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“Hitler me salió bastante bien”
Bruno Ganz durante la charla con el público, al término de la proyección de «La caída» en el Festival de Mar del Plata.
Periodista: ¡Qué pacien-cia tiene usted con el público!
Bruno Ganz: La gente se me da, y yo me doy a ella, eso es todo. Es cierto que a veces debo tener una paciencia extra, pero me gusta, significa que nos apreciamos mutuamente.
P.: ¿Cuánto hace que actúa?
B.G.: En teatro empecé a los veinte años, en 1961, y me fue bien, pero en cine a los 19 y recién a los 36 empezaron a fijarse en mí. Quien me ayudó mucho en esa época fue uno de los mejores directores del cine suizo, Alain Tanner, por eso le estoy muy agradecido.
P.: Con sus paisanos Tanner y Claude Goretta ha hecho buenas películas. Pero el éxito vino con los alemanes.
B.G.: Y con los franceses. He tenido suerte.
P.: Descontando el Hitler de «La caída», ¿de qué otros personajes que hizo se siente particularmente orgulloso?
B.G.: Hitler me salió bastante bien. Y hay otros, tengo mi propia escala de méritos, pero no la digo. No me parece justo con el público, porque afectaría su propia escala. Quizá cada espectador ama un personaje distinto.
P.: Seguramente esto ya se lo preguntaron: ¿usted llegó a encariñarse con el personaje de Hitler?
B.G.: A veces me lo preguntan, y siempre me causa gracia y me cuesta responder. Todos sabemos que políticamente era un monstruo. Pero yo soy actor y debo entender lo que siente el personaje que estoy interpretando. En este caso, entender lo que pasaba por su cabeza. Lo estudié. Ahí comprendí que él no se creía un monstruo, sino un Mesías, el Salvador de Europa, el héroe de una opera de Wagner.
P.: Hubo murmullos en la sala cuando usted dijo que Hitler no quería ver sangre.
B.G.: Es cierto. No quería ver sangre, nunca vio un campo de concentración, nunca vio cómo destruían Berlín. Él gobernaba desde su despacho. Al final, mientras todos daban la vida por él, llegó a decir que los arios se habían comportado con debilidad, que se estaban dejando vencer por los mongoles, y por eso no merecían tenerlo como Führer. Todo eso está registrado por los taquígrafos. Todos los diálogos que se oyen en «La caída» fueron tomados de los registros taquigráficos. En esa película no hay nada que no haya pasado realmente.
P.: ¿El hablaba como lo hace hablar usted?
B.G.: Hay un pequeño registro de su voz en una reunión íntima. El resto son grabaciones de sus discursos baratos. Cotejando ambas cosas pude estudiar mejor su dicción. También hay una película interesante, porque se lo ve en los dos minutos previos a un discurso. Está nervioso, acomoda los papeles, tartamudea, pero luego, frente a la multitud que lo aclama, se afianza y empieza a enfervorizarse, y a decir frases de contenido político que emocionaban al público de entonces. Como muchos otros políticos, era un actor. Puedo entender su ambición, y su enorme miedo al fracaso, a ser una figura insignificante.
P.: ¿Elaboró su Hitler junto al director, o por su cuenta?
B.G.: Primero conversamos mucho. Oliver Hirschbiegel me decía «Debes encontrar la maldad que hay en ti». Tengo mi carácter, pero no encontraba tanta maldad. Hay algo, además, que nunca entendí: Hitler no tenía ningún rasgo de compasión. Todos tienen algo de compasión. Él no. ¿Cómo iba a representarlo? Pero cuando empezamos a filmar, en ese bunker que nos hacía sentir como en un submarino sumergido, pasó algo interesante. Ahí yo interpretaba esas escenas de rabia, y las debía repetir una, y otra, y otra vez, usted sabe cómo son los rodajes. Y me iba alimentando de mi propia rabia, me iba exaltando. Nunca pensé que pudiera aflorar tanta rabia de dentro de mí. Vuelvo sobre un detalle: Martínez Suárez me observó que mi Hitler tiene dos momentos de compasión. Cuando hay que matar al perro, y cuando se despide de Albert Speer. Sí, le apenaba la muerte del perro, pero no la de los humanos. Y es cierto, hay una lágrima en su rostro cuando se despide de Speer. Esto, porque lo amaba como el hijo que nunca tuvo, y lo admiraba como artista, Speer era el artista, el arquitecto que él hubiera querido ser. Era su proyección, simbolizaba muchas cosas. Igualmente, a nivel político no le tenía confianza.
P.: ¿Se le quedó pegado algo del personaje?
B.G.: No me lo pude sacar de inmediato. Era muy intenso. Encima tengo la fatal costumbre de estudiar mis actuaciones, repasar cómo debía haber hecho tal o cual escena. Por otra parte, haber encarnado ese monstruo era como si estuviera cargando un pecado. Por suerte los jóvenes neonazis que iban al cine y al comienzo de la película cantaban sus consignas, al terminar se iban callados, no diré cabizbajos. Como suizo, expreso mi admiración por el modo en que los alemanes supieron enfrentar su pasado. Es muy duro para cualquier nación reconocer sus errores.
P.: ¿Hoy puede aflorar entre los germanos alguna forma encubierta de nazismo?
B.G.: Políticamente nunca se sabe lo que puede pasar. Hay que tener presente una cosa. Si de entrada Hitler hubiera dicho con todas las letras que planeaba matar seis millones de judíos, y también opositores, católicos, y gitanos, y llevar millones de chicos a la guerra, varios se habrían detenido. Los empezó a arrastrar el orgullo, el entusiasmo, y cuando se dieron cuenta ya era tarde. El problema es que los políticos nunca dicen claramente cuáles son sus planes, y la gente se deja ilusionar. Y mi problema, vamos a decir un chiste, es que cada vez que presento «La caída» yo quisiera decirles a los espectadores «que se diviertan», pero sé que no van a poder.
Entrevista de P.S.


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