“Illia”: apología escénica de rara avis en la política

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«Illia (Quién va a pagar todo esto)» de E. Rovner. Dir.: A. Lecchi. Int.: A. Bonín, P. Vigno, M. Funes y elenco. Mús. Orig.: R. Parentella. Esc.: C. Notari. Dis. Luces: H. Colace. Vest.: S. Cancela. (Complejo Cultural 25 de Mayo). 

«¿Tenía una paciencia infinita o jugaba con la paciencia de los demás?», se pregunta su secretario privado. «Cuando murió tenía un solo par de zapatos», recuerda su hija Emma. La personalidad de Arturo Humberto Illia, presidente entre 1963 y 1966, abunda en rasgos curiosos (algunos de ellos rozan la extravagancia), mientras que su conducta como hombre, médico y político es un ejemplo de ética e idealismo (no en vano leía con fruición el Quijote y las encíclicas de Juan XXIII).

«Illia (Quién va a pagar todo esto)» es un «documental teatralizado» -tal como lo definió su director Alberto Lecchi- que resume la vida privada y política de este fiel militante del radicalismo sin indagar demasiado en sus contradicciones. Por ejemplo, cuando apoyó el derrocamiento de Juan Domingo Perón, desliz que luego compensó, durante su presidencia, anulando la proscripción que regía sobre el peronismo.

Lo que más se le critica a Illia en esta apología escénica es su notoria despreocupación por el bienestar económico de su familia y cierto distanciamiento «budista» frente a los conflictos y necesidades de la vida en sociedad. Todas estas referencias fueron suministradas por su hija Emma (un personaje al que Mercedes Funes le aporta garra y ternura).

La excesiva beatificación del personaje, interpretado sobriamente por Arturo Bonín, lo hace aparecer como una suerte de Mahatma Gandhi, al que bien podrían aplicársele las mismas palabras que Einstein dedicó al líder indio: «Las generaciones del porvenir apenas creerán que un hombre como éste caminó la tierra en carne y hueso».

Más increíble aun es que haya gobernado la Argentina. Pese a sus audaces medidas de gobierno (vetó los contratos petroleros suscriptos por Arturo Frondizi; promulgó la Ley de medicamentos para terminar con su sobreprecio y adulteración, entre otras tantas medidas que terminaron enemistándolo con el gobierno norteamericano y otros grupos de presión), la conducta de Illia en la cúpula del poder --según la obra--, resulta por momentos casi tan ingenua y desconcertante como la de aquel insólito jardinero -a cargo de Peter Sellers- que llegaba a presidente de los Estados Unidos en la película «Desde el jardín».

De todas maneras, este didáctico recorrido de casi una hora y media de duración y con espacio para el humor, la viñeta sentimental y varios fragmentos de noticieros, ofrece buenos datos sobre del acontecer económico, político y social de aquellos años y vuelve a poner sobre el tapete diversos conflictos (sindicales, rurales, etcétera) que hoy cobran vigencia.

Las internas de Casa Rosada provienen del testimonio directo del secretario de Illia, Luis Caeiro. También el público festeja en cada función las proclamas y denuncias de este hombre virtuoso que descreía de la propaganda política y terminó siendo víctima de una devastadora campaña de prensa. Tiempo después, Ramiro de Casasbellas -por ese entonces director de «Primera Plana», uno de los medios que más alentó el golpe del General Onganía- le pidió perdón públicamente a través de un editorial.

Eduardo Rovner («Concierto de aniversario»; «Volvió una noche»; «La sombra de Federico») confesó haber escrito esta obra en los 90 con el fin de denunciar, por contraste, la «ostentosa corrupción que se vivía en el país durante aquellos años». Rovner, no obstante, acusa a Illia de no haber prestado atención a la opinión pública, ni de haber hecho nada para controlar a los golpistas. El golpe de estado de 1966 lo encontró a Illia firme en su despacho (tuvo que venir la policía a sacarlo), pero reacio a toda forma de violencia, finalmente se retiró en silencio, inaugurando así una cadena de gobiernos de facto que amenazó con erradicar de cuajo la vida democrática del país.

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