29 de junio 2016 - 00:00

La supervivencia y los fantasmas

La supervivencia y los fantasmas
No esperaba a nadie. Había entrado a ese bar "para evocar con calma a algunos fantasmas del pasado, entre ellos el mío: joven fantasma a disposición del viejo escritor en que me había convertido". Así comienza Jorge Semprún, el gran escritor, político, guionista, uno de los pensadores clave del siglo XX, lo que debía ser un repaso de su vida, testimonio que quedó interrumpido por su muerte en París en 2011.

A los 88 años quería revisar su historia, hablar descarnadamente de los acontecimientos que habían marcado su vida y buena parte de su obra. Sobre todo la que inició con "El largo viaje" y "La escritura o la vida". Parte de aquel muchacho comunista de 20 años que estudia filosofía en la Sorbona. Ese que vive el curioso y cómodo exilio de su familia, tan aristocrática como republicana, en el París ocupado por el ejército nazi. Que un día decide pasarse a la Resistencia, convertirse en partisano, en el maquis Gerald Sorel, apodo que descarta para continuar usando su nombre. Allí se originan esos "ejercicios de supervivencia" que lo llevaran a otro modo de pensar. Es capturado por la Gestapo. A pesar de las más terribles torturas no logran sacarle el nombre de uno solo de sus camaradas. "La experiencia de la tortura no es únicamente la del sufrimiento, la de la abominable soledad del sufrimiento. Es también, sobre todo, sin duda, la de la fraternidad".

Lo que se calla "es rico en las voces, las vidas que protege, que permite seguir existiendo". El prisionero se convierte en "un ser-para-la-muerte" proyectado hacia los demás, que desde la entrega de su vida alimenta la vida de los otros, vive una "experiencia de la fraternidad", Experiencia que se da de otros modos. En la orquesta que se forma en el campo de concentración y exterminio de Buchenwald que toca jazz a escondidas de los SS, para quienes es música "degenerada", y de los viejos comunistas para los que son "ruidos de la decadencia imperialista". Es la que se da cuando se canta por los altoparlantes en francés una canción de Charles Trenet que habla del regreso a un barrio de París y es como un viento de libertad que sacude a los prisioneros.

Experiencias de fraternidad de la que jamás conocerán los verdugos, sostiene, quienes por más que lo digan, por más que lo finjan, están "privados de los bienes del mundo, de tener una casa en el mundo, hace más pobres a esos pobres miserables que ya eran".

Cada tanto el lector tropieza con un encuentro en medio de la barbarie donde hay un cruce de miradas que parecen intercambiar "vino, libros, rosas, o por el contrario, la soledad, una muerte, la desesperación". Cada tanto se tropieza con traiciones y heroicidades, brutalidades y valentías, y constantes lecciones de un sereno humanismo.

Máximo Soto

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