10 de agosto 2011 - 00:00

“La Shoa es el punto de inflexión en el canibalismo humano”

Los protagonistas de «Ajo para el diablo» son una pareja de judío y católica con una hija con la que Fingeret buscó «recalcar cómo cambió gente que fue revolucionaria en los 70 y hoy viste Armani, y siempre está a la búsqueda del poder».
Los protagonistas de «Ajo para el diablo» son una pareja de judío y católica con una hija con la que Fingeret buscó «recalcar cómo cambió gente que fue revolucionaria en los 70 y hoy viste Armani, y siempre está a la búsqueda del poder».
El diálogo conflictivo entre dos generaciones -la de un padre judío y una madre católica con su hija, que de militante ha pasado a funcionaria-, sirve a Manuela Fingeret para mostrar en su nueva novela «Ajo para el diablo», que editó Planeta, la permanencia de un mundo siniestro que marcó el siglo pasado, cuyo «punto máximo del canibalismo humano» fue el Holocausto. Manuela Fingeret, narradora y ensayista, fue entre 2000 y 2006, directora de la Red de las Bibliotecas Públicas de la Ciudad y Coordinadora de Programas Culturales de Buenos Aires. Dialogamos con ella.

Periodista: Su novela tiene un tránsito narrativo curioso, mezcla Alemania, Argentina y Perú, el pasado y el presente.

Manuela Fingeret: «Ajo para el diablo» es un puzzle. Quise contar de una generación mayor que la mía, con una hija de una generación menor a la mía. Ellos atravesaron las tensiones de los últimos 40 años en nuestro país y en el mundo. Hace 30 años que cayó el Muro. Las huellas de los campos de concentración siguen presentes. Un matrimonio, que ha recorrido gran parte de su vida, pasea por Berlín. Él es un judío con una cultura que le viene de familia, sembrada de cuentos jasídicos, sabores de comidas tradicionales y relatos de aldea que le entregaba su abuela. Ella es católica y también tiene una cultura que viene de sus raíces. En Buenos Aires está Andrea, la hija de ambos, que de un pasado de militante, de su exilio, ahora se está desplegando con otra perspectiva. En ese sentido, tenía interés en recalcar cómo cambió gente que fue revolucionaria en los 70 y hoy viste Armani, y siempre está, directa o indirectamente, a la búsqueda del poder.

P.: ¿Cómo hizo para contar Berlín desde las impresiones y emociones de esos dos adultos?

M.F.: Fui a Berlín invitada a un congreso de escritores hace cuatro años, y dudaba si ir o no. Alemania me producía una sensación ambivalente. Parte de mi familia fue asesinada en la Shoa. Andar por allá no era para mí algo sencillo. Y me pasó algo inesperado, me encantó Berlín. Recordaba el Berlín de Alfred Döblin. Veía personajes que me recordaban el título de aquella película «¿Qué hiciste tú en la guerra, papá?». Eso que aparece en mi novela fue un descubrimiento que me sucedió a mí y que trasladé ficcionado, con cosas que no me pasaron y con las que no tengo nada que ver, salvo haberlas inventado. Bueno, algunas sí. Mi desafío fue hacer pasar a los personajes por situaciones conflictivas, el enfrentamiento con una hija en los años de su militancia que va tensando las relaciones familiares en cada uno a su modo. Y va gestando una identidad problemática para la hija, que en algún momento se plantea: no sé quién soy, ¿la hija de quién soy?, por tener un padre judío y una madre católica. Por Alemania, la Argentina, y Perú voy mostrando distintas facetas de una misma problemática, de los diferentes recorridos vitales de esa familia.

P.: Un eje de esa historia familiar es la marca dejada por el Holocausto, que no sólo está en las andanzas por Alemania, sino que aparece en recuerdos de nuestro país.

