4 de julio 2012 - 00:00

Hermanos Dardenne: “Lo que hacemos son films de amor”

Luc y Jean-Pierre Dardenne cuentan a este diario en París la génesis de «El chico de la bicicleta».
Luc y Jean-Pierre Dardenne cuentan a este diario en París la génesis de «El chico de la bicicleta».
París - Nadie diría que esos dos hermanos ya canosos, distendidos, risueños, con una sonrisa de viejos comediantes y la mirada entre divertida y adormilada, son los autores de inquietantes historias dramáticas sobre criaturas desvalidas en el cruel mundo de estos tiempos. Ejemplos, «La promesa», «Rosetta», «El hijo» y ahora «El chico de la bicicleta» («Le gamin au vélo»), sobre un pibe ultranervioso que busca a su padre, su bicicleta y su lugar con una madre sustituta, que se estrena mañana en la Argentina. Ellos vinieron en diciembre a Buenos Aires a preestrenarla. Este diario dialogó con ellos días atrás en París.

Periodista: Ustedes lucen muy divertidos comentando «Tiempos modernos» en un capítulo de «Chaplin Today». ¿No les tienta hacer una comedia social en vez de dramas sobre chicos en situación de riesgo por razones sociales?

Luc Dardenne: Ah, Chaplin, si tuviéramos una mínima parte de su talento para criticar haciendo reir, la usaríamos con gusto.

Jean-Pierre Dardenne: ¿Hacer comedias sociales? Puede ser, vamos a ver. Quien las hace bien es Ken Loach.

L.D.: No sé. No estamos conscientemente inscriptos en un programa, de modo que algún día podríamos probar. Cada historia que nos surge tiene su camino.

P.: ¿Algún personaje de sus películas se rie alguna vez?

L.D.: Tendriamos que revisarlas con detenimiento. ¿Se rie alguien, Jean-Pierre? Yo creo que no.

J.P. D.: Al final suele haber alguna mirada dulce, si no me equivoco. No en todas, claro, pero me parece que esta última tiene final feliz.

L.D.: Sinceramente no podemos decir que sea una comedia, pero es más suave que las anteriores, y con más intriga,. Al principio pensábamos matar al personaje, pero cuando les decíamos a los chicos «después de sufrir toda la película se muere», ponían el grito en el cielo, «¡Oh, no!». «Bueno, entonces vamos a salvarlo». Pero ahí venían las dudas. Si se salva, ¿debería reconciliarse con su padre, que lo engañó y abandonó? ¿Y con los mentirosos que piensan encubrirse y dejarlo abandonado? Porque ellos tienen mala leche.

J.P.D.: Fueron víctimas suyas, pero pueden ser peores, y eso nos recuerda que el hecho de ser una víctima no significa que tenga razón. Una de ellas tiene mayor nivel de razonamiento, y sin embargo, para salvar su parte, quiere emplear un procedimiento inmoral.

P.: ¿Cómo se educaron ustedes cuando tenían la edad de ese chico?

J.P.D.: No sé, supongo que como cualquier otro. Tuvimos una educación cristiana, de tolerancia, respeto y rectitud, nuestros padres nos educaban, nuestros profesores también nos educaban. En esa época los docentes también educaban a los chicos.

L.D.: A nuestros hijos hemos procurado transmitirles esa misma formación.

J.P.D.: Pero a mi nieto lo malcrío. De su educación que se ocupen los padres.

P.: ¿Creen que realmente los chicos de hoy son distintos?

L.D.: No sé. Cuando uno empieza a envejecer hay cosas que ya no controla, que se le van de las manos. Intenta comprender a las nuevas generaciones, no siempre puede, y como nuestra vida está por terminar nos parece que detrás de nosotros llega una catástrofe mundial.

J.P.D.: Una diferencia que veo, es que niños y adolescentes ya pasaron a ser blanco del consumo, tendencia que en nuestra generación apenas se insinuaba. Hoy cada parte de sus vidas es analizada por los vendedores para ver cómo sacarles rédito. Es difícil mantener una parte de niño no formateado por la información publicitaria.

L.D.: Y teníamos una infancia más larga, nos dejaban vivir. Hoy llevan una vida frenética, es algo histérico, con padres estresados pensando el futuro de sus hijos, que entretanto se drogan desde los 12 años.

P.: Hace un momento mencionaban la conversación con unos chicos.

L.D.: Siempre vamos a las escuelas. En Bélgica hay una asociación, Pantalla Grande sobre Pizarrón Negro, gracias a la cual 15.000 adolescentes ya vieron «El chico de la bicicleta» con sus profesores de Moral y Religión y luego charlaron con nosotros. En Francia, unos 80.000 estudiantes empiezan a verla en estos días.

J.P.D.: Eso también es educación, darles la posibilidad de ver algo distinto, que por motus propio no verían.

P.: ¿Y cómo reaccionan?

J.P.D.: Más allá del «me gusta» o «no me gusta», o que «es muy simple» o «no es muy rápida», les inquieta saber porqué el final es distinto a cualquier otro, y porqué el personaje femenino, la peluquera, hace lo que hace.

L.D.: A mí me preguntan por la madre. Les digo que la borramos, porque ya bastante problema tiene el chico con su padre. Pero de la peluquera, digo que él encuentra allí una madre y un padre, es decir, alguien que lo ama y lo cuida.

J.P.D.: ¿Lo ve? Lo que hacemos son historias de amor.

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