17 de noviembre 2017 - 14:00

La odisea del agua en Alonso, un paraje aislado en la quebrada jujeña

A ocho horas a pie por caminos de montaña a 3.800 metros de altura, en esa comunidad viven nueve familias y funciona una escuela. Buscan resolver el problema de acceso al agua gracias a un proyecto del ProHuerta, que permitirá regar sus cultivos y ganar calidad de vida.

La odisea del agua en Alonso, un paraje aislado en la quebrada jujeña
Cuando ríe, a Paulina Farfán apenas se le notan sus setenta años. Se ríe con todo el cuerpo: abre las manos, levanta los hombros, sacude los brazos, parece saltar en cada carcajada. Viste un polar rojo, gastado. Ancha pollera azul, sombrero de copa baja. Suelta su risa estridente a las puertas de su casa, una modesta construcción de adobe mimetizada con el paisaje árido, seco, quieto de Alonso, una comunidad perdida en la quebrada jujeña.

"¿Cómo es mi vida?", repitió la mujer, que llegó a este lugar con 16 años, desde su Abra Pampa natal. Se arregla con su hacienda, unas doscientas cabezas de ganado ovino. "Hago quesos, vendo lana y carne para sustentarme la vida", decía. Le preguntaron si hay buenas lluvias. "A veces", dijo, "otros años, nada. La quebrada se seca y tenemos que ir a buscar agua al río". En ese paraje, a 3.800 metros sobre el nivel del mar, las precipitaciones se concentran entre enero y febrero: suman 150 milímetros de lluvias torrenciales por año.

Entonces pasaba su sobrino, Benjamín, acompañado por un amigo. Y era esto lo que divertía a Paulina: los hombres transportaban un tanque de agua, un tacho de plástico azul tan liviano como aparatoso, difícil de cargar, zarandeado por el viento. El tacho azul se alejó hasta perderse en la inmensidad de los cerros y Paulina retomó la conversación que había dejado en suspenso.

"Es poco caudal, pero con este dren la va a poder juntar y no se va a perder", dijo Rodolfo 'Fito' Córdoba, de la Subsecretaría de Agricultura Familiar de Jujuy, tras enseñarle cómo colocar el caño ranurado que captará el agua de un pequeño manantial y, mediante 400 metros de manguera cerro abajo, llenará el tanque que acaban de instalar en su casa.

Junto a Córdoba, otro extensionista aportaba más información: "Este es un proyecto especial del programa ProHuerta, financiado por el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, para abastecer de agua a nueve familias de la comunidad de Alonso, con obras en cada uno de los predios y la escuela, el puesto de salud y el salón comunitario", dijo Fernando Echazú, del INTA Abra Pampa, responsable técnico del proyecto.

Entre 2016 y 2017, el programa ProHuerta puso en marcha más de 600 proyectos especiales de desarrollo rural que, de acuerdo a sus estimaciones, servirán para mejorar la calidad de vida de unas 50.000 familias en todo el país. Más de un tercio de esas iniciativas está enfocado en resolver el acceso al agua para uso integral de distintas comunidades.

"El impacto es inmediato en la calidad de vida", dijo Echazú, "porque mejora el acceso al agua en una vivienda que antes no tenía ni una canilla. Y, avanzando más, podemos mejorar la capacidad de riego, aumentar la producción y mejorar la calidad de los productos para autoconsumo".

Caminos de herradura

Esa mañana, Córdoba y Echazú habían salido desde Tilcara hasta el pueblo de Huacalera, 100 kilómetros al norte de la capital de Jujuy, sobre la Ruta Nacional 9. Aunque pequeño y sencillo, el poblado cuenta con notas muy peculiares: por allí cruza el Trópico de Capricornio, señalado con un monolito y un reloj solar. Hay, además, una antigua capilla de estilo cusqueño, construida en 1655 y declarada monumento histórico nacional: en sus alrededores fueron enterradas las vísceras del general Juan Galo de Lavalle, descarnado por sus partidarios días después de su extraña muerte, en 1841, mientras trasladaban su cadáver a Potosí para evitar que los rosistas lo profanaran. Huacalera es también el punto de acceso a la Quebrada de la Huerta, sitio de excavaciones arqueológicas donde se han hallado objetos y ruinas incas.

