7 de abril 2011 - 00:00

Inquietante “Código de familia”

Tomás Fonzi, Raúl Rizzo y Alejandra Darín, parte del buen elenco de una obra despareja pero bien dirigida por Eva Halac que va ganando aspereza en su explícita referencia a la última dictadura militar.
Tomás Fonzi, Raúl Rizzo y Alejandra Darín, parte del buen elenco de una obra despareja pero bien dirigida por Eva Halac que va ganando aspereza en su explícita referencia a la última dictadura militar.
«Código de familia» de P. Funes. Dir.: E. Halac. Int.: T. Fonzi, F. Arenillas, R. Rizzo, A. Darín y G. Correa. Dir. de Arte: M. Sleigh. Dis. Ilum.: E. Bechara. (Teatro del Globo).

Las andanzas de un joven abogado pícaro, ambicioso y con un talento innato para jugar a dos puntas, derivan en una trama detectivesca que tiene por trasfondo la última dictadura militar.

«Código de familia» se inicia con un seductor monólogo del protagonista, Ponciano Funes (seudónimo del dramaturgo Daniel Llermanos, ex juez de Lomas de Zamora) interpretado con gran carisma por Tomás Fonzi. Entre chistes e ironías sobre el mundillo tribunalicio («A la pregunta cuánto es dos más dos, un abogado responde: ¿cuánto quiere que sea?») Funes le explica al público que lo que verá a continuación es una historia verídica, el caso judicial con el que debutó en la profesión.

En 1982, durante la Guerra de Malvinas, Funes acepta como cliente a Amado Mubarak, un hombre obsesionado en recuperar a su esposa (amante de un policía) y que le exige regresar a su hogar amparándose en la Ley Nro. 2393 de Matrimonio Civil.

En aquella época, el divorcio parecía algo muy lejano e irrealizable. Algunos sectores lo consideraban un capricho más que una necesidad real. Pero aunque Mubarak contaba con una legislación antidivorcista, en realidad llevaba todas las de perder al tener de rival a un comisario de tenebrosos antecedentes y excelentes contactos.

Lo que en principio se presenta como una comedia negra con enredos sentimentales, peligros al acecho y oportunistas de turno, luego va ganando aspereza (en su explícita referencia a los años de plomo) hasta alcanzar un violento desenlace con un epílogo no exento de cinismo.

La acción presenta algunos baches argumentales, pero la directora Eva Halac los disimuló articulando cada escena a un ritmo trepidante y con una ambientación muy funcional.

Salvo Funes, los demás personajes resultan algo borrosos o cambian de conducta sin la adecuada coherencia interna. Tal el caso de Estela, la esposa fugitiva, a la que sólo el talento de Alejandra Darín logró dar carnadura.

Raúl Rizzo, siempre convincente en el rol de villano, compone a un comisario corrupto de sonrisa siniestra. Fabián Arenillas (en reemplazo de Arturo Bonín) le suma patetismo a Mubarak con su aire ingenuo y soñador. Y, por último, Gabo Correa se ocupa de hacer reír al público en medio del drama a través de distintos personajes (un mozo, el típico empleado de tribunales, un portero), todos tan reconocibles como pintorescos.

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