• El Gobierno festejó un empate en la Corte. • La imagen de los limones: avanzamos de a cuartos, ahora sumemos, dijo uno que habló con ella. • Temor a que ahora discutan porcentaje de posesión de medios. • Apelarán al modelo inglés. • Hasta ahora nadie habló de diarios, pero nadie asegura nada si el tema vuelve al Congreso para una correctiva. • La relación con EE.UU. o construir sobre arena. • Se va la afable Hillary, llega el tieso Kerry.
Julio Alak
«Insistan en la Justicia, la ley al final se va a aplicar». Esto dijo ayer Cristina de Kirchner a los ministros que se comunicaron con ella minutos después de conocerse las dos acordadas de la Corte Suprema de Justicia sobre la ley de medios. El peronismo, curtido en peleas institucionales y judiciales en las que prospera pocas veces -no es su especialidad ante un poder que tiene a los políticos más como clientes que como socios-, entendió que había logrado un buen empate en el tribunal, pese a que los jueces -incluyendo al amigo Eugenio Zaffaroni- se solazaron con el rechazo al «per saltum» con el mensaje más poderoso de la jornada. Para la Corte ese instituto, que quiso reglamentar en su beneficio de apuradas en el Congreso, es sólo aplicable en cuestiones de excepcionalidad y no por el deseo del Gobierno o de los particulares que lo pretendan. La breve acordada que rechaza el reclamo por esa vía sepulta la posibilidad de que vuelva a usarse en otros expedientes delicados que esperan en la Justicia. No vengan más con «per saltum», es lo que dijeron los cortesanos ayer.
En el resto, para el Gobierno fue un decoroso empate que ilustra la facecia que se escuchó de boca de uno de los disertantes de la mesa redonda de ayer, en el Senado de la provincia de Buenos Aires, sobre ley de medios y Justicia de la que participaron algunos de quienes habían hablado con la Presidente, entre ellos Julio Alak y Gabriel Mariotto. Fue en un aparte para refrescarse después de la conferencia. Uno de los participantes fijó la mirada en unos limones que había sobre la mesa para enriquecer la Coca y reflexionó en voz alta: «Cada vez que le pedimos algo a la Corte es como si les mandásemos un limón; ellos lo parten en dos, tiran una mitad al papelero y la otra mitad la vuelven a cortar en dos y nos dan una mitad a nosotros y la otra mitad a Clarín». En este fallo, explicó entre risas, «nos rechazan el per saltum, las recusaciones a los jueces de la Cámara y prorrogan la cautelar -eso es para el monopolio-, y a nosotros nos dan algo importantísimo: decir que el plazo de desinversión de un año ya se cumplió, con lo cual si la cámara declara la constitucionalidad del artículo 161, Clarín tiene que desinvertir en el acto, sin esperar más tiempo. Ese es el cuarto de limón que nos tocó; y como hemos planteado pelea en cada recoveco del expediente, si sumamos los cuartos de limón que nos han tirado, tenemos que festejar lo que hemos logrado. La ley se va a aplicar, como dijo Cristina».
Con este balance, el Gobierno enfrenta el tramo final de la pelea: la Cámara Civil y Comercial tiene 60 días para fallar en la cuestión de fondo y la Corte le ha ordenado que lo haga cuanto antes. Si sale a favor, champán: se aplica la ley. Si falla en contra, nuevo tour de apelaciones. Les llegó rápido el comentario negativo que hicieron en el acuerdo de ayer algunos jueces sobre la calidad de los recursos del Gobierno y mandaron a agrupar a los abogados y examinar qué hicieron bien y qué hicieron mal. Pero lo más importante fue disparar el brain storming -que comenzó en ese escenario platense del Senado bonaerense- sobre qué pasará si la Cámara Civil y Comercial sanciona la inconstitucionalidad de los dos artículos cuestionados de la ley de medios. Haría inaplicable la ley y comenzaría otra batalla que incluiría al Congreso con el tratamiento de leyes complementarias o correctivas de las cláusulas cuestionadas. Parte de esas especulaciones es imaginar de qué se agarraría esa cámara para declarar la inconstitucionalidad. Pensando out of the box (es decir, fuera del contexto convencional que rodea al debate), creen que puede ser a través de un cuestionamiento del límite del 35% de la propiedad de medios para los grupos concentrados. Echaron mano ayer mismo a informes sobre experiencias comparadas como la de Gran Bretaña, en donde el límite es del 15% y, tocan fierro, si el grupo además tiene medios gráficos con un alcance mayor al 20% del mercado, se fuerza a la desinversión. ¿Se animarán en este nuevo round, si hay que reescribir la ley ante un fallo de inconstitucionalidad?
