16 de noviembre 2010 - 00:00

La feria de vanidades

Alejandro Zaia, Mauro Herlitzka y Diego Costa Peuser, fundadores de Pinta, en Nueva York.
Alejandro Zaia, Mauro Herlitzka y Diego Costa Peuser, fundadores de Pinta, en Nueva York.
Nueva York (Enviada especial) - La economía de los EE.UU. no está en su mejor momento, y la semana pasada, cuando se inauguró Pinta, la feria de arte latinoamericano que hace cuatro anos fundó en Nueva York el argentino Diego Costa Peuser junto a Alejandro Zaia y Mauro Herlitzka, nadie podía suponer que iba a ser un éxito. Es cierto, los carteles anunciando la Feria están colgados junto a los adornos navideños, en la Quinta Avenida y la Madison, y al igual que los grandes avisos en «The New York Times», contribuyeron a convocar un público numeroso.

Antes de que se inaugurara Pinta, la presidenta de la Americas Society, Susan Segal, brindó un cocktail de bienvenida a los directivos y a los patrocinantes y les impartió su bendición a Inés Echebarne (ICANA), Woods Staton, Alejandro Reynal y Erica Roberts. Cuando la curadora de moda, Gabriela Rangel, quiso hablar de arte, Roberts monopolizó la atención con sus botas largas, negras, que estrenó esa noche para concurrir al restaurante donde terminó bailando.

Para el vernissage, Maria Casado tenía un tapado negro de la diseñadora Betsy Johnson que rivalizaba con las obras de arte, parecía la protagonista de «Lo que el viento se llevó». Entretanto, el nuevo edificio elegido para la cuarta edición de Pinta, el conocido Pier 92, se colmó de invitados internacionales, entre ellos estaban (comprando) las poderosas venezolanas Paty Cisneros, Ella Fontanals Cisneros y Estrellita Brodsky. Se comentó que cuando alguna de ellas interviene en los remates de Sothebys o Christies, determina la suerte de esas ventas, y a veces, el fracaso. Entre los argentinos, más dedicados a mirar que a comprar, estaban Fabián Marcachio, Soledad Arias, Alejandro Cordero, Teresa Bulgheroni, Julieta Kemble, Fito Fiteman, Gustavo Sosa Pinilla, Mercedes Casanegra, Rafael Bueno, Teresa Anchorena y su bellísima hija, Clarita Cullen.

Abundaron las comidas esa noche, artistas y galeristas marcharon hacia Pío, a comer sofisticados pollitos, como su nombre lo indica. Entre un muslito y otro se comentó que en la revista «Vanity Fair» mencionaron a la patrocinante del Museo de Arte Moderno de Nueva York, Nelly Arrieta, porque donó varios millones de dólares al templo del arte neoyorquino.

Una comida casi académica en un restaurante francés de Chelsea, con deliciosos pescados y una raya al limón inolvidable fue la de la directora de la Fundación Proa de La Boca, Adriana Rosenberg, con Lila Zemborain, que desde hace décadas dicta clases en la Universidad de Nueva York, el crítico Rodrigo Alonso, las artistas Liliana Porter y Ana Tiscornia. Gente entendida señaló que en los museos que han invertido fortunas en reciclar su arquitectura se advierte ahora el control del gasto, que ya no es desmedido. Las muestras del Moma y del Guggenheim tienen exhaustivos trabajos de investigación que las tornan imperdibles, pero las obras están reunidas con más ingenio que dinero, con sus propias colecciones. Es decir, llegó el momento se sacar partido del arte que atesoraron durante años y que ahora sale de la trastienda para deslumbrar.

Nadie entre los argentinos se privó del shopping, una costumbre arraigada, casi un vicio, pero también dedicaron tiempo a ver los deslumbrantes edificios de la High Line en el Meatpacking District, con mayor precisión: el deslumbrante diseño de Frank Ghery en la calle 18, el paseo diseñado por Polshek Partnership, y las viviendas de Jean Nuvell en la calle 23.

A.M.Q.

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