“La literatura asumió su condición de mercancía”

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A Constantino Bértolo le gusta ironizar, ser cínico o cáustico respecto al porvenir de la literatura. Bértolo, uno de los críticos y editores más prestigiosos de España, ha dirigido los sellos Debate y Caballo de Troya, es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Fundó y dirige la Escuela de Letras de Madrid. Es profesor en el Master de Edición de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y de la Universidad de Salamanca. Entre sus libros están: "Huelgas, revueltas y revoluciones", "El ojo crítico", "La cena de los notables", "La edición sin editores o el capitalismo sin capitalistas". En su breve visita a Buenos Aires para participar en el FILBA acordamos un encuentro posterior para dialogar sobre el mundo del libro y la situación actual de la literatura.

Periodista: En su extensa carrera cómo crítico y editor, ¿qué cambios advierte en la literatura?

Constantino Bértolo:
Antes, la literatura era un territorio del conocimiento donde se expresaban las mejores facultades de la condición humana. Era algo que se encontraba a través del libro. Y cambió la condición humana y la condición del universo. Antes participaba el tiempo. Vivíamos en un tiempo, leíamos en un tiempo. Hoy no sé si existe el presente. El pasado ocupa muy poco lugar y el futuro casi ninguno. Vivimos en simultáneo. Llegamos a tener en una pantalla todo lo que está sucediendo. La literatura ha dejado de pertenecer al humanismo, que es una concepción del tiempo. La literatura que pertenecía a las Humanidades ha ido derivando hasta ser casi una variedad de la industria del entretenimiento. Ha asumido su condición de mercancía, un tanto especial. Tiene un público que aún siente que es parte de un territorio de distinción. Algo del pasado, de las élites, de haberse cultivado. Es mucho lo que ha cambiado. Hoy los autores saben que si no se convierten en mercancía no existen. Eso lleva a una concepción histérica de la literatura. El escritor tiene que volverse exhibicionista. Si no se lo ve no existe. Si no vende no existe. Hay una urgencia por llamar la atención. Eso provoca literatura que lleva noticias, supuestas investigaciones, para llamar la atención. ¿Hoy cómo le vendería a un librero "En busca del tiempo perdido" de Proust el corredor de una editorial? ¿De qué va? De un tipo que recuerda su vida y la gente que conoció.¿Habla de gente famosa? Es francés. ¿Aburrido, no? Traeme un ejemplar, aunque no creo que se venda. En vez si dice: es de un narcotraficante violador serial de adolescentes de clase alta a las que convierte en adictas de... "Traeme diez, para empezar", lo interrumpe el librero. Estamos asistiendo al Siglo de Oro de la lógica burguesa de soy lo que vendo, soy lo que compro. Esa lógica antes estaba mezclada con la lógica aristocrática de lo mejor, lo superior, los valores. Hoy esos valores son hipocresías del pasado, la realidad es crematística.

P.: ¿Está hablando de los "artefactos narrativos" que ofrecen como novelas los nuevos autores?

C.B.:
Los autores, y no sólo los nuevos, han ido internalizando los mecanismos del mercado. Hoy el marketing forma parte de la poética, se quiera o no se quiera. Los textos surgen del caldo de cultivo que los rodea para entrar en el mercado. Vargas Llosa, por dar un ejemplo, que es una marca, no necesita conquistar mercados, ya los tiene. Los autores nuevos tienen que hacerse un lugar. Por eso tratan de presentar un nuevo modelo, sorprender, lograr algún tipo de valorización. A mí me gustan los que decepcionan, los que van contra las reglas actuales, los más literarios. Pero si están escribiendo fuera del mercado son invisibles o llegamos a conocerlos tardíamente. Son personajes para Vila-Matas. Sólo existen si un crítico o un narrador, desde el mercado, señala su no-existencia hasta ese instante. Y en algunos casos esa obra se vuelve un éxito de ventas de ese autor que se suicidó luego de llevar su libro a muchas editoriales, donde se lo devolvieron con la nota: nos interesará conocer su próximo manuscrito.

P.: ¿Por qué destaca tanto la importancia del tiempo?