La ley de medios que sancionó el Congreso -y en su borrador primigenio que fue el proyecto elaborado por Gustavo López cuando era funcionario de Fernando de la Rúa- se omitió mención alguna a los medios gráficos. Una rareza criolla, porque en las normas antioligopólicas de países que se tomaron como modelo -Estados Unidos, por ejemplo- siempre se cruzaron medios audiovisuales y medios gráficos. Separar esos dos planetas, que en términos de comunicación conviven siempre, fue una forma de encapsular el debate y no desafiar a los editores de diarios, para quienes el Gobierno reservó la demorada pelea por el destino de Papel Prensa. No tocar diarios y revistas fue la forma de disolver frentes que se hubieran opuesto al debate de la ley de medios, especialmente en el interior, en donde la posesión cruzada de medios gráficos y audiovisuales de los dos tipos es lo normal. El Gobierno tomó hace rato la decisión de no avanzar en la posesión cruzada, un tópico en la legislación comparada sobre la que se basó la ley de medios. La emergencia del periodismo escrito en la última década por la quiebra de la ecuación publicitaria ha puesto a los medios gráficos en situación de vulnerabilidad en todo el mundo, y no hay Gobierno que se anime hoy a avanzar sobre ese terreno para no agravar esa emergencia. El Gobierno ha usado el argumento de que la ley de medios no habla de diarios en la publicidad de la norma con el propósito además de disipar la confusión de las campañas del monopolio que mencionan a los diarios como atacados por la norma cuando no hay una sola letra que se refiera al papel. Apelar a la vulnerabilidad de los diarios implica usar el prestigio de la prensa escrita que sigue conservando, acá y en todo el mundo, la vanguardia en la construcción de las noticias -no hay portal, por más dinero que tenga, que haya superado a las cabeceras de los diarios en internet en atractivo o audiencia-.
Los tumultos del fin de año le pusieron sordina a la crisis más fuerte en el frente exterior, que es el relevo de Jorge Argüello como embajador de los Estados Unidos. Cuando Cristina de Kirchner lo designó en noviembre del año pasado dijo que la misión de Argüello sería alcanzar la mejor de las relaciones con los Estados Unidos, propósito que ponía en el tope de la agenda del segundo mandato que iniciaba en diciembre. En esos días se había reunido con Barack Obama en Cannes y había salido la Presidente entusiasmada por esa nueva etapa. La experiencia duró apenas un año, retrocede el reloj y comienza otra construcción sobre la arena. Varios despachos de la Cancillería están dedicados en estos días al coaching de la nueva embajadora, Cecilia Nahón, que en febrero próximo reemplazará a Argüello en Washington. Aunque las versiones sobre la salida del embajador han sido exhaustivas, con relatos, contrarrelatos y desmentidas, nadie le encuentra el cutting edge de la crisis, o sea en qué momento se pudrió todo y terminó con esa embajada de alto nivel, que exaltaba la amistad entre el funcionario y la Presidente. Para algunos, anécdotas sobre peleas morenistas; para otros, represalias sobre el tour universitario de la Presidente en septiembre pasado; para los pocos que visitan Olivos, quizás el desencanto con una gestión que contradice el dictamen de uno de los cancilleres de este Gobierno y que data de 2003: los Kirchner no quieren tener embajador en los Estados Unidos. De ahí la indiferencia en el trato con José Bordón, la fugacidad de Alfredo Chiaradía o esta explosión con Argüello -no hay que incluir en esa serie a Héctor Timerman, quien, siendo cónsul y embajador, fue mucho más que eso; es el lector de la política internacional de Cristina de Kirchner, rol que está por encima de los cargos-. Tener un embajador activo y de alto standing como ha sido Argüello y como lo pretendió ser Bordón obliga al Gobierno a rituales en la relación que se apartan del estilo que se quiere imponer con Estados Unidos, no a través de canales profesionales sino de contactos personales, señales en cumbre con Obama o Hillary Clinton, llamadas en ocasiones especiales. Con un embajador que actúe de tal el canal se ensucia porque el Gobierno no quiere perder esa herramienta para consolar a transversales que es el hostigamiento al imperio con el cual al mismo tiempo se pretenden las mejores relaciones. Cristina querría para ese cargo lo que Tommy Dorsey pedía de un buen baterista, que no se oiga sino que se sienta. Algo así entendió Timerman cuando fue cónsul y embajador.
La oportunidad del relevo coincide con el comienzo del nuevo mandato de Obama en enero próximo y con un nuevo secretario de Estado. Se va uno que fue amigo, Argüello, y se va una que ha sido amiga, Hillary Clinton. Viene el tieso John Kerry, eterno senador por Massachussets (ocupa una banca hace casi 30 años), que se preparó para ser presidente; superó a George W. Bush en los votos pero éste le ganó en la AFA (o sea en la Corte), experiencia que lo ha envarado más. No tiene récord antiargentino, pero nada indica que se vaya a ocupar de América Latina como lo hizo Hillary, dueña de una agenda más tercerista y, diríase, más de izquierda dentro del Partido Demócrata. Este Kerry, veterano de Vietnam y a la vez pacifista, es un halcón en materia de defensa, y uno de los promotores principales de los acuerdos de libre comercio. Nadie lo imagina a Kerry atento a países del Cono Sur; su límite es Colombia, Perú y quizás Brasil. Seguramente no quiso ser canciller de Obama, pero Cecilia Nahón tampoco tenía entre sus planes ser embajadora en Washington. El coaching al que se la somete en la Cancillería incluye aprenderse el perfil de los legisladores y dirigentes norteamericanos que son más amigos del Gobierno argentino y algunas claves que le acerca Timerman, que vivió allí y tiene vinculaciones. Tampoco Nahón es una profesional de la diplomacia, con lo cual el trabajo es mayor: le costará más, por ser mujer, y con eso además cumple otra novedad; con Marita Perceval, que debuta como representante en la ONU, toda la representación de la Argentina en el imperio queda en manos de las damas.
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