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“Huí de una novela que resonara a Guerra Civil”
Jesùs Carrasco: “Creo que hay en ‘Intemperie’ un intento literario de conseguir una historia esencial, acaso existencialista, tratar de ir al centro de la condición humana”.
Periodista: ¿Cuál fue el desafío que se impulsó al escribir su novela "Intemperie"?
Jesús Carrasco: Tiene un doble origen. No es muy prosaico, y es mi deseo de escribir una novela. Así de sencillo. Yo venía de escribir muchos relatos, novelas infantiles, que eran borradores, información interna, luego de un curso de Literatura Creativa. Y muchísima publicidad, que para mí también es escribir. Y en un momento quería abordar el formato canónico, la novela. Ese es el reto que me propongo literariamente. Hace unos ocho años tomé una nota que tenía apuntada en un cuaderno, que partía del sueño infantil de escapar de casa. Yo siempre viví en el campo, hasta los 20 años, en un pueblo. Y el mito de la escapada infantil era recurrente. Eso parece haber cambiado de género, que son las chicas las que ahora escapan. Yo sabía que si me hubiera escapado también hubiera vuelto, a mí no me trataban mal. Así que era la aventura de te ibas y volvías. Me planteé la posibilidad, como un inicio, de qué debería suceder para que un niño quisiera escapar como tantos otros, y optar por no volver. A partir de ahí comenzó a encadenarse la historia. Escribí durante varios meses, y en un momento paré porque estaba bloqueado. Entonces ataqué una siguiente novela que también tenía en la cabeza. La concluí. Anduvo conmigo un par de años, hasta que me di cuenta que era una novela fallida, mala, muy artificiosa. Paradójicamente con esa escritura adquirí unas herramientas que no tenía y pude completar "Intemperie".
P.: ¿Por qué eligió que la novela se deslizara por personajes sin nombre, sólo emblemáticos: el chico, el cabrero, el alguacil?
J.C.: En lo que tiene que ver con los nombres de los personajes tengo que reconocer más que pereza cierta prevención. En la medida en que les pongo un nombre de algúna manera ya los significo, les otorgo una identidad. Para mí es importante el nombre que tiene una persona. En el caso de "Intemperie" fui retrasando ese momento. Iba señalándolos con letras, que no era una inicial. Ya les pondré el nombre cuando acabe la novela. Y acabé la novela y no tenían nombres. Pero, a la vez, me di cuenta que funcionaba bien así. Incluso que le otorgaba una bruma, un misterio, una cierta incomodidad que me interesaba, y que convenía a la historia.
P.: Ese espacio yermo, estepario, por el que el chico protagonista escapa, ¿está fuera del tiempo, es un ambiente metafísico, o es lo que queda tras la Guerra Civil?
J.C.: Me he ocupado intensamente de que no hubiera fechas. Creo que huía de una novela que resonara a la Guerra Civil. No porque no me interesara el tema, que me interesa mucho, sino porque hay mucha literatura sobre el asunto. Es difícil eludir el tópico, por un lado, y por otro, el lector tiene excesivas referencias de lo ocurrido. Es como si ambientaras en la Segunda Guerra Mundial con nazis, los cascos, las armas, cómo actuaban, etcétera, etcétera. Yo no quería que el lector tuviera esa información, quería hacer algo que sobrevolara todo eso, pero al mismo tiempo que pasara en un territorio premoderno, antes de las grandes comunicaciones, buscando una sensación de arcaísmo. La novela tiende hacia un ambiente mítico, épico, metafísico, arquetípico. Remite a los clásicos. Y en este caso eso convenía porque le aporta amplitud, como el del espacio donde se desarrolla. Lo hace ingresar en el orden del relato de una leyenda, de un cuento mítico que podría haberse encontrado en texto de la antigua Grecia.
P.: ¿Qué estaba explorando mostrar en la relación de un cabrero que protege, domina, manda a un niño que busca refugio en su escapada?
