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“La tradición literaria europea está algo cansada de sí misma”
Argüello: «El estilo de ‘El mar de todos los muertos’ responde a la idea de cómo construimos la realidad en nuestra cabeza, con la unión de lo recordado, lo vivido, lo presente y lo imaginado».
Periodista: ¿Cuánto hace que reside en Barcelona?
Javier Argüello: Van para nueve años. Pensé que era un buen lugar para terminar mi libro «Siete cuentos imposibles»; con uno de esos cuentos había ganado en el 2000 el primer premio en el concurso de cuentos de la revista chilena «Paula». Quince días antes de volverme dejé los originales en una editorial, y tres días antes de emprender el regreso, me llamaron porque querían publicarlo, eso me cambió los planes. Volví a Buenos Aires, cerré mi casa y me fui a vivir a Barcelona, un añito, a ver qué pasa. Comencé a hacer de todo un poco, desde informes para la editorial a arreglar veleros, desde notas para el diario «El País» a dar clases en la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonés. Entre medio de eso me casé con una chilena.
P.: ¿De qué trata su novela «El mar de todos los muertos»?
J.A.: De un escritor que se retira a Mallorca para dejar de escribir. Su editor le presta un solitario caserón frente al mar, en una cala solitaria, con la esperanza de que el lugar le haga desistir de su propósito. Joaquín se va escapando de Barcelona, del mundo cultural y editorial. Es una verdadera fuga. Y cuando está allí, con la única compañía de un perro, Argos, que es el dueño de la casa, comienzan a aparecérsele personas del pasado de la casa, personas de su propia historia y personajes de la ficción que había renunciado a escribir, que se empiezan a mezclar en una realidad que confunde todos los planos. Hay gente muerta que aparece, que no son fantasmas, que surgen naturalmente, que están ahí. Se mezclan tres planos de realidad: el de los vivos, el de los muertos y el de los personajes ficticios, conviven en un mismo plano alegremente.
P.: ¿Cómo llega a ese forma de escritura?
J.A.: Responde a una idea que me está dando vueltas hace tiempo de cómo nos construimos la realidad en nuestra cabeza, y que es un poco así, con la unión de lo recordado, lo vivido, lo presente y lo imaginado. Uno tiene conversaciones con gente que ya no está, charlas hipotéticas con gente con la que no las ha tenido, diálogos con uno mismo, y todo eso arma lo que es la realidad para uno. Creo que esto nos pasa a todos cada día y en la novela trato de concientizarlo, de hacer a propósito lo que nos ocurre de modo natural. Ahora he continuado esa investigación desde un ensayo cuya primera pregunta es: ¿quién está ahí? ¿de dónde viene esto que nos obliga a tener que contarlo? ¿viene de afuera o de adentro nuestro?. Ahí comienzo la discusión.
P.: Su historia corresponde a diversos géneros: realista, fantástico, de aventuras, ¿es finalmente una historia de amor?
J.A.: Hay quienes sostienen que siempre se están escribiendo historias de amor. El otro día Martin Amis decía que hay tres argumentos: amor correspondido, amor no correspondido y, creo que amor ausente. Siempre hay una historia de amor. A mí me vino bien pensar a quién le estaba contando Joaquín lo que le ocurría y pensar en un amor perdido. Eso me permitía involucrar al lector en algo más íntimo.
P.: Si bien está afincado en Europa, y habla del Mediterráneo, su novela parte de Borges, de Bioy, de Cortázar y de Rulfo.
J.A.: Creo que de algún modo todos ellos están presentes y, a través de Borges, la tradición de relatos ingleses de fantasmas en serio y en broma, como el fantasma bromista de Canterville, de Oscar Wilde. Si hay algo personal en el planteo de mi novela es que no intento dar ninguna explicación de esa fusión de realidades, se asume como dado. Ni siquiera se ofrece el final como solución. Cuando se publicó esta novela mi editor me preguntó si no tenía ganas de escribir algo más realista. Le dije: esto para mé es realismo, así vivo la realidad, con mezclas de planos, ¿acaso en alguna parte de tu día no hablás con alguien que ya se fue o se hace presente una charla que tuviste en algún momento del pasado?.
