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José Cura cautivó a Londres
José Cura -quien no canta en Madrid desde su tumultuoso «Trovatore» en las navidades del año 2000- clausura así su doblete otoñal en el templo operístico londinense, donde cantó en octubre el papel de Jack Rance en otra obra de Puccini, «La Fanciulla del West».
Reemplazo
El triunfo de Cura tiene mérito, sobre todo a la luz de las adversidades. La más relevante, el cambio a ultima hora de partenaire, que dejó en cama por enfermedad a Irène Theorin y revistió del hieratismo de la princesa Turandot a la soprano sudafricana Elizabeth Connell, que está estos días en Londres interpretando un rol menor en «Hansel y Gretel» y que acababa de cantar la obra en la Ópera de Hamburgo.
La Turandot de Connell fue tan gélida como convincente. Tuvo seguridad de la voz y presencia dramática y aplomo para moverse por un escenario peligroso y escalonado y que no le era familiar. Notas que hablan de la veteranía de la sudafricana, que salvó a última hora un estreno que parecía condenado a quedar irremediablemente irregular
Montaje
Al margen de Connell y Cura, cabe destacar un nombre sobre el resto: el de la búlgara Svetla Vassileva, dulce e inspiradora en su interpretación de la mártir Liû.
Ajustado a los patrones del reggisseur Serban, el montaje conserva todas sus virtudes. La acción se sitúa en un Pekín sanguinolento, conmovido por las ejecuciones de los pretendientes de la princesa. Una ciudad representada en una especie de corral de comedias, entretejido de sombras y de celosías e iluminado por las cabriolas ocasionales de los bailarines.
Si algo cabe reprocharle al artefacto dramático de Serban es precisamente su espectacularidad, cuyos excesos distraen en ocasiones de la música de Puccini y hacen de pantalla más que de marco a su genialidad. De todas formas, hay imágenes poderosas como la de las bailarinas enmascaradas amenazando con sus cuchillos ensangrentados la garganta de Calaf o la de la aparición del verdugo afilando su sable en la cola de un metafórico dragón.
«Turandot» fue la última ópera de Puccini, que la dejó incompleta en su lecho de muerte. Hay quien ha visto en ella los indicios de la guerra de sexos y otros en cambio una premonición del fascismo que empezaba a adueñarse de Italia por aquel entonces. A los ojos del espectador de hoy, late entre sus pentagramas el despertar enigmático de China, necesario pero no exento de sangre.
La obra -dirigida con oficio por la batuta de Nicola Luisotti- permanecerá en cartel hasta el próximo 23 de enero.
Agencia EFE


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