J.C.: Creo que hay en "Intemperie" un intento literario de conseguir una historia esencial, acaso existencialista, tratar de ir al centro de la condición humana. Me preocupé de despojar de todo lo que rodeara a eso, para centrarme en las relaciones humanas. Lo que pasa entre un niño que huye y un cabrero que lo ampara. Busqué mostrar relaciones muy desequilibradas. Hay un sometimiento, violencia, pero al mismo tiempo, a partir de esa inicial relación de dominio, surgen conductas positivas como la compasión, como el amor. En el fondo se trata de la dignidad. Quería hablar de esos temas sin regodeos ni maquillajes, descarnadamente, y sin caer en un tratado de psicología. La clave está en el silencio, en lo que no se dice. El trabajo más duro fue el de la contención, el diálogo reducido y que el lector no sepa lo que piensan los protagonistas, sino que lo imagine. En un segundo plano me interesaba mostrar las relaciones con la tierra, con su terruño, como algo corporal.
P.: ¿Cómo logró un estilo tan despojado, cuando la narrativa de España tiende a lo contrario?
J.C.: Usando la goma de la parte de atrás del lápiz, como dicen algunos. No me resulta placentero, pero me gusta quitar. Escribo mucho, y luego paso gran parte del tiempo tachando, borrando, eliminando aquello que no funciona. A veces creo que me paso de abrasivo, de pulidor. Es como si sometiera el texto a una lija constante, hasta que queda aquello que aguanta sobre la página dando la historia. No creo que haya un autor serio que no corrija. Yo aprendo la novela, aprendo a escribirla, sé lo que quiero decir a medida de que escribo. No puedo idear aquello que quiero contar, tengo que escribirlo para saber qué quiero contar. Parto de una intuición, pero tengo que escribir para entenderla. En la novela que estoy escribiendo siento que la estoy escribiendo dos o tres veces. En esa escritura lo que estoy haciendo es generar una biografía para cada uno de los personajes, de la que luego veremos en la novela apenas un dato o un pequeño episodio. Necesito conocerlos, entenderlos.
P.: Hay en la historia, tan escueta, un desarrollo cinematográfico, que pareciera remitir a ciertas películas de la primera época de Pier Paolo Pasolini.
J.C.: Y acaso a algo de Ingmar Bergman. Podría tener de Luis Buñuel que en más de una película hablaba de los niños. Y en el caso de Buñuel está en el imaginario cultural español. Hay acaso un encuentro con el tremendismo de la literatura de Miguel Delibes, pero sólo comparto con él una mirada hacia un territorio, hacia ese mundo rural que está a espaldas de la ciudad. Pero creo que la real influencia es de algunos narradores estadounidenses como Raymond Carver, que es el rey de la goma de borrar, como Faulkner, Cheever, McCarthy, Ford, con su visión lúgubre de la realidad. Y está el impacto de la lectura de "Las cosas", esa obra colosal que se llama "La vida, instrucciones de uso" de Georges Perec, que nada tiene que ver con mis escritura.
P.: ¿Qué sintió al saber que "Intemperie", su ópera prima, había sido elegida por los libreros de España como la "novela del año", y que era muy traducida?
J.C.: Hasta ahora a veinte lenguas. No sé cómo tomarlo, bien es claro, pero, ¿y luego? El otro día me llegó la traducción hebrea y no supe por dónde comenzar a mirarla. En muchas de las traducciones que me llegan siento esa extrañeza. Es obvio, me hace feliz. Me lleva por el mundo. Me hace de pronto volver a pasar por Buenos Aires. Pero si me pongo a pensar es para mí algo muy extraño. Estoy más cerca de aquel joven que tenía un manuscrito que buscaba que se lo publicaran, que a este con una veintena de traducciones. Todavía estoy bastante del otro lado, en la vereda de los que buscan contar algo, y se pelean internamente con la forma de expresarlo.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
J.C. Una novela que ya había comenzado antes de que se publicara "Intemperie", que tuve que parar porque la edición de "Intemperie" estuvo dando vueltas un año entero. Es una novela que en cierto aspecto completa "Intemperie". No tiene nada que ver. Argumentalmente el conflicto del que trata es otro muy distinto, pero tiene en común una indagación que en "Intemperie" ya está planteada, que es la relación del hombre con la tierra. Estoy buscando en esa dirección, que es algo, como le he dicho, que busco desde hace muchos años. Esta nueva novela me permite continuar en esa indagación, y que creo que no concluiré con ella, que se trata de una indagación infinita.
Entrevista de Máximo Soto


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