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“I-Phones, I-Pods o I-Pads me asustan como la banalidad”
Di Grado: «No me interesa definir mi estilo. Mi estilo es mi estilo. Un periodista me pidió que lo definiera y dije surrealista hiperrealista, no era algo para tomar demasiado en serio».
Periodista: ¿Que era lo que esencialmente quería contar en «Setenta acrílico, treinta lana»?
Viola Di Grado: Quería contar muchas cosas. El tema principal es el de la comunicación y el lenguaje. Hay en la obra una dimensión lingüística que parte de un accidente automovilístico donde muere el padre de Camelia Mega abrazado a su amante. A partir de allí, con Livia, su madre, las palabras no funcionan, sólo pueden hablar a través de miradas. Me interesaba la función del lenguaje fuera del lenguaje hablado. Y en particular la idea de los antiguos filósofos taoístas chinos, para los que el lenguaje no puede hablar del mundo, sólo puede hablar de nosotros mismos. Llevando al extremo esa idea, imaginé que la consecuencia práctica podía ser que, si el lenguaje habla sólo de nosotros, en el momento en que nos quebramos cae el mundo en un vacío. Después de la muerte del padre de Camelia, ella y su madre caen en ese agujero, en una anorexia verbal donde el lenguaje no funciona. Camelia se bloquea de manera absoluta con su madre. Una madre que perdió el marido y la razón el mismo día. Pero cuando Camelia conoce a Wen y comienza a aprender el idioma chino vuelve a acercarse a la vida, se apropia de nuevo de los significados que había perdido. Lo que a ella le sucede, más que acercarse al mundo como cree estar haciendo, es que en realidad está reinventando un mundo. No está decodificando el mundo sino que usa el lenguaje para reinventarlo. Camelia está siempre en confrontación, en continuo contraste con la realidad, porque si bien trata de entenderla, superpone su idea del mundo al mundo real. Así aparece la idea filosófica del carácter imposible de la comunicación en la medida en que lo que hacemos al hablar es superponer al mundo la idea que tenemos de él.
P.: El mundo de los ideogramas es la llave para Camelia, ¿lo fue para usted cuando comenzó a estudiar Lenguas Orientales?
V.D.G.: Desde que empecé a estudiar chino sentí el deseo de usarlo en una novela porque tiene una gran fuerza simbólica que un signo tenga significados que acercaran al mundo, eso podía salvar la vida de un personaje.
P.: Padre muerto, escena con amante, madre que se vuelve loca, imposibilidad de verbalizar, relación transferencial con un chino que le enseña el dibujo de las ideas, ¿tuvo alguna interpretación de su novela desde el psicoanálisis?
V.D.G.: Una buena parte de los fanáticos de mi novela, a juzgar por las cartas que recibo, son psicoanalistas. Recientemente me invitaron a participar en un ciclo dedicado a Lacan, porque los psicoanalístas lacanianos encontraron muchos elementos del pensamiento de Lacan en «Setenta acrílico...». Tengo una lectura superficial del psiconalista francés, y me sorprendió todo lo que habían hallado de sus teorías y su pensamiento en mi obra. Yo partí de una tragedia familiar, la muerte del padre, que bloquea el tiempo, el espacio y el lenguaje de forma diferente en la esposa y en la hija. El padre muere cayendo en un agujero, su mujer y su hija caen entonces en otros agujeros.
P.: El título de su novela remite a la ropa con «70 de acrílico y 30 de lana». ¿Por qué es tan importante la ropa para la protagonista?
V.D.G.: La moda nos da la ilusión de que se puede compartir una identidad, que hay algo en común, que los miembros de un grupo, de una generación, pueden ser iguales. Ella se siente excluida de la idea de belleza y amor compartido, eso es algo compacto que la deja afuera. Ella corta los vestidos rebelándose contra este ideal de belleza. Confecciona con los restos prendas imponibles. En Italia la presencia de la moda es muy fuerte, una imposición que hace que por temporada todos vistan igual. Es algo frustrante. En las grandes ciudades hay un poco más de libertad, pero poca. En Catania, Sicilia, si se rompe con el modo habitual o no se va a la moda te miran mal. Yo me vestía de un modo muy particular y me insultaban por la calle. Eso me llevaba a vestirme de forma cada vez más rara. Creo que hay que vestirse según el estado de ánimo, y manifestar en la ropa la propia personalidad. No me gustan los uniformes.
P.: ¿Su forma de vestir es un guiño cómplice a los grupos dark?
V.D.G.: Nada que ver. No me gustan las etiquetas. Y menos la calificación de dark, algo de lo que se abusó. Mi estética la saco de cómo me siento, no es que haga una escritura sobre mi cuerpo con la ropa que uso, pero muchas veces tiene que ver con lo que estoy escribiendo.
P.: ¿Define su estilo como «surrealista hiperrealista»?
V.D.G.: No me interesa definir mi estilo. Mi estilo es mi estilo. Un periodista me pidió que lo definiera y dije surrealista hiperrealista, no era algo para tomar demasiado en serio. Me interesan las tramas que llevan por lógicas distintas avanzando de manera realista con fuerte coherencia. Lo que dije se acerca a esto, pero lo que intento hacer está en mi novela.
P.: Los críticos suelen relacionar su obra con la de Virginia Woolf, con Amelia Nothomb, entre otras escritoras. Teniendo un padre especialista en Sciascia, y una madre escritora, sorprende que no la comparen a ninguna autora italiana.
V.D.G.: Es que no creo que mi escritura se parezca a algún otro autor italiano. No creo en modelos, por tanto no creo, por lo menos conscientemente, en escritores precisos que me hayan influenciado. La literatura en el acto de narrar debe ser inventada desde cero. Obviamente, todo autor está influenciado por aquello que ha leído, aun por la mala literatura que ha despreciado. Somos esponjas que tomamos lo que nos llega.
P.: ¿Qué relación tiene con la llamada generación I-Phone y con la generación Blogger?
V.D.G.: No tengo nada que ver con ninguna de las dos. No tendré nunca un I-Phone, un I-Pod, un I-Pad, no me interesan, me asustan tanto como la banalidad. No tengo ni tuve nunca un blogg. No me siento cerca de esas generaciones, ni de las formas que buscan establecer como modo de expresión literaria. En realidad no siento que pertenezca a ninguna generación.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
V.D.G.: Dos novelas, una que está muy avanzada, pero prefiero que se mantenga en mí hasta que la entregue a la editorial.
Entrevista de Máximo Soto


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