M.F.: La Shoa nos marcó a los judíos de un modo imposible de transmitir. Yo me siento de algún modo una sobreviviente. La Shoa atraviesa mi libro a través del padre, porque también es de algún modo un sobreviviente, su mamá y su papá habían estado en un campo de concentración y lograron sobrevivir. Ese tema lo dejó de lado mucho tiempo pero, como nos sucede a muchos cuando nos volvemos mayores, empieza a reconstruir partes que fueron olvidadas o que quisimos olvidar, y de pronto aparecen de un modo muy fuerte. La Shoa no es sólo un hecho que atravesó al pueblo judío, ni sólo como dice Hannah Arendt la banalidad del mal, sino el punto máximo de la expresión más caníbal del hombre. Un punto de inflexión en el canibalismo humano.

P.: Ese universo siniestro está marcado en su novela con un ser fantasmal, una suerte de «Erdosain, El Enjuto, Goebbels».

M.F.: Es parte de los misterios que ofrece la novela y tiene que ver con su título. Es alguien que recorre toda la historia y que cada uno interpretará a su manera. Es un símbolo de lo siniestro que, como el Golem, un ser vivo y muerto a la vez, se puede convertir en una figura humana, o puede ser un fantasma que nos recorra toda la vida. En mi barrio se decía que había que poner ristra de ajos para que no entrara el diablo.

P.: ¿También entre los símbolos está el nombre que da a los personajes, esos EL y ELLA con mayúsculas?

M.F.: Es que son universales, de algún modo somos todos nosotros. Esa pareja, con sus contradicciones y diferencias, logra vivir unida, con amor a pesar de todo. Traen costumbres distintas pero se han integrado. Él tiene un dejo irónico que por momentos parece que la desprecia, que proviene del humor judío, el de un Woody Allen, pero sabe que ella le hace mucho bien. A ella le ocurre algo parecido.

P.: ¿Cuánto hay de su propia vida en «Ajo para el demonio»?

M.F.: Los escritores no inventamos, ficcionamos. Siempre hay algo nuestro en los personajes, algo vivido, escuchado, nos han transmitido. Yo he encontrado muchos hombres y mujeres que tenían una visión de la Shoa, del Holocausto, que proviene de libros y películas, diría que es hasta romántica. Pero cuando por un viaje se encontraron en lugares donde ocurrió esta tragedia, guetos, campos de concentración, crematorios, monumentos, museos, o sencillamente en ciudades emblemáticas de ese horror del pasado, regresaron con la sensación de que lo que había ocurrido también los marcaba a ellos, que si bien afectó centralmente a los judíos, marcó al mundo.

P.: Eso lo enfrentan sus personajes también cuando visitan el hotel Edén, en Córdoba.

M.F.: Esa es una experiencia que tuve que convertí en ficción. Conocí ese hotel gracias a amigos que, como en la novela, van a buscar el otro lado de las cosas. Visitar ese hotel que fue refugio de alemanes nazis fue impresionante. Me impactó conocer la historia de ese hotel que compraron Ida y Walter Eichhorn, amigos de Hitler, con quien se carteaban, donde se escondieron sobrevivientes del Graf Spee. Quise que la pareja viviera eso.

P.: ¿Qué rol cumple la hija de la pareja, que de militante pasa a funcionaria del Estado?

M.F.: Es una típica intelectual de los años 70, que muy joven se jugó por una idea, y que después del exilio y distintas cosas que le sucedieron se fue transformando en una persona que apoya la real politik, que se fue adaptando a la posmodernidad institucional. Pero también, hay en ella un no terminar de fraguar su identidad, un aún preguntarse «dónde estoy parada, quién soy en realidad».

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.F.: Una investigación sobre César Tiempo que aparecerá el año que viene. Lo que más me entusiasma es en lo que estamos trabajando con la artista plástica Mirta Kupferminc, hija de sobrevivientes de la Shoa, sobre cómo se podía hacer vida a través de la creatividad. Resultó «La vida espuma» una muestra multimedia, en la que trabajamos cuatro personas, que enlaza lo plástico, poemas, música y video, que se presentará en marzo del año que viene.

Entrevista de Máximo Soto

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