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“La noche de los museos” confirmó una institución
Sede del Centro Cultural Recoleta, uno de los tantos museos que sostienen la actividad en Buenos Aires.
Nacido a fines del siglo XVIII, el museo de arte alcanzó su plena madurez a fines del siglo XX. Creado por el Iluminismo como un ser de la razón, encuentra su mayor razón de ser doscientos años más tarde. Establecido para democratizar el saber, sabe más de democracia veinte décadas después.
Es natural que los artistas de vanguardia se lanzaran contra los museos al iniciarse el siglo XX. Los pintores futuristas fueron los primeros en llamarlos «cementerios». Cincuenta años después, Theodor Adorno escribía: «Lo que relaciona museo con mausoleo es algo más que una simple asociación fonética. Los museos son algo así como los sepulcros familiares de las obras de arte».
En el siglo XX empieza a variar, especialmente en los Estados Unidos, donde aparecen instituciones dedicadas a las nuevas estéticas: el Museo de Arte Moderno de Nueva York, fundado en 1929, y luego el Guggenheim, de la misma ciudad, creado en 1937. La arquitectura sale a intervenir en la configuración de los espacios museísticos, objetivo que sólo se alcanza plenamente a partir de la década del 50. Sin embargo, el proyecto de «museo de crecimiento ilimitado», de Le Corbusier, data de 1939 y acaso haya influido -con sus salas que se suceden en espiral- en el diseño de Frank Lloyd Wrigth para el Guggenheim, elaborado en 1943-46.
La idea de Le Corbusier va más allá de su planteo arquitectónico: el museo que puede crecer según sus necesidades y recursos es el museo como mundo vivo, y, por lo tanto, abierto y en expansión, que se opone a la antigua imagen del mundo muerto del museo, lugar cerrado que no requiere extenderse ni ampliarse, por cierto.
La crisis de identidad del museo de arte empieza a disiparse a mediados de la década del 70, cuando deja de ser solamente una institución para exhibiciones, para convertirse en el paradigma de las acciones culturales de nuestro tiempo. Si las catedrales fueron los museos de arte de la Edad Media tardía, los museos de arte se convirtieron en las catedrales de la Edad Contemporánea en el último cuarto del siglo XX.
Las vanguardias entraron, finalmente, a los museos, y es sensato pensar que su influjo ayudó a la transformación definitiva de las instituciones de arte en lugares de perpetua fusión entre las creaciones estéticas y la vida cotidiana, capacidad que alcanza, es importante advertirlo, a las obras de ayer como a las de hoy, muchas de las cuales vienen a lograr así, lo que sus autores persiguieron sin conseguirlo.
En cuanto a «La noche de los museos», Mauricio Macri sostuvo que «esta propuesta fortalece el hábito de la salida al museo y la vinculación con el arte y la cultura, a la vez que alienta el trabajo mixto en el que participa el estado acompañado por el sector privado y los espacios de arte local e instituciones extranjeras».
El museo se plantea al espectador como el lugar por antonomasia de las experiencias culturales en las que puede participar interactivamente, lo que no ocurre en otras disciplinas, que además, también se dan en los museos de hoy, ya no limitados a las artes visuales.
Suele desacreditarse la musealización al señalar que se vale de técnicas tomadas a los centros de compras, los recitales populares de música y danza, el marketing comercial. Es una descalificación injusta, porque un museo de arte no puede ser ajeno a las relaciones sociales, como lo había sido antes, y esas relaciones se basan en modalidades actuales, que no es sensato ignorar o desechar. Quienes hablan así continúan añorando los museos-cementerios-templos-depósitos de otro tiempo.
Adorno supuso que el museo vencería a las vanguardias: en cierto modo, es lo que ocurrió; pero hay que preguntarse si, también en cierto modo, las vanguardias no vencieron al museo, sin siquiera proponérselo. «El público pinta sus cuadros trescientos años después que el artista los firma», decía Marcel Duchamp, quien realizó su última obra, la instalación Dadas, en el Museo de Filadelfia; y también creó, en 1941, su Caja en maleta, un museo portátil de sus obras.
Lo importante, lo decisivo, es que los museos se pusieron en movimiento para que sus obras convocaran al espectador, haciendo de él un protagonista de cada muestra, permanente o temporaria. Estas últimas con sus catálogos-libros, sus diapositivas y sus videos, su documentación histórica y estética, se convierten cada vez más, en pequeños museos en sí mismos y por sí mismos.


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