10 de noviembre 2022 - 00:00

Lado B: la paradoja de la intolerancia

En el año 1431, en una plaza de Ruan de la Normandía francesa, la intolerancia prendió fuego a una campesina de 19 años a quien, según ella, el mismísimo arcángel Miguel le había encomendado liberar a Francia del dominio británico en la Guerra de los 100 años. Poco después de superar el asedio, un sector francés la traicionó y la entregó a los ingleses, quienes la juzgaron y la condenaron a arder en una hoguera. Fue Santa Juana de Arco, la Doncella de Orleans.

Viniendo más aquí en el tiempo, Juan Martín de Porres y Velázquez fue un mulato nacido en Lima en 1579 de una pareja concubina conformada por un padre español y una madre morena que no pudieron recibir el sacramento del casamiento por ser de distintas etnias. El joven Martín se vio obligado a ingresar al convento dominicano del virreinato de Perú debido a que la situación civil irregular de su familia y el color de su piel le generaron limitaciones de desarrollo y extrema pobreza. Fue San Martín de Porres, Fray Escoba.

El asesinato de Abel en manos de Caín, el magnicidio de Julio César, la pasión de Cristo, la hoguera donde ardió Giordano Bruno en el Campo dei Fiori, las muertes de Mahatma Ghandi y Martin Luther King o el encarcelamiento de Nelson Mandela tienen un elemento común: la intolerancia. Ya sea por poder, por dinero o por celos, la historia está plagada de muertes y torturas debido al único delito de pensar distinto a la idea imperante. Imaginemos por un momento: ¿cómo sería la historia si cada uno de estos personajes hubiese renunciado a sus ideas? ¿Cuál sería el mapa político en la actualidad? Tal vez existirían solo tres países en un mundo predecible e hipercontrolado como presagiaba George Orwell en su obra “1984”.

Vayamos a dos casos actuales. Elnaz Rekabi, escaladora deportiva iraní compitió sin el velo (hiyab), oponiéndose al pensamiento hegemónico de su país y como protesta por la muerte de Mahasa Amini en manos de la “policía de la moral” en Teherán. El otro caso ocurre en el oeste de China, en una región llamada Sinkiang, donde habita una minoría musulmana llamada Uigures y que, según una investigación de la BBC, actualmente en el siglo veintiuno, son observados, recluidos, privados de sus libertades y de sus derechos, sin recibir un trato igualitario por el solo hecho de ser musulmanes y “potencialmente peligrosos” para el poder.

La historia de la Humanidad está repleta de hechos de intolerancia, muchas veces acompañados de torturas y de muertes. Los tiempos modernos van cambiando algunas de sus formas, tal vez con menos tormentos físicos, pero muchos más psíquicos. El caso de George Floyd, víctima de la brutalidad policial de Minneapolis en 2020, puso en la superficie que el racismo no está superado, pero atención, no caigamos en la trampa de las ideologías y sus habituales simplificaciones y generalizaciones. La intolerancia no es patrimonio de algunos países, no es del islamismo, ni del catolicismo, ni del sionismo. Tampoco es propio de la derecha o de la izquierda. La intolerancia es una terrible herramienta de las autocracias que, paradójicamente, los único que consiguen con sus manos manchadas de sangre es inmortalizar a los mártires que intentan silenciar.

El precio que pagaron y siguen pagando, entre otros, Juana de Arco, Giordano Bruno, George Floyd, Elnaz Rekabi o los uigures de Sinkiang es muy alto, pero sus historias emergen y seguirán emergiendo cada vez que asome en algún lugar de la Tierra algún delirio de supremacía.

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