27 de julio 2012 - 00:00

La Argentina recompensó a quienes confiaron

Jorge Argüello (*)
Jorge Argüello (*)
Los fondos buitre que insisten en acosar a la Argentina se ciegan tanto en tratar de repetir su costumbre de comprar títulos de deuda por centavos a naciones en desgracia para cambiarlos judicialmente por millones que pierden por partida doble: fracasan en sus reclamos y, además, ven cómo los acreedores que sí acompañaron el complejo proceso de reestructuración terminaron recompensados por el tremendo esfuerzo del país para recuperarse del desastre de 2001.

El repaso de la historia de la renegociación de la deuda externa argentina muestra una reestructuración de volumen inédito a nivel mundial, u$s 82.000 millones en bonos más otros u$s 21.000 millones en intereses también en default. Para comparar, hay que buscar los casos de Ecuador (u$s 6.500 millones), Uruguay (u$s 4.000 millones) y Rusia (u$s 30.000 millones).

Pero aún así, el nivel de dispersión y desorganización entre los acreedores carecía de precedentes, todo agravado por la falta de un mecanismo multilateral que facilitara una reestructuración semejante. Hablamos de 700.000 tenedores particulares e institucionales de 152 tipos de bonos en default, en siete monedas y bajo ocho jurisdicciones. Y sobrevolando, fondos buitre como el EM, de Kenneth Dart, y el NML, de Paul Singer, empecinados en conseguir más que cualquier acuerdo del Gobierno con sus acreedores.

En 2004, la Argentina propuso a sus acreedores renegociar con una quita de entre un 63% y el 45% sobre el valor nominal de la deuda (contra un 75% ofrecido en 2003, pero doblando los intereses). Los acreedores debían elegir entre bonos para 2038 o bonos descuento a 2033. Pero la propuesta incluyó dos elementos muy novedosos. El primero de ellos fue la Cláusula de Acreedor más Favorecido (MFC, en inglés), que les reconocería las mejores condiciones logradas con otros acreedores en posteriores negociaciones.

La otra gran novedad en este tipo de procesos de reestructuración fue el Cupón PBI, una garantía de que si la economía argentina crecía más de lo previsto ellos se beneficiarían con la recuperación (hasta una mejora de un máximo equivalente a 48 centavos de dólar, euro o peso por unidad). Así, el país evitaba asumir compromisos fijos en un contexto de dificultades económicas, pero al mismo tiempo ofrecía un estímulo a los acreedores para participar de la renegociación.

Las condiciones en favor de los acreedores se cumplieron cada año, desde 2006, salvo en 2010, cuando la economía argentina creció pero sólo un 0,9% respecto de 2008. Las innovaciones del proceso de renegociación de la deuda argentina sirvió de ejemplo para toda la comunidad financiera internacional. Recientemente, Grecia incluyó el recurso de atar los rendimientos de bonos a la evolución de su PBI, en el contexto de un programa de reformas acordado con la Unión Europea y con la aprobación del FMI.

Los fondos buitre y cualquier observador neutral puede corroborar ahora los resultados de la renegociación lanzada por la Argentina en 2005, cuando se había puesto un objetivo de aceptación del 50% de los acreedores y terminó obteniendo un 76,1% (en el caso de los inversores locales, un 99%), para canjear unos u$s 62.300 millones de bonos en u$s 35.300 millones de nuevos títulos de rendimiento atado al PBI. El propio Servicio de Investigaciones del Congreso de Estados Unidos reconoció que el canje, considerado el rendimiento del Cupón PBI, resultó de 60 centavos por dólar.

De ese modo, sólo tres años después de caer en default, la Argentina conseguía la mejor reestructuración de deuda pública de su historia. Después, con mucho sacrificio y políticas de aliento al crecimiento, el país demostró la importancia de haber logrado una reducción de la deuda suficiente como para volverla sustentable. Tras dos cuatrimestres de caída en 2002, la economía argentina rebotó hasta recuperar los niveles previos a la recesión ya en 2005.

En los seis años siguientes, y pese a la recesión mundial de 2008-09, la Argentina creció a una tasa del 7,3%, con récords del 9,2% en 2005 y 2010, y un acumulado del 139,8% entre 2005 y 2011. Todo ello, con orden fiscal y superávit comercial para asegurar su capacidad de pago y la sustentabilidad económico social interna.

¿Qué se perdieron los acreedores que rechazaron la propuesta de 2005? Mucho. Según Morgan Stanley, recibir ganancias del 90%. Los títulos renegociados superaron el 70% de los mercados de deuda en dólares en países emergentes y el 24% del mercado bursátil global. Hasta los commodities ofrecieron menos, como el petróleo WTI (47,5% entre 2005 y 2012). El bono descuento en pesos, después de los pagos de cupones PBI, aumentó en ese mismo período el 244,9% y un 122,4% sin ajuste. También bajo jurisdicción de Nueva York, el bono Par en pesos aumentó el 226,9% y un 135,2% sin ajuste. O sea, una ganancia promedio de más del 5% anual para sus tenedores, más que la inflación mundial.

Conclusión: los fondos buitre que rechazaron participar del canje de deuda de 2005 y decidieron gastar millones de dólares en litigar judicialmente y tratar de desacreditar a la Argentina con sucias campañas mediáticas no sólo se perdieron los pagos garantizados por el país, sino además los beneficios que pudieron obtener reinvirtiendo su dinero.

A los acreedores que comprendieron la situación, le creyeron al país y a su Gobierno y acompañaron el proceso de recuperación, como se ve, no les fue nada mal. La mala consejera, en este caso, fue la vena especuladora de origen que aísla a los fondos buitre y sólo prenuncia nuevos fracasos para Dart, Singer y el resto de sus malas compañías.

(*) Embajador de la República Argentina en los Estados Unidos de América.

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