Por allí cruzaban los extensionistas. Debieron andar unas tres horas por un camino donde sólo había piedras, cardones, monte, sol y viento. Un hombre cincuentón mascaba coca y los esperaba en la cima de un cerro. Nacido y criado entre esos picos, Beno Salas recuerda que sus padres solían sembrar sobre las laderas y peñas de la quebrada. Echazú y Córdoba están determinados a recuperar esos sembradíos. El primer paso: llevar agua para regar.

Para Córdoba, el caso de Salas permite ilustrar la situación del resto. "La disponibilidad de agua es muy poca. Las casas están cerca de algún ojo de agua, algún ciénego -manantiales difusos-, pero hay que hacer obras pequeñas y trasladar agua con distancias entre 300 o 400 metros".

Cuando terminaron las mediciones, alguien observó que los sobrevolaban dos cóndores. Salas los acompañó hasta el Abra de la Cruz, una extensa planicie de suelo arenoso. "Aquí hay que andar con cuidado porque es una zona muy punosa", aconsejó. Los extensionistas cruzaron ese desierto casi en silencio. Algunas horas más tarde comenzaron a advertir mensajes escritos sobre las piedras: un mapa de la Argentina, una lista de palabras esdrújulas, la grafía de algunos guarismos, principios de trigonometría. Era una señal inconfundible: se acercaban a la escuela.


El pulmón de Alonso

Aunque las nueve familias de Alonso están dispersas por la quebrada, la Escuela-Albergue Nº 133 es el núcleo de la comunidad. Allí hay, además, un puesto de salud, un salón comunitario y una capilla cerrada con candado, que abre sus puertas una vez al año, en ocasión de las fiestas de San Agustín.

De Huacalera a ese centro urbano hay 20 kilómetros, pero debido a la naturaleza de los caminos, ese trayecto implica horas de esforzada caminata. Bien lo saben los niños de los parajes aledaños de Mudana, Sisilera, Abra de la Cruz, Pampa Corral, Quebrada Amarilla y Rincón de Yala.

"Esta institución es el pulmón que da vida al lugar, es la certeza de que aquí hay familias", dijo Silvina Velázquez, que hace siete años dirige ese establecimiento educativo. "Venimos con muchas ganas, pero los niños son quienes más esfuerzo hacen".

Además de Velázquez, la escuela cuenta con un docente de grado, una maestra especial de técnica agropecuaria y tres personas que hacen tareas de maestranza. Tienen un termotanque solar y, desde el año pasado, paneles solares que les permiten utilizar algunas apartados eléctricos. En una huerta y un invernadero producen las verduras que necesitan para abastecerse. Incluso, en ocasiones, pueden vender los excedentes.

"Extraemos agua de una toma que dista a doscientos metros de la escuela", indicó la directora, quien señaló: "Por cuestiones climáticas y el ingreso de elementos como hojas, esas mangueras se tapan, entonces no permite que el agua llegue bien. Pero ahora con este proyecto se van a solucionar muchos de estos problemas y mejorar la calidad del agua".

Velázquez se lamenta porque la matrícula escolar se achicó, pues muchas familias emigraron: las casas quedaron abandonadas y solamente permanecen las personas mayores. "Es fundamental que contemos con este apoyo para la institución, pero también por el bien de los niños", dijo.

De acuerdo con Córdoba, esta clase de proyectos que "mejoran notablemente la calidad de vida" contribuyen a resolver ese problema. Según explicó, el éxodo podría revertirse: "Tienen que tener un incentivo para quedarse en estos lugares y si les aportan lo básico para que puedan vivir, entonces hay una oxigenación para que la gente esté acá. Si no, vuelven a emigrar". En esa línea, el extensionista aseguró: "Obviamente, si esto no lo hace el Estado, no lo puede hacer nadie".

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