11 de abril 2011 - 00:00

La insatisfacción vive en la pobreza y los escándalos

Durante su segundo Gobierno, Alan García dio un giro radical a su pasado. Lo que fue populismo exacerbado entre 1986 y 1990 se convirtió en el último lustro en una administración ortodoxa.
Durante su segundo Gobierno, Alan García dio un giro radical a su pasado. Lo que fue populismo exacerbado entre 1986 y 1990 se convirtió en el último lustro en una administración ortodoxa.
En una región donde el común denominador reciente ha sido que los presidentes entregaran el poder a sus delfines políticos, Alan García no consiguió siquiera postular a un candidato de su Partido Aprista Peruano para las elecciones de ayer. Las denuncias de corrupción y la mala distribución de la bonanza del denominado el «milagro peruano» son los principales motivos que dejaron a su Gobierno sin raíces.

Los datos duros muestran a un país que ha crecido a ritmo sostenido durante los últimos años, con un breve interregno en 2009 debido a la crisis financiera internacional. En el último lustro, Perú fue la economía de más alto crecimiento de América Latina.

«Contra lo esperado para un Gobierno de García, que fue extremadamente populista en su

primer período (1985-1990), esta vez la política fiscal se concentró en generar estabilidad y facilidades para la inversión y el crecimiento de las empresas. Así, se incrementaron mucho las reservas internacionales del país, se fortaleció la moneda nacional y se dieron facilidades para el comercio internacional» mediante la celebración de acuerdos de libre comercio, indicó a Ámbito Financiero el economista Rolando Arellano.

Pero no todos los números son brillantes. En el último sondeo de la firma CPI, la aprobación de García cayó a su nivel más bajo al ubicarse en un 15%, un dato que contrasta con los números de la macroeconomía.

«Sucede que esta bonanza se ha dado por el crecimiento de los precios internacionales del gas y la minería y no tiene que ver con el comportamiento del Gobierno, son sólo efectos externos», explicó a este diario el profesor de antropología de la Universidad Católica de Lima, Carlos Aramburu. «Además, los indicadores demuestran que este bienestar no se ha internalizado», agregó.

Las estadísticas oficiales afirman que desde 2005 la pobreza se ha reducido desde el 50% al 37% de la población, lo que se traduce en que al menos tres millones de personas hayan mejorado su calidad de vida. No obstante, en el libro «Perú, en el umbral de una nueva era», publicado por el Banco Mundial (BM), se sostiene que, a pesar de los avances, el país sigue muy atrás en materia de desigualdad en relación con su nivel de ingreso. «La pobreza sigue siendo un problema particularmente grave en la zona rural, donde el 66% de la población es pobre y un tercio vive en la extrema pobreza», subrayó el texto conocido a finales de marzo. La letra chica desnuda que el incremento de la actividad económica no se ha traducido en desarrollo, y que, por el contrario, el crecimiento ha ahondado el abismo entre las ciudades de la costa y las de las sierras, toda una paradoja dado que esta última es minera por excelencia.

«Son sólo números. El bienestar no existe para la mayor parte de la población, no existen mejoras en salud, en educación, aquí se enriquece sólo una minoría», indicó, por su parte, el economista Luis Alberto Arias a este diario. «Aún así existe una chispa que impulsó a diferentes sectores a crecer muchísimo, como el manufacturero y el turismo», admitió.

Aramburu evaluó que «Alan García se equivocó al pensar que el mercado lo soluciona todo. Falta que se invierta en la gente pobre, que se tenga en cuenta a los campesinos, a los habitantes de la Amazonía. No se puede hablar de crecimiento cuando a la mayoría le falta luz, agua e internet, entre otros servicios. El distrito de Huancavelica es ejemplo del abandono de las autoridades», afirmó.

Otro de los factores que jugó fuerte fueron los escándalos de corrupción en las que se vio involucrado el Gobierno. El de mayor resonancia se produjo a mediados de 2008, cuando 16 ministros presentaron su renuncia luego de que se revelaran negociados entre miembros de gabinete y empresas petroleras extranjeras para «facilitar» a éstas la concesión de lotes.

«Estas elecciones representan el cansancio y el escepticismo de la población sobre los partidos tradicionales que tuvieron el poder en las últimas décadas», dijo a Ámbito Financiero el politólogo Mario Del Castillo. «También explica por qué más del 80% del electorado no simpatiza con ningún candidato, y el único que ha subido en los sondeos es Ollanta Humala. Para muchos él representa un cambio, aunque su posición de izquierda también causa espanto», afirmó. «Quien triunfe en el balotaje de junio deberá afrontar un panorama complicado en cuanto a la gobernabilidad, porque necesitará ganarse la erosionada confianza de la sociedad. Una tarea difícil, a no ser que quien asuma deje todo como está, como siempre», finalizó.

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