbano, Chaco, Misiones, Bariloche, Rosario, Santiago del Estero y Tartagal.
Dolida, Bonafini optó por desvincular de manera unilateral a su protegido, cansada de la «agresividad» con que, según contaron en Madres, actuaba Schoklender tanto en el manejo interno de la organización como frente a funcionarios nacionales.
Un episodio, ocurrido en abril, grafica esos modos. Por varias vías, Schoklender reclamó ante el Ministerio de Planificación por la demora en el envío de fondos para las obras. Objetó, además, el monto que se les destinaba por cada metro cuadrado construido.
En una carta, fechada el 16 de marzo, dirigida a Cristina de Kirchner y firmada de puño y letra, Schoklender acusa a José López, secretario de Obras Públicas, de perjudicar a Madres al autorizar envíos casi tres veces menores que los destinados para otros programas: 1.700 pesos contra 4.500 del Plan Federal, detalló.
López fue notificado de esa queja desde Presidencia y convocó al apoderado para una charla. Expuso sus motivos. Schoklender los refutó. Agregó argumentos técnicos. Schoklender lo acusó de operar en contra de la asociación encabezada por Hebe de Bonafini.
El diálogo terminó bruscamente: Schoklender le arrojó a López un pocillo de café.
Ese entrevero, silenciado por el Gobierno y por las Madres, agotó la paciencia de Bonafini que hacía tiempo, ante su entorno, había comenzado a explicitar su malestar con las actitudes del gerenciador de los planes habitacionales.
En defensa de Schoklender, se dijo que estaba superado por la cantidad de personas a cargo y los sueldos a pagar, y por las habituales complicaciones en el envío de fondos por parte del Estado. Esto, a pesar de que la fundación, según confiaron cerca de Bonafini, tenía privilegios en los plazos.
Confianza
«Sergio se movía creyendo que era Hebe. Confiaba en que, al final, Hebe levantaba el teléfono y arreglaba todo», relató un habitué de la titular de Madres de Plaza de Mayo. Pero esa cobertura se diluyó.
En tanto, el otro Schoklender, Pablo, cuya personalidad se dice que es diametralmente opuesta a la de Sergio -quien lo sumó a la asociación cuando salió de prisión luego de varios años prófugo en Bolivia-, aumentó su participación en las decisiones y se volvió más confiable para Bonafini.
Sueños Compartidos cuenta con 34 obras en todo el país: 4.387 viviendas -construidas y en proceso-, ocho hospitales, cinco centros de salud y un complejo con aulas y lugares de recreación. Schoklender fue el impulsor y se encargó de la logística global.
Tuvo, en el tránsito, conflictos con la UOCRA porque se resistía a afiliar a los trabajadores. Ese incidente estalló en el despacho de Julio De Vido. Finalmente, se cerró un acuerdo: ahora tienen ART, y UOCRA, como parte del convenio, les da instrucción.
Fueron esas crisis las que, cuentan en Madres, deterioraron el vínculo personal entre Bonafini y su protegido. Más simple: la expansión del emprendimiento tuvo como correlato un volumen «empresarial»: fondos, compromisos y salarios de más de 5 mil trabajadores.
El centralismo y el celo con que administró las obras se manifestaron en otro suceso brumoso. Cuando se produjo la toma del parque Indoamericano, hubo intentos de usurpación del obrador del complejo Piletones -uno de los cuatro que Madres tiene en Capital Federal- frente al predio ocupado.
Reproche
Se atribuye a Schoklender haber solicitado la intervención de la fuerzas de seguridad. Los que no lo quieren van más lejos: lo acusan de haber reclamado que la Policía Federal reprima. Se asegura, incluso, que existió un reproche de Cristina a Hebe por ese motivo.
En medio, a pesar de la extrema cautela del Gobierno y en la fundación, arreciaron las sospechas sobre el manejo de los fondos. La única voz K fue la de Daniel Filmus, que sólo sumó dudas (ver aparte).
La sucesión de desencuentros y advertencias por la conducta del apoderado terminó por agotar a Bonafini. Le planteó, en la última charla, que no podía permitir sus disidencias, que su alineamiento político con el Gobierno era absoluto y que, en esas condiciones, él debía irse. «Yo soy un soldado de Cristina», le dijo. Y lo despidió.


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