P.: ¿Por qué escritores se siente influido?
J.A.: Indudablemente por esos cuatro. En Borges aprendí, además, la precisión del estilo, la búsqueda de la palabra exacta, la concisión ampliamente expresiva. De los juegos de Cortázar, que están ahí, me he alejado. De Bioy, en «La invención de Morel» me hubiera gustado que no diera una invención tan clara, que no explicara de la máquina que permitía esa fantástica historia de amor, una máquina que recién hoy es posible. Ocurre que no sólo hay historias que se adelantan a su tiempo, sino que construyen realidad. Desde que aparecen en la ficción comienzan a circular por el mundo y en algún momento se concretan. Finalmente, por Rulfo siento una admiración absoluta. A «Pedro Páramo» lo pondría entre los cinco libros de mi vida. Se mueve con libertad, sin dar explicaciones de cuál es el mundo en que anda, y el lector lo puede seguir. Rulfo rompe con todas las reglas de la escritura narrativa sin que el lector se dé cuenta. Esa vitalidad es una tradición de nuestro continente.
P.: Usted, por otro lado, hace referencias a la tradición greco-latina, el perro Argos, Caronte, el Leteo...
J.A.: El perro Argos es una casualidad. La casa en que escribí, que me prestaron en Mallorca, tenía un perro que se llamaba así, y quise hacerle un homenaje. Si uno deja que las cosas surjan, aparecen las casualidades. La tradición mítica del Mediterráneo estaba presente en mí al escribir. A la vez sentía que la tradición europea y la latinoamericana son muy diferentes. Y la latinoamericana es más joven, está más viva, de hecho les interesamos mucho. La tradición europea está un poco cansada de sí misma. Por ejemplo, el estructuralismo, el posestructuralismo, el neoestructuralismo, no sólo están agotados sino que pareciera que no sale una idea nueva de ahí. En la novela quise retratar ese mundo donde pareciera que siguen bailando porque hay que seguir bailando, y no se baila con esa vitalidad que se descubre a cada instante en América Latina. La nuestra es cultura viva, y no la que se hace refritando y refritando y refritando.
P.: Entre sus personaje, todos tan singulares, hay una tía Blanca que es una reunión de fanatismos literarios.
J.A.: Ella está entre las ganas de seguir creyendo y el desencanto, el haber estado en el centro del mundo de la cultura la marca con cosas muy estimulantes y cosas muy cansadoras. Blanca está inspirada en una tía abuela mía que murió en Palma de Mallorca, y era la viuda de Miguel Angel Asturias.
P.: A Vila-Matas, que califica a su novela de extraordinaria, ¿lo conoció en Barcelona?
J.A.: Lo conocí en Chile, formó parte del jurado que premio mi cuento en el concurso de la revista «Paula». Compartimos bastantes obsesiones por eso nos fue fácil ponernos a conversar, y cuando llegué a Barcelona nos hicimos bastante amigos. Creo que pasa como cuando uno lee a alguien y no es que se sorprende con algo sino que encuentra cosas propias.
P.: ¿Por ejemplo el que su personaje, como algunos de Vila-Matas decidan no escribir?
J.A.: Yo durante tres años simulé que no escribía, en realidad esta novela me llevó seis años. Ocurre que con mi primer libro me fue bastante bien, afortunadamente, pero me agobió. Los editores querían otro muy rápido, y cuando uno se pone a escribir con esa precisión casi seguro que no sale muy bien. No le dije a nadie que estaba escribiendo «El mar de todos los muertos». Sólo a Vila-Matas, con el que solemos comer cada dos semanas; se lo dije hace un año, cuando ya estaba en el final, cuando ya estaba corrigiendo el texto.
Entrevista de Máximo Soto


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