C.B.:
Antes leer era el intercambio de tu tiempo con el tiempo de un maestro. Se cedía un tiempo de vida pero se ganaba la sabiduría de un tiempo ajeno. Ahora la gente, mayoritariamente, pide pasar el tiempo, matar el tiempo. No hay ningún deseo de intercambiar, sino de gastar. De gastar lúdicamente en medio de una divertida tempestad. Antes se tenían maestros, referencias verticales, se miraba hacia arriba. En las universidades, en las academias, se procuraba que no circularan demasiadas historias tóxicas ni palabras fraudulentas, pareciera que hoy no hay mucha voluntad en ese sentido. Hoy los jóvenes tienen referencias horizontales, ellos mismos, lo que leen, opinan y escriben los de su generación. Saben que viven la competencia. Que de pronto los youtubers consiguen un mercado inesperado de otro tipo de lectores. Saben que el mercado va a salvar a algunos y condenar a muchos. El siglo pasado un escritor cuando alguien se le acercaba pensaba en un posible lector, alguien que legitimaba su trabajo. Hoy hay demasiados autores que no tienen lectores, tienen clientes. Ya no buscan la complicidad, buscan el consumo de su producto. Y los lectores que se interesan en dialogar con un autor, es porque quieren escribir. Vivimos una época en que sobran los recursos para quien quiere escribir, por eso hay mucha más gente que escribe. Ahí están los blogs, las redes sociales, las páginas en la web, Facebook, un mundo revolucionado. Cualquiera tiene abiertas las puertas a la expresión. Bravo, pero eso abre también a la confusión, pone en discusión qué es la literatura. La olla a presión ya encontrará la forma de escapar su ebullición, y por ahí sale un modo que nadie piensa.

P.: ¿En qué medida en el editor participan sus gustos literarios?

C.B.:
El gusto literario no es tan personal como se supone. Se quiera o no de muchas maneras se nos está diciendo qué nos tiene que gustar y qué nos tiene que no gustar. Si quieres estar al día tienes que consumir esto, decir que te gusta esto. Y más que decirlo, que te guste de verdad. La formación del gusto es algo muy complejo que depende de muchísimos factores. Ttiene que ver con la vieja idea de la literatura. Siempre digo, en mis clases, que es muy importante que nos preguntemos, cuando estamos leyendo, cómo hemos llegado a ese libro, cómo supimos que existe, por qué pensamos que teníamos que leerlo. Es un camino en que intervienen múltiples factores, que son más materiales de lo que podemos pensar. Cuando se entra en una librería, ¿por qué esos libros están a la entrada y otros perdidos en el fondo, que ni se sabe que existen? En las librerías no hay democracia. Como en la vida, hay los que están en buena posición y otros, allá abajo, en el anaquel del fondo.

P.: ¿Qué pasó cuando dejó el mundo editorial?

C.B.:
Me tocaba ya salirme. Caballo de Troya se constituyó como una pequeña editorial independiente dentro de Random House Mondadori, una gran multinacional que ha sumado ahora Penguin. Intenté un laboratorio para descubrir nuevos autores, nuevas tendencias. De allí salieron, entre muchísimos otros, Mercedes Cebrián, Elvira Navarro, Mario Levrero. Busqué voces frescas, iconoclastas, rupturistas como una joven promesa de la literatura argentina: Aurora Venturini, de 88 años. No tenía presiones, se me pedía una tasa discreta de beneficios, y que no tuviera pérdidas. Eso permite a un editor leer de forma distinta, si no siempre está funcionando la máquina de calcular. Una forma distinta no significa descartar lo económico. Quien escapa a eso corre el peligro de extraviarse o convertirse en extraterrestre. El asunto pasa por tener una reflexión crítica sobre los manuscritos y ver sus potencialidades. Tras diez años al frente de Caballo de Troya uno siente que pierde ciertas perspectivas y deja paso a otros profesionales. Por otra parte, el interés editorial se ha ido concentrando en aquellos productos que tienen una mayor expectativa de venta, en lo que es consumo de masas. La edición literaria, culta, ha quedado para pequeños emprendimientos. Eso sí, cuando la pequeña editorial tiene un autor que gana mercado, la gran editorial rápidamente lo compra, logra el pase. Y si la pequeña editorial tiene un catálogo que se ha vuelto valioso, la gran editorial directamente la compra y la convierte en uno de sus sellos. En fin, regresé a la crítica literaria. Como las revistas literarias han ido despareciendo sólo van quedando los suplementos literarios, que están muy sujetos a la actualidad, al mercado, a la presión editorial. Por otro lado, volví a la enseñanza. Yo había creado en 1989 una escuela de escritura creativa, la Escuela de Letras de Madrid, con Juan José Millás, Jesús Ferrero, José María Guelbenzu, entre otros, donde ejercí como director de Estudios.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

C.B.:
Un libro de ensayos sobre una variedad de temas en torno a lo literario como por qué hay novelas que atrapan, cómo se habla del dinero en las novelas, el adulterio no como una historia de amor sino por el deseo de ser otro, por qué en un momento determinado en nuestro país se multiplican las novelas de perdedores cuando la sociedad ha tenido un desplazamiento hacia arriba y no hay autor que cuente de un logro.

Entrevista de Máximo Soto

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